¡QUÉ MODERNOS!

Controversias y coartadas en el debate mundial sobre nuevas tecnologías

 

 

En fecha reciente se sancionó la llamada Ley de Economía del Conocimiento. El artículo 2 estipula que esa ley 27.506 «tiene como objeto la creación, diseño, desarrollo, producción e implementación o adaptación de productos y servicios y su documentación técnica asociada, tanto en su aspecto básico como aplicado, incluyendo el que se elabore para ser incorporado a procesadores y/u otros dispositivos tecnológicos”. Además de software y servicios informáticos y digitales, entran en los subsidios fiscales sectores que van desde la biotecnología, la ingeniería genética, los servicios geológicos, servicios relacionados con la electrónica hasta la producción y postproducción audiovisual. Por supuesto que en sí mal no está, al fin una para el lado de la producción. Pero es una cabriola típica del gatomacrismo, que pese a toda la evidencia en contrario sigue apostando al crecimiento por el lado de la oferta. Esta ley tiene sentido si se impulsa la demanda, si no deviene en un amable convite a saquear las arcas del Estado en busca del subsidio salvador.

Fue recibida augurando que creará miles de puestos de trabajo. El gatomacrismo la impulsó con la frívola idea de que se los tenga por comprometidos con la modernidad. En esto está tan descolocado como en su inquebrantable fe en el librecambio. El debate que en el ámbito internacional se viene desenvolviendo en torno a si es adecuado o no la contabilización en el producto bruto de los avances en tecnología digital, tiene lugar porque tratan de que la ensoñación con el avant garde tecno siga sirviendo de cobertura y esperanza de un capitalismo que está desde hace una década pidiendo pista. Es este tipo de situación la que propicia recordar que hace dos siglos David Ricardo definió a la economía política como la ciencia que se dedica a estudiar de qué forma se disputan el excedente las clases sociales que concurren a engendrar el producto bruto en el que se origina esa diferencia. Grosso modo, el excedente es el producto bruto menos los salarios establecidos en el nivel de subsistencia; o sea: aquel que le permite reproducirse al trabajador y su familia.

Sobre la base de la misma definición, Karl Marx llamó materialismo histórico a lo que los economistas ingleses llamaban economía política, pero con la precaución de explicitar que su objeto teórico comprendía todo el proceso social. Fue la academia francesa a fines del siglo XIX la que pergeñó no considerar una ciencia general de la sociedad, acotándole su objeto de estudio y convirtiendo así a cada parcela de las desde entonces llamadas ciencias sociales en ingenierías. Un siglo después Immanuel Wallerstein, en aras de volver a la unidad de análisis, rebautizó al materialismo histórico como sociología y —dado ese alcance omnicomprensivo— con significado diferente al habitual. La iniciativa del teórico del sistema-mundo fue desdeñada en los hechos.

La breve digresión sobre los avatares epistemológicos de la economía como ciencia social advierte que la disputa política no cuenta con la mejor arma teórica para diseñar las tácticas que hagan el objetivo estratégico que se propone conseguir. Occidente es Occidente porque cuando las relaciones de poder se imponen sobre la verdad científica, el proceso político en vez de apaciguarse se exacerba. Posiblemente le tome el pulso al estado de ánimo que se va perfilando en la ciudadanía global la nota de tapa de la revista Time de esta semana. Está ilustrada –curiosa coincidencia— por globos dorados que forman la palabra ELITES que se van desinflando y cayendo. La leyenda dice: “La fiesta terminó. La debacle de la clase que manda en los Estados Unidos.” Aunque está dedicada al proceso político norteamericano, hace a las consecuencias de la práctica y extensión a escala planetaria del soft power.

 

 

La nota de tapa la escribe el editor general de Time, Anand Giridharadas, autor del ensayo «Winners Take All: The Elite Charade of Changing the World» (Los ganadores se quedan con todo: la farsa de la élite de cambiar el mundo). La tapa dice: «La fiesta terminó. La caída de la clase dominante estadounidense». La nota se titula: “Cómo las élites de Estados Unidos perdieron la manija” (Traducción posible de: How America’s Elites Lost Their Grip). Giridharadas puntualiza que luego de las elecciones de medio término de 2018 apareció “una nueva ola de candidatos demócratas, principalmente Alexandria Ocasio-Cortez de Nueva York, cuestionando el capitalismo como capitalismo de una manera que parecía desconocida y fresca”. A la par de Bernie Sanders, la senadora Elisabeth Warren se lanzó a competir para el cargo más alto de los Estados Unidos para la campaña 2020, los dos basando su comportamiento político en marcadas críticas al capitalismo. Para Giridharadas, “el hecho de que ella y Sanders, ambos verdaderos enemigos de las grandes empresas, se encuentren entre los principales candidatos, muestra cuánto ha cambiado la política en el capitalismo”.

Observa Giridharadas que “la crisis del capitalismo en los Estados Unidos tiene primos en el extranjero. En Chile, un aumento en las tarifas del subte desencadenó protestas masivas antigubernamentales a favor de la reforma en los últimos meses, matando al menos a 20 e hiriendo a más de 1.000 […] La Argentina también se ha visto sacudida por las protestas, ya que se enfrenta a una crisis económica, al aumento del hambre y a las furiosas consecuencias de un rescate del Fondo Monetario Internacional del año pasado. En Gran Bretaña, el caos del Brexit se prolonga, alimentado por los sentimientos de que la economía no estaba funcionando para suficientes personas y las preguntas sobre si deberían existir multimillonarios”.

