Elites, caos y distracción

Diseño y ejecución de las políticas de ingeniería social de shock

 

 “Las instituciones de la clase alta —o clase ociosa— se encuentran en los estadios superiores de las más avanzadas culturas bárbaras, como, por ejemplo, en el feudalismo europeo o en el japonés. En esas comunidades se observa con todo rigor la distinción entre clases sociales”.  

Thorstein Veblen, Teoría de la clase ociosa, 1899.

 

Guerras de elites y necroelites

Elites, oligarquías, clases dirigentes, clases dominantes han existido en todas las geografías y tiempos en la historia de la humanidad. Las elites, las oligarquías —en algún grado— son inevitables. Hay diferencias cualitativas y cuantitativas en todas ellas. La calidad hace la diferencia para cada una de las sociedades. Algunas sufrirán más, otras menos, dependiendo de sus elites. La cantidad de las elites genera otros problemas de competencia en el mejor de los casos pacífica y democrática. Si hay sobreproducción de elites, se generan problemas en la circulación de estas y, así, de sus proyectos en ejecución. A veces hay pactos de circulación de elites, a veces guerras de elites. Mientras más solidez haya en los bloques dominantes, menos circulación y menos diversidad. La circulación de las elites puede ser beneficiosa para las sociedades o puede ser traumática y dolorosa cuando estamos ante revoluciones; contrarrevoluciones; golpes de Estado, de mercado o sectorial; guerras convencionales o comerciales, híbridas, judiciales, culturales y/o tecnológicas.

En la Argentina, esas elites y clases dirigentes fueron claves para el régimen del virreinato del Río de la Plata; para el proceso de independencia iniciado en 1810; para las guerras civiles hasta 1853; fueron claves en las provincias y en el puerto para la consolidación constitucional del Estado-nación y de un sistema federal a partir de 1853, 1862-1880; para nuestro complejo siglo XX, y para estos 40 años de democracia. 

Ni hablar del rol de las elites partidarias en estos olvidados 30 años del Pacto de Olivos y de la Reforma Constitucional de 1994. ¿Qué balance podemos hacer del último gran pacto de la casta bi-partidaria? ¿Qué objetivos tuvo ese pacto y qué resultados políticos e institucionales nos legó?

La ausencia de un proyecto y programa de corto o mediano plazo de las fuerzas políticas tradicionales puede haber abierto la posibilidad para la iniciativa de aquellos que —sintonizando y manipulando el fundado descontento de las mayorías con las condiciones materiales que generó un sector de las elites tradicionales— tienen un proyecto de regresión profunda para nuestro país. La falta de proyecto de la elite política para solucionar problemas estructurales es lo que generó el desafío existencial y la amenaza a la supervivencia del Estado-nación que tenemos hoy. 

En toda su diversidad, las elites siempre estuvieron y estarán. Aristocracias electivas, naturales, religiosas, académicas, musicales, deportivas hasta el infinito, hasta aristocracia arrabalera. Aumentar la calidad y controles sobre las elites es mejorar la estabilidad del sistema político. Dejar que sean autófagas, endogámicas y brutales hará todo extremo y autodestructivo. Es librarlas a sus impulsos miopes y necrofílicos sin límite externo, sin control. 

Esos proyectos regresivos se suman a una coyuntura de horizontes cerrados, entre catástrofes ambientales y distopías políticas cada vez más globales, más reales. Esos contextos requieren elites para un capitalismo del desastre y oligarquías que lucren con el diseño de transiciones hacia nuevos mundos oscuros, de desigualdades sociales justificadas en hipocresía insensible, en la crueldad intensa y en el cinismo sádico. Ahí entran las elites que diseñan y ejecutan las necropolíticas, las necro-elites.

 

 

La demencia de las elites

El episodio del Presidente en Davos resulta gráfico y útil para ver —al menos— dos nítidos bloques en las elites internacionales con sus ecos nacionales. En Davos siempre se vio el show de narcisismo propio de la disputa de la circulación de las elites a nivel global. Hoy esa disputa es principalmente entre un grupo de elites con discursos perfumados de progresismo y prácticas abiertamente contradictorias e insensibles a las mayorías que abandonan y una oligarquía cínica con una praxis populista con cierta efectividad, que manipula a las masas enojadas y empobrecidas para diseñar una nueva sociedad autoritaria y feudal. 

