Soy hija del jefe de la patota de la Comisaría 9

«Ella me contó que la habían torturado. Y mi padre la presentó como su novia»

 

Soy Nancy Morales. Nací en la ciudad de San Pedro en la provincia de Jujuy y hace 28 años vivo cerca de Nüremberg. Mi padre era Enrique Morales, Jefe de la Comisaría 9 de San Pedro en 1976, que murió hace diez años. Mis padres estaban separados. Yo me crié con mi madre y mis abuelos en San Salvador de Jujuy. Visitaba a mi padre esporádicamente para las vacaciones de verano, una relación poco frecuente como toda relación de padres separados de la época. San Pedro de Jujuy no estaba lejos, pero había una hora de viaje. Si bien fui consciente de lo que sucedió en el país desde que comencé a estudiar en Buenos Aires para la apertura democrática, una de las historias claves de mi vida ocurrió cuando tenía 13 años y tuve un contacto con una mujer que estaba detenida.

 

 

Era verano. Febrero de 1977. Conocí a Jenny en una fiesta. En un momento nos quedamos solas y ella me cuenta que entre la gente de la fiesta estaban los hombres que la habían detenido, una semana o un mes antes. La habían torturado y lo habían hecho de tal modo que tuvieron que llevarla al hospital de San Pedro. Lo impactante para mí de aquella noche, sin embargo, ocurrió poco después cuando mi padre me presentó a Jenny como su novia.

 

Comisaria 9 de San Pedro. Uno de los lugares inspeccionados durante el último juicio oral de lesa humanidad en Jujuy.

 

Volví a verla unas tres veces. Jenny estuvo unos tres o seis meses más en San Pedro trabajando como administrativa del hospital. Supe que vivía con una mujer policía. Y que estaba embarazada de mi padre. Un año más tarde, calculé que su hijo había nacido y comencé a preguntar qué había sido de ella. Se lo pregunté a toda mi familia paterna. A los hermanos de mi padre. Y a mi padre, que me dijo que era una loca. Que se había ido de Jujuy. Que se había ido al sur y que había dado el chico en adopción. Lo mismo me dijeron los policías que estaban con mi papá. Él era un tipo que nunca estaba solo. Siempre estaba con ellos, los muchachos les decía. A mí me cuesta definirlo. Era un tipo tranquilo, a veces cariñoso de una forma extraña, totalmente formateado por la institución, para mí resultaba complicado, era un psicópata. Casi siempre iba acompañado por los mismos policías que ella me había contado que la habían detenido y torturado.

Durante años no volví a saber más nada. Después del secundario me fui a Buenos Aires para estudiar Letras. Siempre me gustó la literatura. En mi casa no había bibliotecas pero siempre me gustó leer. Mi madre era modista. Mis abuelos tenían una almacén y mi madre me apoyó en todo lo que quería hacer. Creo que ella misma hubiese tenido ganas de irse de Jujuy. En esa época, leí Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sabato, el libro no estaba en casa pero creo que me lo regalaron y como me había gustado tanto volví a leerlo todas las veces que pude. En Jujuy tenia contacto con un señor que escribía poesías y me prestaba los libros. Tal vez me llegó por él. Cuestión que, como teníamos unos conocidos en Buenos Aires, me fui a estudiar ahí y no a Tucumán, como hacía el resto de los estudiantes. En la facultad entendí lo que podían haber sido todas aquellas escenas que había visto de niña. Jenny me había contado que la habían detenido con un grupo de amigos cerca de una discoteca. De pronto los rodeó la Policía y se los llevaron a la Comisaría. Y entre lo que me contó y lo que años después ellos contaron en el juicio, explicaron cómo sacaban a las detenidas, y aparte de torturarlas, las violaban.

La Facultad de la apertura democrática me permitió estudiar rodeada de compañeros que volvían del exilio. Nos daba clases David Viñas. Yo ya tenía claro todo lo que había pasado y de lo que, de alguna manera, también había sido testigo. Leí durante años las listas de los desaparecidos buscando a Jenny porque estaba convencida de que era una detenida desaparecida. Y esa historia del sur y del chico en adopción me hacía pensar que era parte de lo que había pasado con cualquiera de los desaparecidos de este país.

