Fuertes y organizadas

Una memoria posible de las mujeres militantes de los '70

 

Para la dictadura militar, eclesiástica y civil las mujeres tenían un rol de garantes del cuidado y de resguardo de los valores de la tradición nacional y cristiana, pero a la vez que las elevaba como seres divinos ejercía en los Centros Clandestinos de Detención una operación de exterminio de las militantes y se apropiaba de lxs niñxs nacidxs en cautiverio. Muchas de las mujeres detenidas-desaparecidas fueron perseguidas y acorraladas por haber abandonado el destino de mujer y haber ocupado un lugar clave en las luchas populares. El régimen transformó a la mayor parte de sus víctimas femeninas en desaparecidas, las mujeres representan el 33% del total de las personas asesinadas.

Con el tiempo, en la construcción de la memoria sobre los 70, se recuperaron relatos de la violencia sexual a la que las mujeres detenidas eran sometidas, las prácticas misóginas que las convertían en “botín de guerra”, y las condiciones inhumanas en que algunas de ellas ejercían la maternidad. Pero hay otra historia que puede ser contada, que no pone el foco en la debilidad y la victimización de estas mujeres sino en su fortaleza. Sus prácticas de resistencia, las argucias para usar el género a favor de la organización política, las estrategias sexuadas o no de supervivencia en el encierro, las transformaciones que proponían dentro de sus espacios de militancia, los vínculos con los feminismos. Las mujeres de la dictadura que comenzó un 24 de marzo, como hoy, son mucho más que mujeres víctimas, débiles, madres, vulneradas, son, justamente por su fragilidad, mujeres fuertes y organizadas.

 

Foto de Marcelo Longoni (1982)

La historia la escriben…

Si resulta difícil imaginar y reponer cómo era la vida de un militante político en la década del 70, en el caso de las mujeres se vuelve mucho más complicado. Los relatos sobre la participación de mujeres en la política, y más especialmente en las organizaciones armadas, han sido escatimados, por un lado porque la historia fue escrita por los cuadros dirigentes, donde había casi nula presencia femenina (sólo dos mujeres fueron incorporadas al Comité Central del PRT-ERP y las dos eran esposas de destacados cuadros del partido); y por otro lado, porque se trató en muchos casos de espacios clandestinos sobre los que no hay documentación y menos que menos registro de la participación de mujeres. Sin embargo, sabemos que hubo mujeres militantes políticas y especialmente después de 1973.

“Las mujeres, al igual que todos aquellos que nunca han sido reconocidos por la historiografía, no están acostumbrados a que se cuente su historia”, dice la historiadora Valentina da Rocha Lima, citada por Laura Pasquali en un artículo que se llama “Mandatos y voluntades: aspectos de la militancia de las mujeres en la guerrilla”.

En este texto Pasquali también menciona un punto clave para entender-nos:

“muchas veces las propias mujeres minimizan su participación política, en virtud de considerar que su militancia no fue significativa. Lo primero que suelen decir estas mujeres es en realidad, yo no militaba, militaba mi compañero, mi militancia no fue tan importante”.  

 

La importancia de la militancia de las mujeres

Si bien las mujeres no representaban cargos jerárquicos en las organizaciones, tuvieron roles muchas veces fundamentales para el trabajo político.

Susana Sanz, militante de Montoneros, abogada y feminista, analiza en Guerrilleras, el documental realizado por Leticia Schilman y Mariana Iturriza, cómo en los 70 la participación política de las mujeres se volvió masiva y en especial la importancia de las mujeres incorporadas en los barrios: “porque la mujer es la que te conoce el territorio, es la que sabe quien es amigo, enemigo, la mujer sabe quién está infiltrado, vos a la mujer no le podes meter un alfiler en la casa sin que ella lo sepa, las compañeras empiezan a ofrecer sus casas para que guarden cosas, realmente una vez que se deciden a movilizarse lo hacen con mucha energía”.

Dentro de las organizaciones guerrilleras había tareas que estaban destinadas casi exclusivamente a las mujeres. Se encargaban de la propaganda, brindaban apoyo jurídico y moral a los miembros del grupo que caían presos, y asistían a sus familias. Además se les asignaban objetivos donde pasaran más desapercibidas que los hombres. Ellas se ocupaban de alquilar casas para un operativo, comprar pelucas o acompañar a los militantes perseguidos, haciéndose pasar por sus parejas.