Obviamente, hay matices y bemoles en esa brutal descripción, porque hay redes, alianzas y personas extremadamente capaces e inteligentes —además de poderosas— que defienden sus intereses particulares y nacionales en ambos bloques. Muchas elites razonables se alían a los discursos demenciales para jugar un juego de supervivencia, conveniencia y de largo plazo. Las elites que echaron y persiguieron a ciertos partidos políticos y líderes sociales los rescataron del exilio interno después de experiencias traumáticas en gobiernos de derechas caóticas. Hay ciertas elites cínicas, pero en extremo pragmáticas; otras intensas, pero atractivas para las mayorías, y algunas que parecen por momentos perder la racionalidad y razonabilidad por razones instrumentales. Parece haber elites dementes y otras que fingen demencia para sobrevivir en un segundo plano y porque no quieren hacer la tarea de entrar en una escena política donde reina la confusión, la violencia y la anarquía.

Ciertos sectores de esas oligarquías no son rígidos en sus principios o valores ni en el cumplimiento del derecho nacional o internacional, aunque hay excepciones. Ninguna tiene una propuesta o solución a los problemas económicos macro ni resolverá pacíficamente los desafíos y conflictos geopolíticos en curso entre los bloques mundiales de poder. Probablemente, las acciones bélicas y guerras culturales entre ambas facciones principales de las elites las empeoren, generen distracción, mientras sus poblaciones se empobrecen, y fomenten más histeria colectiva. 

Luego del fracaso de la tercera vía, del capitalismo con rostro humano, hacia fines de los ‘90, la primera disputa de circulación de las elites se puede observar en el año 2000 con el fallo “Bush vs. Gore” en el que la Corte Suprema decidió en tiempo récord —menos de 24 horas— detener un recuento de votos y concederle la presidencia al Partido Republicano. Ese fallo tuvo detrás una disputa y resolución judicial en la circulación de las elites en el sistema político norteamericano. La Corte eligió la elite de gobierno y así comenzó el siglo XXI.

Un caso de estudio actual podría ser el Reino Unido en general, e Inglaterra en particular. La votación del Brexit desde el 2016 demuestra cómo la guerra de las elites puede acelerar la crisis de los proyectos nacionales y del mismo Estado-nación. En Inglaterra —y en alguna medida en el Reino Unido— tanto la elite progresista como la elite conservadora tienen planes inviables, políticas identitarias que fragmentan la sociedad y políticas de crueldad extraordinaria. La cárcel flotante para migrantes es paradigmática de las necropolíticas que solemos señalar.

La falta de cuadros políticos en el Reino Unido se ve tanto a nivel partidario como en  sectores estratégicos y parece hacer espejo con la elección presidencial de los Estados Unidos, que quizás tenga nuevamente el duelo electoral de un Joe Biden de 81 años y un joven Donald Trump (77 años), judicialmente perseguido, posiblemente procesado o sentenciado, o quien Trump proponga para su reemplazo estratégico.

En áreas claves para la formación de las elites se pueden ver algunas de las causas y raíces de los problemas. La política educativa y la vida universitaria ya hace tiempo viven años de episodios dementes y acciones desquiciadas. Las comunidades escolares viven en pánico constante de polémicas identitarias, algunas gravísimas y otras artificiales, y la infantilización de varios miembros de esas comunidades hace espejo con audiencias ansiosas y autoridades carentes de capacidades para reconstruir su autoridad.

Son años de acciones demenciales y autolesivas, que consolidan la destrucción de la autoridad pública en todo nivel educativo. Esa tendencia social, desde jardines de infantes hasta la universidad, parece resolverse con un reverdecer del autoritarismo en la política y en las instituciones, regresión de derechos y garantías laborales, persecución a profesores e investigadores, fragilidad de las autoridades universitarias, suspensión de la siempre mentada —pocas veces ejercida— libertad académica, desconfianza entre claustros y cámaras de vigilancia en todas partes.

Los pánicos educativos y universitarios cruzan Oxford o Cambridge hasta llegar a hacer renunciar a dos presidentas de las universidades de Harvard y Penn. Pennsylvania University está en el epicentro de la crisis de fentanilo, que parece aprovechada/impulsada por Temple, otra universidad privada en ascenso, para gentrificar parte de su campus universitario y expandirse en la hermosa —y hoy también distópica— ciudad de Filadelfia.

La demencia de las elites solamente puede augurar distopías y colapso. Colapso comercial de pequeños y medianos comerciantes, colapso edilicio del sistema educativo o una crisis de autoridad con impacto en la estabilidad y salud mental de la comunidad educativa.

Dentro de toda la complejidad en las elites, las elites financieras y cierto sector de la nueva elite tecnológica resaltan como las más belicistas en sus acciones y declaraciones. Que la persona más rica del mundo sea un adulto infantilizado jugando a las guerras culturales solamente puede ser tan peligroso como tener un Presidente que sea su nueva figura política afín a nivel global. Eso transforma tu país en un laboratorio de operaciones de los planes de rediseño feudal y otras fantasías regresivas.

