La desigualdad mata

Si la sociedad es desigual, es porque de alguna forma permitimos y toleramos esa desigualdad

 

¿Se murió? ¿Lo mataron? Más allá de lo que creo en mi fuero íntimo, no tengo una respuesta concluyente sobre que pasó con Facundo Astudillo Castro. Su mamá, Cristina Castro, aseguró desde el principio mismo de la investigación que se trataba de una desaparición forzada de personas y directamente se la imputó a la Bonaerense. Y por definición les creo a las víctimas. Como abogada reviso expedientes, y busco ahí las respuestas. Pero en este caso simplemente aquello que consta en el expediente no ha tomado estado público.

Sea como sea, el caso de Facundo nos pone de cara ante un problema real. La desconfianza que una parte de la sociedad siente ante las fuerzas de seguridad. Y es extraño –o tal vez no lo sea realmente-, son los sectores vulnerables en lo económico quienes manifiestan más masivamente su desconfianza sobre dichas fuerzas. Eso no implica paradójicamente que los sectores vulnerables no hagan el reclamo de más y mejor seguridad –reclamo que se traduce en más fuerzas de seguridad—, porque y de nuevo acá una paradoja, son también masivamente los principales sectores que son víctimas de la inseguridad. A medida que los grupos sociales ascienden en términos materiales, la desconfianza sobre el accionar de las fuerzas de seguridad disminuye.

No menos cierto es que las víctimas de las prácticas abusivas de las fuerzas de seguridad pertenecen mayoritariamente a los sectores vulnerables, lo cual explica la mirada plagada de desconfianza y reparos que esos sectores tienen. Me cuesta expresarlo en términos de premisas claras, pero creo que a mayor de cantidad de bienes materiales, se tiende a tener una mirada mas permisiva sobre la conducta de las fuerzas. Y afirmo, asumiendo el sesgo propio y si se quiere ideológico, que a medida que aumentan los bienes materiales, la necesidad de preservarlos extiende los limites de lo admitido a quienes deben protegerlos, haciendo de sus abusos sobre sectores mas vulnerables apenas un daño colateral.

Una sociedad desigual. Y la desigualdad es una forma de violencia y genera más violencia.

Borges escribió en uno de sus cuentos más maravillosos que “los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres.” Con mucho menos poesía que los heresiarcas de Uqbar, hay días en los que no abomino de los espejos y hay noches en las que no abomino de la cópula. Pero no existe momento en el que no abomine de la desigualdad, porque multiplica —y justifica— hasta el infinito más horrible los padecimientos del hombre.

Algo parecido al doble standard que existe respecto a la ocupación de terrenos. Pienso en lo que vimos en Guernica estos días, donde un montón de personas tomaron terrenos que estaban sin utilizar y montaron allí sus precarias viviendas.

Cada vez que aparecen estos casos me surge la pregunta respecto a dónde vivían esas personas antes de tomar un terreno ajeno. Supongo que la aberrantemente desigual distribución de la propiedad de la tierra tiende a explicar el déficit de terrenos para vivir, sobre todo de quienes carecen de los recursos para adquirir un terreno. Y también me intriga donde podrían vivir la enorme cantidad de personas que duermen en calles y puentes de esta ciudad. Porque desde las diversas órbitas de gobierno, a quienes duermen en las calles de la ciudad se les proporciona, en el mejor de los casos, un “refugio”. Así se llaman esos lugares que garantizan un lugar para dormir en la noche y un poco de comida, pero el resto del día las personas que durmieron en el refugio deben vagabundear, como si eso fuese normal, una forma de vida aceptable para las personas.

Respecto de las tomas tengo clarísimo que sólo son delitos en cuanto se encuadran en las premisas de Código Penal, esto es “1º) el que por violencia, amenazas, engaños, abusos de confianza o clandestinidad despojare a otro, total o parcialmente, de la posesión o tenencia de un inmueble o del ejercicio de un derecho real constituido sobre él, sea que el despojo se produzca invadiendo el inmueble, manteniéndose en él o expulsando a los ocupantes; 2º) el que, para apoderarse de todo o parte de un inmueble, destruyere o alterare los términos o límites del mismo; 3º) el que, con violencias o amenazas, turbare la posesión o tenencia de un inmueble”.

Es decir que debe mediar violencia o engaño de alguna naturaleza para que en las tomas pueda configurarse un delito.

Las comparo con la incontable cantidad de consultas que recibí a lo largo de los años sobre terrenos ubicados en el Delta del Tigre. Y señalo, las consultas se vinculan a la transferencia de esos terrenos, sujetos a la usucapión, es decir a la ocupación por prolongado tiempo y la realización de actos que externalizan dominio. En el Delta he visto cómo las personas venden los derechos sobre esos terrenos, y que luego son adquiridos por personas que no fueron aquellas que tuvieron y ejercieron la posesión durante 20 años para activar el mecanismo de usucapión. Sé perfectamente que es legal, pero no deja de parecerme un derecho constituido tramposamente de alguna forma que no puedo terminar de explicar.

