La guerra en el Donbás

Ucrania debería comprender que conforme pase el tiempo le resultará cada vez más caro el precio de la paz

 

Hay una lectura o versión sobre la guerra entablada entre la Federación Rusa y Ucrania que se afana por establecer que la parte agresora es Rusia. Y que Ucrania ha sido atacada prácticamente sin motivo. Es decir que por antojo, por maldad o por ambas razones, Moscú habría desatado una ofensiva bélica contra Kiev. La acusación es pueril y al mismo tiempo falaz. Pero tiene vitalidad mediática tanto en la gran potencia del norte como en los países de la OTAN y en otros del mundo, que parecen cada vez menos capaces de sustentar un criterio propio.

Durante prácticamente todo el año pasado Rusia debió soportar una serie de incursiones aeronavales en el Mar Negro, algunas de ellas muy agresivas y/o petulantes, cuyo punto culminante fueron las maniobras militares denominadas Sea Breeze que poco menos que le llegaron a las barbas, en el plano geográfico, a Moscú. Vladimir Putin protestó fuertemente y dejó bien claro que esas ejercitaciones de la OTAN, encabezada por Estados Unidos, eran inaceptables para Rusia. En febrero de este año, Putin y el canciller Sergei Lavrov reclamaron respectivamente ante Joseph Biden y ante el organismo nor-atlántico, que se respetara a su país, que no se lo presionara ni se lo provocara, y que se evitara la posibilidad de que Ucrania se incorporara a la OTAN, lo cual era –y es– un obvio y mayúsculo desafío para la política de defensa rusa.

Esta ha sido una situación bastante parecida a la crisis desatada en 1962 por el intento de establecer misiles en Cuba, aportados por la entonces Unión Soviética. Ante los reclamos norteamericanos, esos sistemas de armas no fueron emplazados y retornaron a Moscú. Todo lo contrario ha sucedido con la cuestión ucraniana. Para decirlo con una expresión coloquial muy usada en nuestro país: “No les dieron pelota” ni a Putin ni a Lavrov. Así las cosas, Rusia fue a la guerra. No por capricho sino por necesidad: al fin y al cabo, es una potencia nuclear tanto o más poderosa que Estados Unidos en ese específico plano.

En lo que sigue se examinará la guerra en el Donbás, que en estos momentos es el escenario más importante del conflicto bélico.

 

 

2014: los inicios de una contienda

Biden, por un lado, se ha esmerado por insultar a Putin, una actitud alarmante por decir lo menos. Y por otro, la cantinela mediática se ha afanado por construir una imagen poco menos que diabólica de Rusia, que apunta a cargar las tintas sobre la embestida rusa contra Ucrania. Pero cuidadosamente omite que en 2014 comenzó una pequeña guerra en la región del Donbás, librada por las fuerzas armadas ucranianas contra los combatientes separatistas pro-rusos de las provincias de Donetsk y Lugansk, que ahora prosigue en un contexto diferente debido a la intervención rusa. Es inevitable considerarla como uno de los “escalones” iniciales hacia la contienda mayor hoy en curso en la que se han trabado Moscú y Kiev, uno de cuyos teatros más relevantes es precisamente el Donbás.

En febrero de 2014, en Kiev, en el contexto de una amplia y dura crisis política que generó intensas movilizaciones y protestas, se acordó entre el gobierno en ejercicio que encabezaba Viktor Yanukovich –aliado de Rusia– y la oposición que se convocaría a elecciones presidenciales bajo el amparo de la vigente Constitución de 2004. Sin embargo, esta vía fue rechazada por una multitud de manifestantes que avanzó tumultuosamente sobre la sede presidencial y el Parlamento, que fue ocupado. Yanukovich abandonó el país prontamente –podría decirse que renunció con los pies– pero la turbulencia política continuó. Hubo una sustitución interina del Presidente y se organizaron rápidamente nuevas elecciones, que se efectuaron el 25 de mayo y en las que fue elegido Petró Poroshenko, un pragmático con sesgo liberal, y el vínculo –antaño fuerte– entre Rusia y Ucrania quedó en suspenso.