Excepcionalmente, esas elites tienen alianzas con la realidad. Por el contrario, tienen alianzas con facciones de intereses e ideas en sus burbujas sociales de pertenencia. Ambas, en alguna medida, son el caos en diferentes formas, una a través de una necropolítica por goteo, colapso por abandono gradual, y otra con una necropolítica brutal y letal, de corte autoritaria y feudal. Ambas se retroalimentan porque una produce la frustración que la otra cultiva. Cuando el populismo feudal y oligárquico fracase, la elite progresista volverá con un nuevo plan para impulsar promesas que generarán malestar popular que la oligarquía sabrá cosechar. 

Así como los bipartidismos suelen romperse con la aparición de una tercera fuerza, la circulación de dos elites puede romperse cuando los pactos de elites o la casta es denunciada “desde afuera” por un miembro emergente de la elite que —con clara colaboración estratégica de viejas y nuevas elites políticas y económicas— quiere entrar a jugar, disputar espacio y proyectos. La crítica a la elite se usa para hacer circular las elites, para desplazarlas y “entrar” en la elite de gobierno que interactúa con el bloque de poder permanente.

 

 

Lo banal oculta lo brutal

La distracción y el caos son dos dispositivos que permiten la entrada lateral de las necropolíticas. Mientras te mirabas al espejo y performás para existir en pantallas, te empobrecen, te embrutecen y te esclavizan para siempre. Lo banal oculta lo brutal. La indignación narcisista se utiliza para desenfocar la atención y vender patrimonio público, destruir ingreso social, reducir las herramientas públicas de la soberanía política y expandir —continuando la agenda panicosa del progresismo— el Estado gendarme y represivo que responde a todo con suspensión de garantías y más ferocidad punitiva.

Está por empezar el show de pánico y crueldad para distraer a la sociedad de su empobrecimiento y la licuación de sus ingresos. Los linchamientos de la virtud, los escraches y las cancelaciones de los progresismos reaccionarios alimentaron las batallas culturales, la crueldad social y la deshumanización, que cerró la grieta con sus hermanos siameses, los libertarios autoritarios. 

Para el diseño y ejecución de las políticas de ingeniería social vía shock entran en escena viejas elites con nuevas necropolíticas. El gobierno hizo operación sobre el cuerpo social con el DNU gracias al silencio supremo, con su propuesta de Ley Ómnibus y con un conjunto de medidas políticas que son regresiones sociales a través del sistema económico. Los derechos y la democracia son derrotados a través de la economía. El gobierno empobrecerá, pero también embrutecerá. La guerra sobre los miedos y los nervios sociales le precede y se profundizará. 

Las guerras culturales en los sistemas políticos son una cortina de humo que oculta la falta de propuestas para los problemas explosivos y bien reales. Problemas que son amenazas cada vez más letales como el Estado fallido, el narcotráfico (como Ecuador), la muerte de la democracia, la descomposición social, las catástrofes ambientales o el saqueo de bienes públicos para el rediseño de una sociedad hacia un feudalismo pos-democrático.

El debate sobre la IVE —propuesto por Barra como provocación estratégica para el progresismo pavloviano— es una cortina de humo que anuncia muchas otras por venir. Defender la IVE sin entrar en la reacción condicionada de Pavlov es el desafío para muchos influencers políticos del deterioro cognitivo en las plataformas de publicidad que llamamos redes sociales.

Las guerras culturales tuvieron severos impactos en la salud mental de diferentes sectores de la sociedad y sus traumas serán manipulados por el gobierno. A los idiotas útiles del progresismo que fueron inquisidores bienintencionados se les sumarán los sádicos “bienintencionados” (sic) que quieren operar a la sociedad sin anestesia bajo la promesa de un futuro mejor. Lo que se repite en ambos sectores es una promesa de que “no importan los daños colaterales”, sino que el futuro será mejor para todos con estas medidas excepcionales, con la suspensión de los derechos humanos y garantías constitucionales. Esa lógica que estuvo en el progresismo narcisista y autoritario, con su superioridad moral autolesiva, está en espejo en parte del apoyo al gobierno de Javier Milei y de varias propuestas represivas, como la baja de punibilidad/imputabilidad y otras necropolíticas por emerger en un horizonte oscuro.

El orden trae hábito, seguridad y repetición. El caos inaugura algo vitalista, incierto e inesperado. Trae vida, cosas nuevas, abre puertas y generan oportunidad de crear, innovar. El que diseñe y controle el caos lo usará para controlar el juego, imponer su jugada, expandir su capacidad de influir en los árbitros y cambiar las reglas. Quien tiene el control de los usos del desorden puede diseñar un nuevo orden. Todo indica que si no se actúa —repito: actúa— prudente e inteligentemente, los usos del desorden permitirán rediseñar un orden más regresivo y represivo.

 

 

 

* Lucas Arrimada es profesor de Derecho Constitucional y Estudios Críticos del Derecho.

 

 

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