Carta a Primatesta del obispo impar

Testigo y profeta lo llama Luis Miguel Baronetto, el biógrafo de Angelelli

 

A los 96 años partió el domingo 1 de diciembre el obispo Hesayne, el primero en afirmar públicamente el martirio de monseñor Enrique Angelelli. Lo hizo en la Catedral de su diócesis en Viedma (Rio Negro) el 27 de junio de 1980, al dar la bienvenida a Carmelo Giaquinta, designado obispo auxiliar. Los diarios del día siguiente (La Prensa, Clarín, Diario Popular) reprodujeron sus palabras sobre la misión del obispo: “…Si es preciso debe sellar este amor con su propia sangre como Pedro y Pablo, y tantos otros hasta nuestros días como recientemente en tierra latinoamericana, monseñor Romero, arzobispo de El Salvador, y por qué no decirlo, monseñor Angelelli, en La Rioja, en nuestro país”.

La gran repercusión mediática que tuvo su homilía, provocó la reacción del entonces gobernador militar de La Rioja Comodoro ® Francisco Federico Llerena, que el 8 de julio, le escribió al Nuncio Pío Laghi para “aclararle” que Angelelli “no murió con la aureola del martirio, sino que su deceso fue causado por un accidente de automóvil”. Siete días después, el 15 de julio, el Nuncio Pio Laghi le envió copia al Presidente de la Conferencia Episcopal Cardenal Raúl F. Primatesta.

Un mes antes el mismo Hesayne le escribió al Cardenal, quien lo había “llamado a la serenidad” por la carta pública enviada al dictador Videla: “Me siento urgido a hablar, porque lo creo lo más prudente, por amor a la Iglesia para que no aparezca ni por asomo, comprometida en una u otra política”. Y le hizo notar: “Lo que en Ud. ha faltado y en parte al Episcopado como tal, es la coherencia del testimonio público frente al pecado público y de personas públicas. Esa incoherencia, ante nuestro pueblo cristiano, se lee como timidez y cobardía… En buena parte, está en sus manos, el que la Conferencia Episcopal no ‘aparezca’ ante el pueblo como ‘comprometida’ con el gobierno de turno, y de modo especial con el actual que es de hecho uno de los más violadores de la dignidad de la persona humana y con el agravante sacrílego (objetivamente al menos) que se presenta haciendo profesión de fe católica.”

En agosto de 1983, pocos meses antes de la institucionalización democrática, Miguel Hesayne estuvo entre los tres obispos, con Jorge Novak y Marcelo Mendiharat, que respondieron a la invitación de Monseñor Jaime De Nevares, para celebrar el martirio del obispo Angelelli, donde hicieron públicos los hechos que afirmaban el crimen del pastor riojano; y tuvieron repercusión judicial, al provocar el desarchivo del expediente de 1976.

Sus declaraciones en una conocida revista porteña, afirmando que a Angelelli no sólo le habían quitado la vida, sino que la habían robado la muerte, tuvieron finalmente respuesta 31 años después cuando el Tribunal Federal de La Rioja produjo su sentencia y condenó a dos de los homicidas. En ese interín confluyeron las insistencias de muchos. Hesayne también lo hizo para modificar la actitud cómplice de la cúpula episcopal. En 1988 le solicitó formalmente al presidente de la Conferencia Episcopal, Cardenal Primatesta, que se realizara “un discernimiento sobre la muerte de Monseñor Enrique Angelelli”, adjuntándole un dictamen jurídico y otras informaciones relacionadas al crimen. El Secretario de la CEA, obispo José Arancibia, le contestó que la Comisión Permanente decidiría “cómo tratarlo”. Pero el tema no fue incluido en la Asamblea Plenaria de ese año. Ni de ninguna posterior.

El 9 de agosto de 1999 me escribió en forma reservada, aunque en mi carácter de presidente del Centro Tiempo Latinoamericano, solicitando documentación. “Estoy empeñado en que el Episcopado Argentino tome en serio el caso Angelelli y para esto estoy proponiendo la formación de una Comisión Episcopal para definir no jurídicamente sino del punto de vista eclesial la muerte de Angelelli”.

Su propuesta tardó siete años en concretarse. Fue en 2006, cuando el Episcopado presidido por el cardenal Jorge Bergoglio, creó la Comisión ad hoc que presidió el arzobispo emérito Carmelo Giaquinta.

El juicio por el homicidio del obispo Angelelli lo tuvo como testigo. Relató sus últimos encuentros en las reuniones episcopales y contó las persecuciones que el pastor riojano le confió.

Miguel Hesayne integró el pequeño grupo de obispos argentinos que se comprometieron en la defensa de los derechos humanos violados por el terrorismo de Estado. Sus denuncias, en cartas públicas, desnudaron el pretendido barniz cristiano con el que buscaron encubrirlo. Fue su forma de ejercer el rol profético. A sus pares escribió en aquellos años: “A nosotros nos han matado fieles porque nos han entretenido en cabildeos. Ciertamente otra cosa hubiera sido si lo que se les dijo en secreto se hubiera dicho en público y en todo caso los muertos hubiéramos sido nosotros y la definición hubiera sido netamente evangélica”.  Pero la mayoría prefirió la estrategia del silencio, que finalmente se denunció como complicidad.