Por otra parte, en abril de 2014 se inició una reacción en las entonces provincias de Donetsk y Lugansk, habitadas mayormente por personas de origen eslavo, afines a la cultura rusa y que son, además, ruso-parlantes. Ese mes ambas provincias se autoproclamaron repúblicas populares. Inmediatamente después comenzaron los escarceos militares entre el ejército ucraniano y las milicias de aquellas dos entidades. En mayo se realizó en ambas un referéndum sobre su condición política. El resultado fue abrumador. En Donetsk, donde votó el 75% del electorado, un 89% de ese universo fue favorable a independizarse de Ucrania. En Lugansk sucedió lo mismo: votó el 73% de los empadronados y el 96% aprobó también dicha independencia.

La guerra continuó con una más firme intervención directa del ejército ucraniano y desde entonces no decayó. En septiembre de 2014 se firmó el protocolo de Minsk entre Rusia, Ucrania y las flamantes Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk, bajo el auspicio de la Organización para la Seguridad y la Cooperación Europea (OSCE). Entre otros compromisos se acordó que se establecería de inmediato un alto el fuego bilateral; que se otorgaría un estatuto político especial a Donetsk y Lugansk; y que se efectuaría una liberación de prisioneros. Pero nada de esto pudo ponerse en marcha. Por empezar no se consiguió establecer el antedicho alto el fuego, pieza angular del acuerdo. Posteriormente, en enero de 2015, se estableció otro protocolo denominado Minsk II, firmado por Rusia, Ucrania, Alemania y Francia. Tampoco funcionó.

De modo que los ataques y las escaramuzas continuaron hasta que el reciente avance ruso sobre los territorios del este –donde se ubican Donetsk y Lugansk– y del sur de Ucrania cambió la intensidad de la guerra. Rusia ha ganado terreno y al parecer le queda por alcanzar un último objetivo importante en esa región: apoderarse de la costera ciudad de Mariupol, que tiene pleno dominio sobre del Mar de Azov y conexión terrestre sobre los territorios del Donbás. De hecho, se encuentra dentro de los límites correspondientes a la República Popular de Donetsk.

 

 

Mariupol

Son varios los motivos y objetivos que habrían inclinado a Rusia a ocupar Mariupol, para lo cual estableció una estrategia de cerco combinada con embates sobre distintos puntos de la ciudad y alrededores, que viene llevando a cabo con éxito. Entre otros, apropiarse de la recién mencionada conexión terrestre con el Donbás, que ya se ha alcanzado, y del puerto esa ciudad del que salen las exportaciones de trigo y de otros cereales ucranianos, que aún está en disputa. Pero es también un importante centro metalúrgico y siderúrgico en el que se ha desarrollado, asimismo, la industria naval. Para más datos, se encuentra allí la sede oficial del Batallón de Azov, una entidad militar formada por voluntarios de extrema derecha, ultranacionalistas y neonazis. Son precisamente aquellos neonazis mencionados más de una vez por Putin.

Rusia fue avanzando posiciones sobre la ciudad, lo que obviamente fue estrechando el cerco. Y las fuerzas ucranianas fueron replegándose hacia el puerto y el mar. Para poner apenas algunos ejemplos: el 18 de marzo fue tomado el aeropuerto; el 28, el cuartel general del Batallón Azov, y el 2 de abril, el Servicio de Seguridad de Ucrania, que dicho en palabras llanas es el servicio secreto. Y la ciudad se encuentra sin agua, sin electricidad y con escasos recursos alimentarios.

Más allá de las sesgadas informaciones que se dispersan desde los medios estadounidenses y desde buena parte de los de los países de la OTAN, claramente Ucrania está perdiendo la guerra.

No ha podido contener el avance ruso, lleva ya aproximadamente un millón y medio de migrantes que se refugiaron en países vecinos, su fuerza aérea ha quedado ya fuera de combate así como sus regimientos de tanques, y se ignora el número de sus bajas pues Kiev es reticente a ofrecer información al respecto. Y ha perdido también ya varias porciones de su territorio.

 

 

Final

Pintada la carta así, a grandes trazos, la incesante campaña del Donbás podría significar un importante punto de inflexión en la guerra o incluso convertirse un evento decisivo.

Se me dirá, probablemente, que la contienda aún no ha terminado, lo cual es obvio. Pero conforme a lo que está ocurriendo las posibilidades de ganar de Ucrania son prácticamente inexistentes.

Es asimismo poco comprensible que Kiev no haya sostenido una posición más moderada y afín a alcanzar un cese del fuego y la apertura de una negociación factible. En fin, sería bueno quizá que Ucrania comprendiera que conforme pase el tiempo le va a resultar cada vez más caro el precio de la paz.

 

 

 

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