La altura del bajón

Hay que recuperar el desarrollo social extraviado por la falta de conciencia política

 

Las albricias a Chile por el proyecto de Constitución próximo a plebiscitar, proferidas en una reciente solicitada de un grupo de académicos de Ciencias Sociales de distintas universidades de todo el mundo; los más recientes datos sobre el estado de la alimentación en la Argentina, y un episodio de la historia italiana, se conjugan para observar la salida de la asfixiante encerrona de la coyuntura desde el ángulo en que las protagonistas y beneficiarias son las mayorías nacionales.

“Felicitamos a la Convención Constitucional chilena y el documento visionario que ha producido para asegurar el crecimiento sostenible y la prosperidad para Chile”, dicen economistas y científicos sociales heterodoxos de todo el planeta en una solicitada publicada en las redes por estos días. Mariana Mazzucato, Ha-Joon Chang, Thomas Piketty, John Langmore y Juan Pablo Bohoslavsky están entre sus 43 firmantes.

En su apelación, reconocen que “las disposiciones económicas de la Constitución representarían avances graduales, pero sustanciales para el pueblo de Chile”. Subrayan que “el enfoque de los bienes públicos y la seguridad social es otra fuente de inspiración. Al establecer nuevas instituciones para la provisión de bienes públicos universales como educación, salud y seguridad social, Chile aplica con éxito las lecciones de la historia reciente que muestran la importancia de estos servicios tanto para la solidez de la economía a corto plazo como para el crecimiento económico a largo plazo (…) El enfoque del trabajo representa una importante y democrática respuesta a nuestro tiempo. Al consagrar los derechos al trabajo y la acción colectiva, la Constitución pretende reparar la crisis de precariedad que afecta a las economías de todo el mundo”.

Para la lucha de clases argentina, esa no es ninguna novedad. En el contraste, muestra el gran desarrollo social que habíamos conseguido desde 1945 y hasta dónde hemos retrocedido a partir de 1976, pese a la reversa a favor de los trabajadores que se emprendió desde 2003, interrumpida por el gobierno de la coalición Cambiemos (ahora Juntos por el Cambio, al menos por un tiempo) para poner marcha atrás. Curioso que aquel proceso de mitad del siglo pasado no haya despertado el interés de estos firmantes. Dado el inconfundible aroma académico europeo-costas-este-oeste norteamericana que emana este colectivo, es de sospechar que cuando escuchan la voz peronismo los visiten todos los lugares comunes pergeñados para descreditarlo. Llora por mí, Argentina.

Ese aroma también sugiere preguntarse si no impregna la solicitada de los académicos la observación de Slavoj Žižek (Project Syndicate, 03/08/2022) acerca de que “hoy, la disolución de las relaciones y formas sociales pre-modernas ya ha ido mucho más allá de lo que (Karl) Marx podría haber imaginado. Todas las facetas de la identidad humana se están convirtiendo ahora en una cuestión de elección; la naturaleza se está convirtiendo cada vez más en un objeto de manipulación tecnológica”. Al fin y al cabo, al resaltar de la nueva Constitución (a refrendar por el electorado el domingo 4 de septiembre) “el enfoque de género” y que “establece un nuevo estándar global en su respuesta a las crisis del cambio climático, la inseguridad económica y desarrollo sostenible”, y que seguramente estén conmovidos porque en el primer artículo define que “Chile es un Estado social y democrático de Derecho. Es plurinacional, intercultural, regional y ecológico”, provoca sopesar si “la implicación no es que ‘izquierda’ y ‘derecha’ sean nociones obsoletas, como se escucha a menudo, sino que las guerras culturales han desplazado la lucha de clases como motor de la política” para hacer algo que luzca mucho sin cambiar nada. Y eso, impulsado por “una élite socialdemócrata que afirma proteger a las minorías raciales y sexuales amenazadas para desviar la atención del propio poder económico y político de sus miembros (y en razón de eso) ha desplazado la lucha de clases” como nervio motor del accionar político. Žižek entiende que “tales “izquierdistas” son ovejas con piel de lobo, diciéndose a sí mismos que son revolucionarios radicales mientras defienden el orden establecido reinante.