Como sea, la diferencia de valoración entre una y otra situación no dejó de llamarme siempre la atención, porque finalmente la conducta es similar, aun cuando señalo, en las tomas se ve sin dudas un despliegue de acciones colectivas, mientras que en las usucapiones la acción es individual. Y claro está que la acción colectiva es entendida por muchos como una forma de violencia, razón por la cual califican la ocupación de delictiva y llamándola usurpación.

En cualquier caso, sigo sin poder responder dos preguntas. ¿Dónde deberían vivir quienes no tienen lugar para vivir?  Y la otra: ¿cómo justificamos la enorme cantidad de terrenos sin uso cuando hay personas de carne y hueso que no tienen dónde vivir? ¿Acaso esos inmuebles sin uso y sin custodia son el gran monumento a la propiedad privada, que como sociedad estamos dispuestos a tolerar?

¿Por qué en algunos casos está bien y es legal ocupar un terreno, e incluso se permite la transferencia –que llaman cesión— de los derechos que derivan de la ocupación, y por qué en otros la conducta es vista como delictiva?

No tengo nada contra la propiedad privada, de hecho el sueño de mi vida es tener mi propia casa y dejar de pagar por el derecho de uso de propiedades de terceros – léase harta de pagar alquiler—, pero creo que nadie se preocupa realmente por contestar la pregunta crucial en el tema. ¿Dónde viven las personas que no tienen dónde vivir?

Porque las cosas en Tlön se duplican y “propenden asimismo a borrarse y a perder los detalles cuando los olvida la gente. Es clásico el ejemplo de un umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro”. No pasa en nuestros días ni esta tierra lo mismo. Ni las cosas de multiplican ni la tierra desaparece cuando se olvida. Está ahí, se use o no se use. Está ahí como monumento mudo e inútil en homenaje a una sociedad desigual.

Parte de esa desigualdad también podemos atribuírsela a la falta de árbitros que establezcan con claridad un modo razonable de solución de conflictos. Y cuando digo razonables, subyace –hago explícito para evitar confusiones— la idea de un modo no violento.

Pero estos árbitros no parecen estar arbitrando demasiado, debo ser justa. Y terminan recurriendo a modos violentos. Lo vimos en la Cámara de Diputados de la Nación hace unos días, donde los legisladores de la oposición tensionaron la posibilidad del debate democrático en vías a subordinarlo o en todo caso anularlo.

Habiéndose vencido el protocolo de las sesiones virtuales, sectores de la oposición pretendían que se sesionara en modo presencial en un recinto que ni por casualidad está preparado para poder sesionar presencialmente asegurando a todos – legisladores y trabajadores de la Cámara— las condiciones de distanciamiento necesarias para evitar los contagios de Covid. Razonablemente las autoridades señalaron que ello no era posible y los legisladores opositores dijeron que entonces solo renovarían su conformidad a las sesiones virtuales si se aceptaba la predeterminación de temas que podrían tratarse.  Señalaron que hay temas que requieren su discusión presencial (¿?). ¿Fundamentos para dicha petición? Ninguno, por cierto

Como nadie es tonto, todos entendieron –entendimos— que era la forma de impedir que esos temas se trataran. Porque en atención al creciente numero de casos de Covid las posibilidades de sesionar presencialmente son un riesgo cierto para la salud e incluso la vida de diputados y trabajadores, y eso las hace inviables. Mientras eso sucedía dentro de la Cámara de Diputados, fuera de ella y durante horas, una variopinta peregrinación de sujetos daban rienda suelta a sus delirios y a sus manifestaciones más violentas.

Me llamó poderosamente la atención una ex diputada, que aseguró que lo que pasaba dentro de la Cámara era un golpe de Estado. Yo entiendo la cuestión levemente delirante de quien se atribuye la maternidad de la república –una república de plástico y sin vida, a decir verdad—, pero lo que pasaba dentro de la Cámara no era sino uno de los modos razonables de solución de conflictos. Se llama democracia e incluye mayorías y minorías. La mayoría decidió prorrogar las sesiones virtuales y la minoría luego de hacer una serie de manifestaciones bastante poco felices, procedió a retirarse de recinto. Porque finalmente, lo que no querían era sesionar.

¿Por qué no quieren sesionar? ¿Por qué quieren usar como escudo humano la salud y la vida de diputados y trabajadores? La respuesta es sencilla: porque en lugar de actuar como árbitros, le dan preeminencia a la defensa de intereses que, de tan mezquinos, espantan. No quieren discutir temas como la contribución a las grandes fortunas ni la reforma judicial.

