La irrupción de un imponderable

Para el gobierno, diciembre fue una Caja de Pandora que apenas empezó a abrirse.

 

“Es verdad, no será un país cómodo para los dirigentes, dejo un país cómodo para la gente. Va a ser incómodo, sobre todo, si piensan sacarle los derechos adquiridos a la gente.” En marzo de 2015, en su último discurso de apertura de las sesiones legislativas, CFK dejó una suerte de testamento-advertencia en esta recordada frase, que más allá de lo que cada uno piense sobre su autora, hoy se volvió una apretada síntesis de lo que estamos viviendo.

En verdad, para ser rigurosos, le llevó casi dos años a buena parte de la dirigencia política y gremial “sentir” la incomodidad, hacerse cargo de ella, decidirse a representarla, a pesar de que las calles ya habían dado sobradas muestras de ella. Y aun así, todo indica que hay sectores que continuarán en su periplo “opoficialista”, permitiéndole al gobierno persistir en su intento de aprobar el paquete de reformas, sea en virtud de la extorsión con la que se aprieta a sus provincias, sea por falta de carácter o porque sus únicas convicciones se miden con el bolsillo.

Diciembre reabrió el año

En todo caso este final de diciembre reabrió el balance de un año que, en apariencia, parecía cerrado después del triunfo electoral de Cambiemos, hace solo un mes y medio. Eduardo Amadeo, uno de los voceros más brutales del gobierno, confesó por radio que probablemente “se habían confiado”. Desde el propio lunes 23 de octubre el gobierno había comenzado a preparar el terreno para llegar a un diciembre tranquilo: logró acordar con el triunvirato de la CGT la reforma laboral, negoció con todos los gobernadores (menos Alberto Rodríguez Saá) la reforma tributaria, y hasta consensuó con el bloque de senadores peronistas comandado por Miguel Ángel Pichetto una fórmula de ajuste para las jubilaciones y asignaciones. Creyendo que había hecho la tarea, convocó a sesiones extraordinarias para aprobar el paquete de reformas. Lo que Amadeo nunca contempló es el mismo elemento imponderable que irrumpió tantas veces a lo largo de nuestra historia: la movilización popular.

Primero por separado. Por un lado la Corriente Federal de Trabajadores (CFT) de la CGT y las dos CTA, que consiguieron sumar al sindicato de Camioneros mediante la presencia de Pablo Moyano, lo que fue un primer llamado de atención para la dirigencia política —ya no fue posible adjudicar mediáticamente la oposición a las reformas al “kirchnerismo”— y para la dirigencia gremial. (Puede surgir por fuera del triunvirato de la CGT algo similar al MTA de los 90.)

Por otro lado la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), Barrios de Pie y la Corriente Clasista y Combativa, que conforman el llamado “triunvirato de San Cayetano”, y desde un primer momento trascendieron el reclamo corporativo al ubicar como consigna central que “Sin tierra, techo y trabajo, la reforma es contra los de abajo”.

Poco a poco empezó a lograrse un grado mayor de unidad: la CTEP participó de la convocatoria al Congreso el 29 de noviembre; la CFT y las CTA participaron del acto en 9 de Julio y Avenida de Mayo el 13 de diciembre. El gobierno aportó lo suyo al adelantar de un día para el otro la sesión legislativa y todas las organizaciones del campo popular (también el Frente de Izquierda, que había realizado su propia convocatoria el 6 de diciembre junto a otros sectores gremiales) se encontraron unidas de hecho frente a los gases, las balas y los palos, incluyendo a toda una camada de diputados y diputadas nacionales jóvenes, de distintas pertenencias políticas. En ese punto hasta el triunvirato de la CGT decidió amenazar con un paro nacional. El principal fruto de este proceso de creciente unidad es la formación de la Multisectorial Federal, que reunió a los dos grupos principales de organizaciones sociales y gremiales, y convocó nuevamente a movilizarse al Congreso Nacional el lunes 18.

Sin este “imponderable” proceso de movilización, que consiguió sintonizar con un extendido sentimiento de bronca en la opinión pública (“es inhumano hacer una reforma previsional para sacarle plata a los jubilados”, Susana Giménez dixit), no se hubiera podido frustrar la sesión del jueves 14, ni tampoco la dirigencia opositora hubiera sentido la “incomodidad” de tener que representar lo que prometió al sellar su pacto con sus votantes.

Sea que el gobierno consiga llevar adelante todo su paquete de reformas o no, es posible profundizar en el balance del año que estamos terminando. Habrá que contabilizar como un saldo de este 2017 no solamente el fortalecimiento electoral del gobierno, sino también la delimitación opositora de gran parte de la sociedad, que presiona sobre el comportamiento de la oposición.

La foto del palacio

La foto se viralizó. Agustín Rossi festejando con José De Mendiguren. Nicolás Del Caño charlando con Felipe Solá. Axel Kicillof riéndose con Facundo Moyano. Lucila De Ponti abrazada con Alejandra Rodenas, mientras conversan con Horacio Pietragalla. Gestos auténticos en cada uno de ellos, conforman un cuadro impensado en cualquier cálculo político previo, expresión fotográfica de la lógica del acontecimiento que, de acuerdo a su naturaleza, irrumpe, genera preguntas y abre caminos para la imaginación política.

¿Es posible la unidad? ¿Un frente opuesto al neoliberalismo que unifique desde el trotskismo criollo hasta al desarrollismo, pasando por el kirchnerismo y las distintas gamas del peronismo? ¿Es un delirio? ¿Sería una versión progre del fallido “Grupo A”, de funesta memoria? ¿Podría ser la expresión política de una nueva mayoría popular?

Las preguntas se agolpan y el realismo de la razón le pone un freno al vuelo de la imaginación política: no solo no resulta viable sino que la imaginación, aunque amplía horizontes y genera esperanza estimulada por el triunfo parcial, corre el riesgo de perder el rumbo en especulaciones palaciegas. Si algo mostraron las jornadas de esta semana fue, como decía Cooke, que “la teoría política no es una ciencia enigmática cuya jerarquía cabalística manejan unos pocos iniciados, sino un instrumento de las masas para desatar la tremenda potencia contenida en ellas”.

En todo caso lo concreto al día de hoy es que el punto de apoyo de la unidad opositora fue el rechazo a la reforma previsional. Un punto de apoyo limitado, pero el más potente que el campo popular consiguió hasta ahora, quizás comparable solo con la defensa del proceso de juicios por los crímenes de lesa humanidad.

Después de dos años de grandes retrocesos, no es poca cosa tener la experiencia de que es posible lograr este marco de unidad para enfrentar el avance neoliberal. Pero esto no es todo. La imaginación política reclama su derecho a pensar que quedó flotando un camino de amplia unidad, de diálogo entre la dirigencia política, gremial y social, que deberá ir encontrando mayores puntos de apoyo, hacia la formulación de un proyecto de país opuesto al del neoliberalismo, asentado plenamente en los sectores populares, recuperando las conquistas de los años kirchneristas, pero transformándose para ser capaz de construir un discurso que pueda articular una nueva mayoría popular.

Ulises Bosia es docente y periodista

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