Con ese sentido particular de la realidad que tienen los economistas neoclásicos, tan apegados al Dr. Pangloss, el surcoreano conservador Keun Lee compara a Chile con Malasia para afirmar que el “amanecer de la desglobalización plantea desafíos considerables para las economías en desarrollo y emergentes, que en gran medida tienen pocas esperanzas de afianzarse lo suficiente en los sectores manufactureros de alta gama para superar los niveles de ingresos medios. Pero Malasia y Chile han demostrado que hay otro camino” (Project Syndicate, 17/02/2022). Más allá de que, en su vulgaridad, Lee razona como si industrialización fuera sinónimo de desarrollo (no lo es, apenas un síntoma y no el más seguro) y como si industria significara más valor y primario menos (lo cual es completamente erróneo), ese otro camino –que destaca– es seguir exportando lo que exportaban, con más profundidad. Lee no ve que Chile presente voluntad de cambiar su estructura productiva. Y nada ni nadie desmiente al coreano. De manera que da para preguntarse si esa nueva Constitución chilena no es más que un arreglo superestructural para volver más amigable el subdesarrollo. Cierto, la bestialidad pinochetista formalizada había que dejarla atrás. Pero la nueva Constitución es, en el mejor de los casos, un punto de partida.

 

 

 

 

 

 

Bajas calorías

Como el primer imperativo del desarrollo de las fuerzas productivas es comer, el importante desarrollo social que hemos perdido por la falta de conciencia política que fue capitalizada por la derecha gorila se ha disimulado en gran forma porque hasta hace tres décadas una familia tipo argentina, en el piso de la distribución del ingreso, podía –sin mayores inconvenientes– adquirir con su magro ingreso relativo cotidianamente, en promedio grueso, un kilo de carne, un litro de leche, un kilo de papas, un kilo de pan y una docena de huevos. Proteínas en semejante cantidad y calidad diarias son muy –pero muy– infrecuentes en el resto de la economía mundial. Hasta eso se ha perdido.

El economista Manuel Cruz, en unos papeles de trabajo que empezaron a circular entre colegas semanas atrás (pero que aún no han sido publicados), al analizar la evolución de la desnutrición en la Argentina da cuenta de que, entre 2001 y 2003, el porcentaje de la población desnutrida aumentó 50%, desde 3% a 4,5%. Sin embargo, desde ese año fue disminuyendo rápidamente hasta 2007, estabilizándose hasta 2011 alrededor de 3,3% para luego disminuir cada año hasta 2014/15, que se ubicó por debajo de 2,5%. Lamentablemente, en 2016 se revierte esta tendencia y se produce una subida abrupta, llegando a 3,9% de la población en 2019 (superando el 3,8% del 2002). Entre 2003 y 2015 la población total de la Argentina aumentó 14%. Entre 2016 y 2019 la población creció 3%.

 

 

 

 

 

Al realizar comparaciones en estas categorías, se observa que la Argentina tiene niveles de desnutrición menores que los países de ingreso mediano alto, aunque hacia 2019 se encontraba próximo. Cuando la comparación es con Chile, los países de la zona del euro y aquellos de ingresos altos, vemos que, en 2014 y 2015, la Argentina tuvo el menor grado de desnutrición. Hacia 2019 superó ampliamente la marca de todos ellos.

