Lo que oculta la agresión contra Siria

Una revancha de las potencias, frustradas por la consolidación de Assad

 

Los Estados Unidos, secundados por el Reino Unido y Francia lanzaron, a las 3:42 de la mañana (hora siria) del pasado sábado 14 de abril, un intenso ataque misilístico contra tres instalaciones que, según el gobierno norteamericano, están vinculadas con el programa clandestino para la producción de armas químicas de Siria. Se trató de una retaliación frente al presunto ataque con gas venenoso efectuado por el gobierno sirio en la ciudad de Duma, pocos días atrás. Curiosamente, el 15 de abril arribó a Damasco un grupo de especialistas de la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ) –organismo intergubernamental encargado de la aplicación de la Convención sobre Armas Químicas, laureado en 2013 con el Premio Nobel de la Paz— para investigar, precisamente, el episodio recién mencionado. Qué curioso, ¿no? Inmediatamente antes de la llegada de esa comisión, se produjo la incursión sobre las antedichas instalaciones. A los tres países atacantes parece haberles importado muy poco que se verificara si aquella agresión con gases se había producido o no, y eventualmente cómo había sido.

Tampoco les interesó mucho actuar con apego a la Carta de la Organización de las Naciones Unidas, que como se sabe rechaza enfáticamente ese tipo de acciones militares. (Sin ir más lejos –y por ejemplo— lo hace taxativamente el Punto 1, del Artículo 1, del Capítulo 1 de aquella). Con el agravante de que los tres tienen facultades extraordinarias en ese organismo –son miembros permanentes del Consejo de Seguridad y tiene poder de veto— y deberían ser los primeros en respetar sus normas, que tanto los favorecen. Desde luego, tampoco se tomaron el trabajo de consultar a sus respectivos parlamentos, que en esta ocasión quedaron tan de adorno como en otras oportunidades.

No pueden dejar de consignarse también las palabras con las que Donald Trump amenazó anticipadamente a Rusia y calificó a los proyectiles que se utilizarían en la operación. “Prepárate Rusia porque estarán llegando –los misiles [E.L.]— lindos, nuevos e inteligentes”, dijo, con una especie de sorna al mismo tiempo maligna y banalizadora, impropia de quien preside el país militarmente más poderoso del mundo y maneja un maletín nuclear capaz de hacerlo desaparecer.

Hay otro hecho que conviene destacar. El 24 de febrero pasado, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó por unanimidad la Resolución 2401, que estableció una tregua por 30 días para favorecer la asistencia humanitaria. Tres días después, Rusia estableció unilateralmente una pausa humanitaria en Guta Oriental, puntapié inicial que puso en marcha la negociación de un plan de evacuación y traslado de los miembros de las organizaciones yihadistas extremas Tahir al Sham, Faylaq al Rahman y Yaish al Islam, sus familiares y los pobladores que quisieran acompañarlos. Diversas fuentes indican que a partir del 9 de marzo comenzaron esos traslados –especialmente pero no exclusivamente de los ancianos, enfermos y población civil— hacia la provincia norteña de Idlib, en la que persisten aun bolsones de resistencia controlados por yihadismo extremo. La agencia Colpisa/AFP informó el 1º de abril que se había cerrado el acuerdo para el retiro de los segmentos más duros. Por su parte, el Observatorio Sirio de los Derechos Humanos (OSDAH), que para nada simpatiza con el régimen de Bashir al Assad, en una comunicación colocada en su sitio web el 14/04 después de consumado el bombardeo de marras, tenía registrado que para esa fecha y como resultado de lo que llama el Acuerdo de Guta habían sido ya evacuadas 296.700 personas. Indicaba al final de la nota, inclusive, que era “…esperable que miles de personas, entre combatientes, familiares y ciudadanos que cambiaron su decisión de quedarse partan en las próximas horas, como consecuencia de los golpes asestados por EEUU, Gran Bretaña y Francia contra Damasco y alrededores, y del despliegue de la policía militar rusa para controlar la ciudad de Duma y supervisar la seguridad y el desorden interno ocurrido en los últimos días” (The Ghouta Deal Ends With the Departure of About 300.000 Civilians; www.syriahr.com/en/?p=89515 [la traducción es mía EL]).