A los 18 o 19 años tuve una discusión muy fuerte con mi padre por la cual dejé de hablarle durante doce años. Lo encaré directo. Le pregunté por Jenny. No me acuerdo bien cómo fue, pero hablamos de las Madres de Plaza de Mayo. Me dijo que eran una viejas locas. Yo le dije que no eran locas. Que yo les tenía mucho respeto.

—¿Dónde está Jenny?—, le pregunté. Empezó a reírse. Le grité asesino. Me dijo que estaba muy orgulloso de lo que había hecho. Que no tenía ningún problema en volver a hacerlo. No volvimos a hablar. Yo seguí en Buenos Aires. No terminé Letras. Viví ocho años trabajando. Conocí a mi compañero, alemán, y un día recibió una beca. Viajamos a Alemania pensando en quedarnos tres años. Él estudiaba teología, pero dejó y empezó administración de empresas. Yo tenía 45 años y quería seguir con la literatura. Hice un bachillerato de arte, estudié filología española y pedagogía. Volvía a Jujuy cada tanto pero ni yo lo buscaba, ni él me buscaba. Cuatro años después de instalarme en Alemania, finalmente lo busqué.

Con el paso del tiempo, mi papá fue secretario de Gobierno. En Salvador de Jujuy, más tarde fue subjefe del Servicio de Inteligencia, pasó a Toxicomanía y durante los últimos años trabajó para el Ingenio Ledesma. Puso un servicio de seguridad con un nombre nada original: Alerta. Me dijeron que eso no existe más. Pero cuando murió en 2008 tenía la empresa de seguridad que estaba trabajando para el Ingenio. Sé que tenía unos perros. No sé qué cuidaba. No estuvo imputado en las causas de Jujuy, pero su nombre aparece en el Nunca Más.

 

Documento hallado en 2012 en oficinas del Ingenio Ledesma sobre un seguimiento minucioso a una marcha realizada en Jujuy en 2005.

 

Volvimos a vernos tres veces, nunca volví a tocar el tema de Jenny, y dejé de verlo nuevamente hasta que un día, ocho años después, me avisan que se había muerto. Llamé a una de sus hermanas. Quería saber cómo había sido. Qué había pasado. Hacía años no teníamos contacto. Me dijo que había tenido un cáncer. Me dispuse, entonces, a cortar la llamada pero ella me ofreció el teléfono de alguno de mis hermanos. Soy hija única pero tengo varios medios hermanos de parte de mi padre. Sabía que existían, pero no tenía contacto con ellos. Hablando con uno, me pasó el teléfono de otro. Un muchacho del que no había escuchado hablar. Le pregunté quién era y me dijo: El hijo de Jenny.

Esa misma noche marqué el teléfono de Luis. Le pregunté por la madre. Me pasó su teléfono. Y hablé con ella. Nos encontramos medio año más tarde en Jujuy. Más de treinta años después, Jenny volvió a contarme la misma escena que me contó aquella noche cuando yo tenia 13 y ella 18 años. Lo mismo. Cómo la detuvieron. Lo que vivió en la Comisaría. Que la habían torturado.

Yo había escuchado que existía algún tipo de apoyo para las personas que habían sido víctimas durante la dictadura. Había leído el libro de Ana Longoni, amiga de la facultad, que hablaba de la relación de las detenidas mujeres con sus verdugos. Qué sucedía con las mujeres durante la dictadura. Se lo dije. Le dije que era importante que pudiera contar lo que había pasado. Jenny me dijo que no. Que no se atrevía. Que nadie iba a creerle. Que no le iban a creer haber tenido una relación con mi padre y que, fruto de eso, haya tenido un hijo con un represor. Le dije que ella era muy joven. Que todo eso tenía una explicación. Que también tenía una explicación el por qué había entrado en una relación con mi padre. Que estaba sola. Y le dije que si era necesario yo iba a ser su testigo. La empujé a declarar de alguna manera porque me parecía importante que se libere de toda esa historia.

Jenny se presentó hace tal vez cinco años en la Justicia. Hoy es una de las dos mujeres víctimas del juicio que se lleva a cabo en Jujuy. La otra mujer también estuvo detenida con ella, y Jenny es ahora una testigo de esa detención. En el juicio es juzgado, además, un hermano de mi padre. Está detenido hace tres años. Y trabajaba con mi padre.

 

Juicio en Jujuy. Arturo Morales, hermano y mano derecha de Enrique Morales en la Comisaria 9va de San Pedro.