Su denuncia profética se extendió también en el apogeo neoliberal de los años democráticos, abogando por los más pobres, excluidos de las riquezas del país.

Consciente de la responsabilidad laical, cuando dejó la titularidad de su diócesis, creó en Azul (provincia de Buenos Aires) un Instituto de formación para fortalecer la responsabilidad de los cristianos con las realidades, siempre necesitadas del compromiso evangélico transformador.

Sumamos la memoria de este testigo fiel, a la de tantas y tantos otras y otros, porque necesitamos abrevar en lo mejor para construir lo que nos toca en el hoy argentino y latinoamericano.

 

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2 Comentarios
  1. Susana dice

    Hace muchos años era común-dada mi edad-que las familias católicas fuéramos «en tropel» a la misa dominical. Y también que algunas veces, las niñas y los niños fuéramos obligadas/os a concurrir a aquélla. Ese era mi caso, presionada por mi padre. Vivíamos en Azul, ciudad de corredores automovilísticos, hacendados, militares de un importante cuartel y laburantes de poco peso en decisiones. Pero esa mezcla variopinta se daba cita en dicho evento religioso.
    Yo empecé a cansarme y a odiar tener que hacerle caso a mi padre. Porque además, el ritual era «ir a misa de las 8hs»; o sea levantarse muy temprano. Curiosamente estos fieles-los de mi prole también-, que se suponían hermanados, rezando y respondiendo frases en latín metidas por ósmosis en sus cabezas y jamás estudiadas, daban por hecho que «la misa de las 11hs era para bacanes», gente de otro nivel social; en realidad, era así. Y yo, rebelde, caminaba siete cuadras e iba a ésta, mirando con asco a pibitas que competían por la ropa que llevaban-que yo no tenía ni me importaba-pero sintiéndome ganadora por mi revancha contra mi padre…que casi nunca pisaba siquiera el atrio.
    Mas, eso era una parte. Luego venía lo peor: el cura párroco y su sermón. Amabilísimo con sectores adinerados-en esa ciudad chica todas y todos nos conocíamos-y desdeñoso con los pelagatos como yo, con su índice firme condenaba al infierno a quienes no ayudaran a la Santa Madre Iglesia con un considerable diezmo (juro, si sirve, que no miento). Así, domingo tras domingo. Y llegué a odiar a ese tipo de sotana casi pelado, de pobladas cejas, gesto adusto pero con sonrisa estudiada para ciertos feligreses.
    Un día me harté y le dije a mi padre: ¡a misa no voy más! En realidad, empecé a aborrecer a la iglesia, a la religión, al latín, a todo. Y el tiempo pasó y me fui de Azul. Esa incomprensible ciudad que supo hacer en tiempos actuales grandes puebladas-impensadas por aquellas épocas-…pero le dio recientemente el voto al delincuente cloacal de Morón (aquí sí más acorde al cura párroco).
    Congreso de Medellín; Popularum Progressio; curas tercermundistas. Monseñor Podestá, Novak…
    «¿A que no sabés quién está denunciando las atrocidades de la dictadura, comprometido con los pobres, aún amenazado»? me dijo mi madre un día. «Ni idea» respondí no muy interesada, recordando mi infancia como feligresa y al odioso viejo-para mí- de sotana. «Monseñor Esteban Hesayne» completó. Quedé muda, estupefacta. Incrédula le dije si estaba segura y asintió. Como amiga de curas tercermundistas, sentí una alegría muy especial.Desde entonces, seguí con gran interés y puntillosamente, todo el camino espinoso y riesgoso transitado por el obispo de Viedma. Y me di cuenta que siempre se está a tiempo de repensar y cambiar las posturas más reaccionarias. Como hizo Esteban Hesayne. El cura con sotana y gesto adusto que un día me alejó, siendo yo niña, de una iglesia pacata y de una feligresía poderosa y deleznablemente conservadora. Agradecida porque salí ganando. En realidad: ganamos los dos.
    Cura Hesayne: descanse en PAZ

  2. Chuck B dice

    Muy confuso el articulo.
    Porque no llamar las cosas por su nombre? Martirio es una cosa, y asesinato, que fue lo que le ocurrio a Angelelli, es otra, al menos en mi diccionario.
    Y ya que estamos, cuando el Papa al menos permita que los curas se casen, es decir, cuando la religion catolica se suba al carro de Martin Lutero y abandone el feudalismo, tal vez se pueda empezar a hablar del ‘compromiso evangélico transformador’.
    Mentras eso no ocurra, la iglesia catolica seguira dando vueltas en vano, como lo ha hecho en los ultimos 400 anios, usando un lenguage oscurantista para tergiversar la realidad y evitar, entre otras cosas, el limpiar su propia casa, actual o historica.
    Dejo sin mencionar el simple hecho de que la existencia de dios no es demostrable….

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