La decisión sirio-rusa de impulsar la evacuación fue a la vez riesgosa e inteligente. Lo primero porque facilitar la concentración de tropas rebeldes en el norte del país puede jugarles una mala pasada. Inteligente, porque no obstante lo anterior les permite ahorrarle sacrificios a una población bajo asedio desde hace tiempo mediante el desarrollo de una política de asistencia humanitaria y, asimismo, pacificar un espacio sensible, muy cercano a Damasco. Aquella iniciativa ha sido verdaderamente relevante y puede ser tomada como un indicador del grado de control territorial y sobre los asuntos bélicos que ha alcanzado el tándem sirio-ruso-iraní. Sería ciertamente poco congruente que hubieran decidido poner en riesgo estas metas y los perceptibles logros que hacia el 8 de abril –fecha del presunto ataque con gas tóxico en la ciudad de Duma— habían sido ya alcanzados mediante la puesta en marcha del Acuerdo de Guta. Lo que conduce a desconfiar del motivo alegado por la entente Estados Unidos, Reino Unido y Francia para justificar su ataque.

En el mismo sentido, cabe recordar que el pasado 4 de marzo el espía inglés de origen ruso Sergei Skripal sufrió un ataque con gas tóxico en el Reino Unido. Rusia fue responsabilizada sin fundamentos sólidos por esa acción: una investigación de la OPAQ estableció que se había usado gas Novichok —fue inventado en Rusia aunque hace tiempo ya que se produce en otros lugares— pero reconoció que no podía establecer su origen. No obstante, Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y otros países europeos acusaron a Rusia y desataron una amplia ofensiva diplomática: más de 150 embajadores, cónsules y funcionarios diplomáticos fueron retirados de Moscú y otras ciudades rusas, en lo que configuró un acontecimiento completamente inusual por sus proporciones.

El hecho de que no estuviera claramente establecido cómo habían ocurrido las cosas, tanto en la agresión a Skripal como en el ataque con gases tóxicos, conduce a pensar que en las dos oportunidades las potencias intervinientes actuaron muy poco responsablemente, es decir, sin esperar una corroboración plausible de lo sucedido. Y ante la semejanza del modus operandi en ambos casos —aunque los medios empeñados fueran diferentes— y la endeblez de los motivos alegados surge la sospecha de que pudieron haber sido deliberadamente montados para justificar el accionar de las mencionadas potencias, con el propósito de desprestigiar a Rusia y disimular el fracaso de la estrategia norteamericana en Siria.

La intervención directa rusa a partir de septiembre de 2015 y el establecimiento del tándem sirio-ruso-iraní cambió el curso de la guerra. Impuso condiciones militares que modificaron la correlación de fuerzas, fue victorioso en el combate e hizo retroceder al yihadismo extremo. La liberación de la región de Guta y de la ciudad de Duma –se estima que el gobierno de Assad controla ya por lo menos el 70% del territorio sirio— probablemente marcará el fin de una etapa y el inicio de una nueva fase bélica. Trump está considerando retirar las fuerzas terrestres norteamericanas y colocar en su reemplazo tropas sauditas, quataríes, de los Emiratos y egipcias. Habrá que ver si lo consigue. Su foco de atención está concentrado ahora en el área nororiental de Siria, probablemente para evitar el establecimiento de una línea de comunicaciones y suministros que enlazaría a aquella con Irak y Líbano. Quedaría así establecido un corredor bajo control de una cofradía chiíta (con Hezbollah desde el costado libanés), que además de darle ventajas al ya aludido tándem pondría muy nervioso a Israel.

Así las cosas y más allá de los montajes y de las fake news, la reciente agresión contra Siria podría leerse, también, como un fútil acto de venganza o una póstuma y estéril revancha de esas potencias que otrora buscaron, sin éxito, la cabeza de Assad y deben contemplar ahora –quizá con amargura— hasta qué grado se ha consolidado.