 

Durante este recorrido, el año pasado leí la entrevista que un día le hicieron a la ex hija de Etchecolatz. Ese testimonio y el de Erika Lederer durante el 2×1, me impactaron muchísimo. Un conocido de Buenos Aires me contactó con Erika. Liliana Furió me visitó en Alemania y en septiembre me encontré por primera vez con la gente de Historias Desobedientes. Para mí todo eso era parte de una historia que necesitaba. En ese contexto, terminé incluso de constatar todo lo que había vivido porque una se siente muy sola. Estas son zonas incómodas. Yo he participado de marchas de la resistencia, o del 24 de marzo, pero siempre había algo ahí. Algo que no sabía dónde ubicar. Iba con mis compañeros de estudio porque lo consideraba importante. Tampoco era algo que escondía, porque dentro de mi grupo, en general de izquierda y con gente muy crítica, cuando me preguntaban o salía el tema de los padres, decía que mi papá era policía.

En julio del año pasado, después del primer contacto con Historias me fui a la biblioteca de mi ciudad en Alemania y pedí libros sobre hijos de los nazis. Quería ver qué les pasó. ¿Cómo se plantearon eso? ¿Cómo resolvieron el tema? ¿Lo hicieron? Vi que había muchos paralelos. Los silencios de nuestras familias. Esa cosa mía de no hablar, no preguntar durante años porque sabía que no me iban a decir nada. Y porque todo parecía molestar. Entre la búsqueda de los hijos de los nazis, descubrí que la mayoría de los libros están escritos por los nietos. No por los hijos. Pero me pareció que eso tiene que ver con la historia de Alemania. Me impactó mucho un libro de Alexandra Senfft, la historia de su madre, hija a su vez de un nazi. La madre sufrió mucho los silencios de la abuela, tuvo problemas de alcohol y se suicidó. El libro se llama El silencio duele. Y después escribió una serie de reportajes a hijos de nazis que se llama «La sombra larga de los criminales». Y ahí está todo el tema familiar, de lo que se habla y no se habla; las culpas, las traiciones y la expulsión del clan. Durante mi primer contacto con Erika, ella me dijo algo muy claramente: ¿Vos sos consciente de que el hecho de hacer pública tu historia va a propiciar una ruptura con el clan?

Mi madre murió muy joven. Estaba la noche de la discusión con papá. También estaba mi abuela. Pero ninguna me reprochó nada ni contradijeron mis planteos. Eso para mí fue muy importante. De chica me decían. A tu papá lo tenés que respetar, pero en ese momento hubo un gran silencio. Cinco años después murió mamá. Hoy sé que después de todo esto no hay más contacto con algunos de mis medios hermanos. Pero también que yo superé algo que para ellos significa tocar esa figura paterna. Cada uno verá cómo lo resuelve.

Declaré en el juicio el año pasado. Un poco porque quería proteger a Jenny. Pero en ese último viaje me acordé de muchas cosas. Visité la ex ESMA. Y en la zona del Pañol, donde estaban los objetos robados, me acordé de cosas que me había olvidado, como una radio turquesa que mi padre había traído de un supuesto allanamiento. También me acordé de entrar a una sala y ver gente, en fila, con lámparas en la cara. Cuando entré a lo que es la Casa de Chamorro, vi una instalación con la imagen de una nena declarando en el Juicio a las Juntas. Una chica que era amiga de la hija del director de la ESMA la había visitado y cuenta ver a una mujer en un auto. Y ahí, como en un segundo, me acordé de un día que fui a visitar a mi papá a la comisaría y para entrar tenía que pasar por el sector de bomberos. Y ahí vi a esas personas, era de día, pero tenían que estar con las luces. No podían mirar a quién los miraba. Me quedé milésimas de segundos con esa imagen, parada, hasta que vino un policía y me dijo que siga. Que no me quede ahí.

Ahora, nada que ver con nada: sigo en Alemania, desde donde hablo. Doy clases de español, pero desde hace 22 años con mi marido damos clases de tango y organizamos eventos. Para el 24 voy a estar en Argentina. Y posiblemente en la marcha de Jujuy.

 

2017. Imagen de Tango Argentino en Nordbayern.

 

  • Entrevistas y producción: Luciana Bertoia, Agustina Frontera y Alejandra Dandan

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