 

 

 

 

En lo que se refiere a inseguridad alimentaria, Cruz pone de manifiesto que “la FAO estima valores desde el período 2014-2016 al 2019-2021. En ese período se observa un aumento del 101,2% en la cantidad de personas con inseguridad alimentaria en la Argentina (8,3 a 16,7 millones de personas), incluso superando a Uruguay, Chile y Brasil”. La FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) define que “una persona padece inseguridad alimentaria cuando carece de acceso regular a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para un crecimiento y desarrollo normales y para llevar una vida activa y saludable. Esto puede deberse a la falta de disponibilidad de alimentos y/o a la falta de recursos para obtenerlos”. El organismo de la ONU define a la subnutrición y a la desnutrición, en tanto son los términos más habituales relativos a la nutrición en el marco de la seguridad alimentaria. Así, subnutrición deviene producida por la “inseguridad alimentaria crónica, en que la ingestión de alimentos no cubre las necesidades energéticas básicas de forma continua”. Y la desnutrición es un estado patológico “resultante de una dieta deficiente en uno o varios nutrientes esenciales o de una mala asimilación de los alimentos. Entre los síntomas se encuentran: emaciación, retraso del crecimiento, insuficiencia ponderal, capacidad de aprendizaje reducida, salud delicada y baja productividad”. La FAO también categoriza a la malnutrición como un “Estado patológico resultante, por lo general, de la insuficiencia o el exceso de uno o varios nutrientes o de una mala asimilación de los alimentos”.

En la última Encuesta Nacional de Nutrición y Salud (ENNYS 2), las autoridades sanitarias de nuestro país constataron que los niños y los adolescentes se alimentan con una dieta nada saludable en comparación a los adultos, en las que abundan bebidas azucaradas y grasas saturadas. Para mejorar la situación de malnutrición en la Argentina, en donde nada más que uno en diez hogares se alimenta con una dieta equilibrada, la Universidad Católica Argentina y dos ONGs acaban de lanzar una guía digital.

La inseguridad alimentaria es obvio que la padecen las familias indigentes –en particular– y pobres en general. Menos obvio: dentro de esos núcleos parentales, la desnutrición comprende a los chicos, o sea: la franja etaria que va desde el nacimiento hasta los 14 años. Son el 12% de la población argentina actual. Los más perjudicados son los comprendidos entre 0 y 6 años, la mitad de ese total. De manera que 3,9% de desnutridos es un montonazo muy fulero. Tanto en los países ricos como en los pobres, los hijos de padres con antecedentes socioeconómicos bajos tienen más probabilidades que sus pares de sufrir problemas de salud durante la infancia, lo que a su vez puede conducir a educación, ingresos y salud deficientes en la edad adulta. En un trabajo académico de Elisabetta Aurino, Adriana Lleras-Muney, Alessandro Tarozzi y Brendan Tinoco, cuyo resumen fue publicado en el sitio VoxEU (17/08/2022), se investiga si los niños que nacen y crecen en entornos familiares desfavorecidos pueden recuperarse, al menos parcialmente, en términos de salud.

Para responder a ese interrogante, los autores se basaron en los datos de una muestra que construyeron con la información de 1.600.000 niños menores de cinco años, nacidos entre 1981 y 2018 en 73 países de ingresos bajos y medios. Centraron su análisis en la altura, debido a que es fácil de medir objetivamente y está disponible tanto para niños como para adultos en los países estudiados. La estatura también es una buena medida de la salud general que se correlaciona con otros resultados de salud, como la incidencia de enfermedades y la mortalidad, y es un predictor importante de los resultados económicos en la edad adulta. Asimismo, la transmisión de la baja estatura de padres a hijos es uno de los impulsores de la persistencia sustancial de las desigualdades en los status socioeconómicos.