Sin embargo, hay quienes dicen que en el combate ocupaban el mismo lugar que los hombres. Graciela Draguicevich, ex militante del ERP-PRT, reconoce en el documental citado que “muchas veces teníamos posiciones de más riesgo inclusive porque como éramos mujeres era mucho más difícil desconfiar de mujeres”.

Era corriente usar la figura de la mujer como sinónimo de inocencia, una mujer sola parada en una esquina levantaba menos sospecha que un varón. Susana Malacalza (PRT-ERP La Plata) también señala en el mismo sentido: “sobre todo si era una mujer linda, y teníamos compañeras lindas, si se trataba de convencer a alguien para alquilar una casa o si se trataba de levantarse de alguien a para secuestrarlo se usaba a la mujer, era así”.

 

Usar el estereotipo femenino a favor

Según la política ideológica y cultural de la dictadura, ligada punto por punto con la perspectiva católica de la mujer, existe una esencia de lo femenino, un destino de mujer que la ata por naturaleza a la maternidad, a las labores domésticas de cuidado familiar, que señala que el lugar de la mujer debe estar en el hogar, que debe reservar la sexualidad para el ámbito privado del matrimonio, resaltar sus virtudes femeninas y una sarta de ideas conservadoras que construyen un estereotipo de lo femenino que era (¿es?) peligroso amenazar. La mujer que salía de este modelo era un riesgo, una loca que había que acomodar.

Lo primero que me dijeron las compañeras que estaban en la ESMA fue que a ellos les gustaba que nos pusiéramos aritos, rimmel, lápiz labial. Las compañeras me enseñaron que tenía que preocuparme por estar bien arreglada”, reconoce la periodista, detenida en la ESMA, Miriam Lewin, entrevistada por Mariana Carbajal en Yo te creo hermana (Ed.Aguilar).

Muchas de las mujeres detenidas repetían dentro de sus lugares de encierro  las ventajas y las mascaradas que habían aprendido en sus tareas callejereas ¿Cómo usar el género, que oprime, de forma liberadora?

Beatriz Perosio, que fue Presidenta de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires y detenida desaparecida en el Vesubio había sido asignada a las tareas de cocina del centro clandestino. Perosio notó que “El Paraguayo”, uno de los torturadores del Vesubio, no toleraba el silencio. Le compartió recetas a los gritos para que se entretenga. “Petisa, una pelotudez de esas es un golpe menos”, le habría dicho. Beatriz lo había entendido.

Una argucia similar transcribe María Moreno en Oración: “Un día reconocí los pasos de El Tigre y saqué un pedazo de rouge que había logrado recuperar de mi cartera. El Tigre se asomó y vi que se le escapaba una especie de sonrisa de satisfacción. Parece loco pero creo que al ver que me pintaba los labios decidió que no me fuera para arriba, como él decía”. La anécdota tiene como protagonista a Lila Pastoriza, periodista y ex militante de Montoneros.

Otro ejemplo lo encontramos en el “Rejas, gritos, cadenas, ruidos, ollas” La agencia política en las cárceles del Estado terrorista en Argentina, 1974-1983” de Débora D´Antonio. La cárcel de Villa Devoto, donde se enviaba a las presas políticas mujeres luego del 76, se convirtió, dentro del espectro de los penales existentes, en un espacio de denuncia y de garantía de vida, y fue esa su mayor particularidad. Las mujeres se apropiaron de ese desafío porque fueron capaces de asumir y utilizar sus ventajas de género ya que los militares y los penitenciarios no veían en las presas un verdadero peligro, pues las caracterizaban de locas. “Son sólo unas pocas locas”, podrían decir. Y si en ocasiones resultaba cierto que ellas caían por la militancia de sus hijos o maridos, la mayoría de las presas tenía un itinerario político propio.

 

 

Militancia política y militancia feminista

En Las “mujeres políticas” y las feministas en los tempranos setenta: ¿Un diálogo (im)posible?, Karin Grammatico señala la importancia de la creación dentro de las organizaciones de espacios específicos para mujeres. En 1973, el PRT-ERP y Montoneros decidieron crear frentes de masas de mujeres: el Frente de Mujeres y la Agrupación Evita (AE) respectivamente. Pero para Grammatico “no podemos considerar la constitución de estos frentes como el resultado de una reflexión genérica realizada por las conducciones políticas. Menos aún por una influencia feminista. Las organizaciones políticas de izquierda, en general, se han mostrado reacias a aceptar cualquier planteo por fuera del binomio interpretativo liberación o dependencia”.