Y además una parte de mí cree honestamente que buscan, incluso sin asumirlo, que crezcan los enfermos y los muertos. Porque ciertos sectores de la oposición se han constituido en la guardia pretoriana de intereses mezquinos. Y porque en una sociedad desigual, el 2% de algunas fortunas justifica muertes, porque con cadáveres y enfermos, un sector de la oposición espera construir las barricadas que le pongan límites a un gobierno peronista, que con todos los errores que se le puedan imputar (yo le imputo pocos) no ha dejado de intentar preservar la salud, la vida y la integridad de la sociedad asolada por la pandemia.

¿Hablaran de la democraciadura en el futuro? Ellos, los que aman los juegos de palabras mas que los debates democráticos. Como los metafísicos de Tlön,  no buscan la verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro.

Árbitros violentos que no son árbitros. Y árbitros que hacen trampa. Digo esto y pienso en la conducta de algunos fiscales. Los fiscales son parte del Ministerio Público, que por cierto tienen atribuida por la Constitución Nacional la función de “promover la actuación de la Justicia en defensa de la legalidad de los intereses generales de la sociedad en coordinación con las demás autoridades de la República.”.

Este grupo de fiscales hacen exactamente lo contrario. En 2018 la vicepresidenta Gabriela Michetti designó a un abogado como representante del Senado en el Tribunal de Enjuiciamiento. Pero olvidó un detalle no menor: que la designación no es una competencia de la presidencia del Senado sino de la mayoría de Senado, conforme lo dice la ley de Ministerio Publico (ley 27148) en su artículo 77.

El Senado nunca emitió opinión y por cierto, quien propuso al abogado designado, ni siquiera era la mayoría. Una designación irregular y nula de forma insalvable, y eso sin entrar en consideraciones penales hacia quienes llevaron adelante dicha designación. Pero por motivos variopintos, la Asociación de Fiscales y funcionarios del Ministerio Público está reclamando judicialmente que dicha designación sea válida. Sí, por absurdo que sea.

Pero más aún, para hacer ese reclamo primero adhirieron a la presentación que hizo sin ninguna legitimación legal una fundación que se llama “Sea Justicia”. Detalles tan hilarantes como sórdidos, es que la precitada fundación ni siquera esta inscripta como tal, porque no completó los papeles. Es decir que, en términos legales, NO EXISTE. A esa presentación adhirieron los fiscales, ya en el colmo de descalabro. Cuando se enteraron de que la fundación tenía este problema de no existir legalmente, se despegaron de su presentación. “Maria la paz, la paz, la paz...”. Ahora dicen que están preparando otra acción. Cuyo objetivo es intentar validar una designación que a todas luces fue hecha de modo contrario a la ley.

¿Y qué decir de los árbitros que no cumplen las reglas? Hay un grupo de jueces que fueron trasladados sin acuerdo del Senado. Para decidir sobre las designaciones se le enviaron sus pliegos para que el trámite constitucional de obtener su acuerdo por parte del Senado se concluyese. Y se convocó a audiencia. De los 10 jueces, hubo 3 que no concurrieron, invocando derechos que según ellos derivan de leyes y reglamentaciones y que los eximen de cumplir con la propia Constitución. Creo que debemos recordarles a los jueces de este país que la Constitución no admite excepciones. Y que las reglas legales están para cumplirse. Es absurdo pretender la excepción de pasar por el Senado para obtener el acuerdo. Sólo por eso es probable que no lo obtengan. De los tres jueces que no concurrieron, hay uno que lamento mucho su conducta. Porque le tengo afecto sincero.

Pero no quiero olvidarme de Tlön, cuya literatura parte de la idea de un sujeto único. “Es raro que los libros estén firmados. No existe el concepto del plagio: se ha establecido que todas las obras son obra de un solo autor, que es intemporal y es anónimo. La crítica suele inventar autores: elige dos obras disímiles –el Tao Te King y las 1001 Noches, digamos–, las atribuye a un mismo escritor y luego determina con probidad la psicología de ese interesante homme de lettres”.

¿Por qué recuerdo a Tlön? Porque el absurdo de sujeto único en la literatura, no es absurdo en la sociedad. La sociedad —más allá de nuestras particularidades como integrantes de ella— es una sola. Y si la sociedad es desigual, es porque de alguna forma nosotros permitimos y toleramos esa desigualdad y esos árbitros que no son árbitros.

Queremos Verdad y Queremos Justicia. Por Facundo y por cada uno de los que desaparece. Queremos saber qué les paso y por qué, queremos saber si hay responsables y también queremos que reciban un castigo si los hay.

Creer en la Justicia es dar la pelea por la igualdad. Sin esa pelea que tan ética y necesaria, nuestro destino como sociedad se presenta horrible. Alejada de la belleza metafórica de Tlön y muy cerca del infierno donde la desigualdad ejerce su dominio opresivo. Donde la desigualdad, si lo permitimos, causa infinito dolor, y es capaz de matar.

 

 

 

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