En estos datos, la asociación transversal entre la estatura del niño y la escolaridad de la madre aumenta abruptamente entre el nacimiento y los cinco años. Esta disimilitud aumenta hasta la adolescencia y luego disminuye progresivamente, aunque sigue siendo positivo una vez que se alcanza la altura adulta. Aurino y compañía encuentran que los resultados que hallaron en su estudio “destacan el papel de la adolescencia como una ventana de oportunidad para ponerse al día en los resultados de salud”. Ocurre que “las diferencias de altura entre los niños de bajo y alto nivel socioeconómico en nuestra gran muestra se reducen durante y después de la adolescencia. Esto es consistente con la literatura anterior que muestra que el potencial de recuperación del crecimiento aumenta con la maduración retrasada y un período de crecimiento más prolongado (…) Por lo tanto, nuestra evidencia se suma a un creciente cuerpo de trabajo que destaca la importancia de la adolescencia como un período clave para las inversiones en capital humano que se suma a las del in-útero y los primeros años.

Estos resultados concuerdan con un estudio de un volumen que impresiona, comandado por el Imperial College de Londres y publicado en noviembre de 2020 en la revista The Lancet, en el cual se estudia y compara la talla de 65 millones de niños y jóvenes de 5 a 19 años en 193 naciones de todo el mundo desde 1985 hasta 2019. Los investigadores también hipotetizan que las deficiencias alimentarias en niños y jóvenes en edad escolar explicarían una diferencia promedio de 20 centímetros de altura entre los países con la población más alta y más baja. Cómo será que el primer imperativo del desarrollo es comer, que los adolescentes de 19 años en China en 2019 eran ocho centímetros más altos que en 1985. Según los datos del Imperial, en 1985 los jóvenes argentinos de 19 años medían, en promedio, 172 centímetros y 174 centímetros en 2019. Las chicas de 19 años, 158 centímetros en promedio en 1985 y 161 centímetros en 2019.

 

 

Pura conciencia

Si en la adolescencia se puede arreglar semejante cagadón, hay esperanzas. No todo está perdido si además de traer el imprescindible corazón, la Argentina sortea esta difícil coyuntura poniendo –con garra– proa al desarrollo, lo que implica rumbear por una franca trayectoria al alza del poder de compra de los salarios, a fuerza de pura conciencia política plasmada en un instrumento de mayorías al solo efecto. Eso es lo único que va a legitimar políticamente la instrumentación que se haga para dar un orden al descuajeringamiento macroeconómico reinante. De lo contrario, Dios dirá.

Si la nada misma de la movilización del miércoles de la CGT ya es una fuerte señal de alarma de que la conciencia política argentina de las mayorías no está pasando por su mejor momento, no da mejor espina la reverberación actual de un episodio relatado por el historiador italiano Carlo Cipolla, correspondiente a la alta inestabilidad durante la economía pre-industrial en el bel paese. Cipolla es citado con frecuencia por haber formulado las leyes de las estupidez humana, cuya ley de oro es que “una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”.

El historiador económico explicaba: “Cuando aparecía una depresión, su manifestación más visible era la cantidad crecida de mendigos (…) Las reacciones de los poderes públicos a la depresión y al número creciente de mendigos variaban de un lugar a otro y de un tiempo a otro. Sin embargo, con mucha frecuencia los gobiernos echaron mano de duras medidas que, inconscientemente, afectaban más a las consecuencias que a las causas de las crisis. En Roma, durante las depresiones de 1609, 1620 y 1628 y en Florencia durante la crisis de 1686, se dieron órdenes para que los hombres desocupados encontraran trabajo en el plazo de tres días o abandonaran la ciudad. Encontramos medidas semejantes en el Piamonte en las crisis de 1567 y 1586. La idea básica que subyace a tales medidas es que las cosas iban mal sobre todo a causa de la falta de buena voluntad. Nos vuelve a salir esta idea en aquellos casos en que se intentaba poner en pie medidas más complejas y responsables contra la depresión”.

En la actualidad, ¿cuánto avanzamos en promedio de este estado de la conciencia política de los siglos XVI y XVII? Parecería que poco o nada. Por lo visto, el desarrollo de la Argentina demanda una conciencia política hoy ausente o en franco retroceso, a juzgar por los gorilas de Juntos por el Cambio, que están cada vez más lejos de ser una excepción.

 

 

 

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