En el caso del PRT-ERP, la creación de un frente de masas destinado al trabajo político con mujeres se debió al incremento de militantes femeninas a partir de 1970 y que llegó a un 40% en 1975 (el dato es aportado por el historiador Pablo Pozzi). El Frente de Mujeres se creó en 1973 por el impulso de un grupo de militantes mujeres, sin embargo fueron muy pocas las acciones que llevaron adelante. Mientras tanto, la Agrupación Evita (AE) se formó a mediados de 1973. La trayectoria de la AE, aunque breve, fue muy intensa. Intervino básicamente en ámbitos vinculados a la niñez y la familia. Desplegó una variada gama de actividades que incluyó la organización de campamentos infantiles, la limpieza y canalización de zanjones en los barrios, la reparación de escuelas, charlas sobre educación femenina e infantil, difusión de materiales políticos (en especial cintas y audios de Eva Perón). Estas acciones estaban en consonancia con la clásica interpelación política que el peronismo hizo a las mujeres a partir de su rol de madres y esposas y que Montoneros retomó en iguales términos.

Por otro lado, existieron agrupaciones como Muchacha –el frente feminista del Partido Socialista de los Trabajadores (pst)–, el Movimiento Feminista Popular –organización creada en el seno del Frente de Izquierda Popular (fip)– y el efímero frente de mujeres del Partido Revolucionario de los Trabajadores (prt), entre otros pequeños grupos de activistas, estos espacios funcionaban como intersección entre la militancia política y la militancia feminista.

En términos generales, para las militantes políticas de la izquierda revolucionaria la lucha contra la desigualdad y la jerarquía sexual formaba parte de una reivindicación burguesa y era secundaria frente a la contradicción entre el capital y el trabajo. Se creía que la igualdad plena se alcanzaría luego de la revolución. Aunque el movimiento feminista había luchado durante décadas por deshacerse de la autoridad patriarcal, las mujeres que eligieron el camino de las armas se sometieron disciplinadamente a sus jefes. La mayoría de los grupos armados de izquierda tenía una rígida organización que, en muchos aspectos recordaba a la castrense. Entre los grados del Ejército Revolucionario del Pueblo, por ejemplo, estaban los de comandante, capitán, teniente y sargento.

 

El primer 8 de marzo después de la dictadura (Archivo-Hasenberg-Quaretti)

 

Para la historiadora Karin Grammatico la militancia de los años sesenta y setenta ha dado lugar a un singular recorrido político posterior que ha trocado la participación de las mujeres en ese ámbito en un compromiso político con el feminismo. La continuidad con el feminismo es sin embargo ninguneada en la historiografía argentina, no aparece mencionada como una particular manifestación contestataria del momento histórico. Según su investigación, en testimonios brindados por mujeres militantes de diversas agrupaciones políticas, hay una serie de tópicos centrales en el desplazamiento hacia las reivindicaciones de género: el malestar por el rol secundario que cumplían en sus organizaciones; la manifestación de ciertas inquietudes en torno a lo que la época podría denominar “la problemática de la mujer” y a su vez, el rechazo a cualquier tipo de cuestionamiento de raigambre feminista por considerarlo expresión de una conciencia burguesa y pro imperialista; y finalmente, el acercamiento al feminismo que se dio, en la mayoría de los casos, en condiciones de exilio.  

 

Malas mujeres, malas víctimas

El régimen cívico, eclesiástico y militar transformó a la mayor parte de sus víctimas femeninas en desaparecidas, las mujeres representan el 33% del total de las personas asesinadas (Nunca Más. Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas). Un agravante recaía sobre las militantes mujeres, además de subversivas eran malas madres, malas hijas, malas hermanas, malas mujeres. Los militares las componían, desde su ideario conservador, como seres destinados al espacio doméstico, abnegadas a sus tareas de cuidado familiar. Según la historiadora Débora D´Antonio los militares “paradójicamente se vieron obligados a acorralar a muchas de ellas por haber abandonado el destino prescripto y haber ocupado un lugar clave en las luchas populares del período”.

Lo que pretendían los militares era hacerles creer que eran ellas mismas las que se buscaron la muerte, la tortura. Aunque fuertes y organizadas, y justamente por eso, las mujeres de los 70 también fueron construidas como malas víctimas, mujeres que a nadie le interesaría rescatar.

 

«¿Estamos preparadas para la democracia?» Tapa de Para Tí, 1979
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