 

 

Producto Digital

La imponente masa de intelectuales orgánicos que a escala global estuvieron justificando la pavimentación del camino hacia la desigualdad cada vez encuentra más difícil conseguir adoquines. De fondo en la superestructura global, los doctores Pangloss tratan de convencer a Cacambo de que el pescado de la igualdad prometida a partir de la libertad de mercado o lo que llaman libertad de mercado sigue sin vender, no desmiente que este es el mejor de los mundos posibles. En el número correspondiente al actual bimestre noviembre-diciembre en curso de la Harvard Business Review, los economistas Erik Brynjolfsson y Avinash Collis se preguntan: “¿Cómo debemos medir la economía digital?” y ensayan una coartada que de puro ridícula está consiguiendo adeptos. Alegan que la cuestión está en que la contabilidad del producto bruto subestima al bienestar el gran aporte de la economía digital.

Brynjolfsson y Collis señalan que “los medios digitales consumen una parte grande y creciente de nuestra vida de vigilia, pero estos bienes y servicios no se cuentan en gran medida en las mediciones oficiales de actividad económica como el PIB y la productividad (que es simplemente el PIB por hora trabajada) […] La razón por la cual el valor de las ofertas digitales está subrepresentado es que el PIB se basa en lo que la gente paga por los bienes y servicios. Con pocas excepciones, si algo tiene un precio de cero, entonces contribuye cero al PIB. Pero la mayoría de nosotros obtenemos más valor de productos digitales gratuitos”. Para capturar ese mayor valor Brynjolfsson y Collis acuden al “excedente del consumidor, que es la diferencia entre el máximo que un consumidor estaría dispuesto a pagar por un bien o servicio y su precio. Si hubiera gastado hasta $ 100 por una camisa pero hubiera pagado solo $ 40, entonces tiene un excedente de $ 60 para el consumidor”. Para capturar el valor excedente del consumidor el dueto diseño una serie de experimentos tipo focus groups, en el que interrogaban a los usuarios de distintos servicios digitales acerca de cuánto estarían dispuestos a cobrar por renunciar al servicio por un mes.

Por ejemplo, “sobre la base de la encuesta y el experimento de seguimiento, estimamos que los consumidores estadounidenses han obtenido 231.000 millones de dólares en valor de Facebook desde su inicio en 2004”, calculan Brynjolfsson y Collis. Sumando todas estas supuestas subestimaciones, el PIB da mucho más grande y con bastantes menos pobres o casi sin pobres. Mientras nos preguntamos por qué también no aplican el criterio con los dedales, las milanesas, las ojotas, los destornilladores y demás enseres –lo que en sí ya deschava el disparate y el callejón sin salida en el que están para permitirse el lujo de los despropósitos—, la especialista en cuentas nacionales (área del conocimiento técnico en el que se estudia el cálculo del PIB) Diane Coyle, de la Universidad de Cambridge, invita en Proyect Syndicate (05/11/2019) a “repensar la productividad”, dándole un encuadre más serio a la cuestión de los intangibles dado que lo que se llama desmaterialización de las economías exige una comprensión más matizada de lo que impulsa la productividad. Ocurre que en la actualidad aproximadamente cuatro de cada cinco dólares gastados en las economías de la OCDE (alrededor del 70% del Producto bruto mundial) compran servicios o bienes intangibles.

Coyle alerta que “Robert Gordon, de la Northwestern University, predice que el crecimiento de la productividad continuará desacelerándose como lo ha hecho en la mayoría de las economías desarrolladas desde mediados de la década de 2000, porque las innovaciones digitales actuales son, en su opinión, menos transformadoras que los avances anteriores como el inodoro, la radio y el motor de combustión interna”. Refiere Coyle que en gran parte de la economía global actual, la producción de bienes tangibles está determinada por un número creciente de factores intangibles y que figuras como el experto en economía digital Andrew McAfee han estado explorando recientemente, está complicando la comprensión de la productividad. McAfee se hizo conocido por los ensayos escritos junto a Erik Brynjolfsson. Ahora se largó solo con un ensayo titulado More From Less (Más por Menos) donde pretende demostrar que el capitalismo en su avance consume menos materiales (avanza la productividad). La tecnología y los mercados ya no cuentan como los favores del público como salidas ecológicas. Al igual que su socio Brynjolfsson, McAfee está quedando fuera de juego.

La profesora de Cambridge se apoya en los estudios históricos de Corinna Schlombs, del Instituto de Tecnología de Rochester, que “muestra en su nuevo libro Productivity Machines [que] durante el Plan Marshall, los estadounidenses mostraron a los trabajadores e industriales europeos visitantes nuevas formas de organizar la producción. (La línea de montaje es tanto una idea como una tecnología). Además, promocionaron la dinámica social más igualitaria de Estados Unidos, incluido su sistema de escuelas públicas y su amplia participación cívica. El reconocimiento de que las innovaciones ‘blandas’ eran al menos tan importantes como las tecnologías ‘duras’, sugiere Schlombs, fue el factor decisivo detrás de la productividad superior de Estados Unidos. Concluye Coyle que “tal vez la desaceleración generalizada de la productividad de hoy no debería atribuirse únicamente a un entorno macroeconómico poco favorable, y mucho menos a una innovación tecnológica inadecuada. (Los ingenieros de software y los investigadores biomédicos se burlarían de esta última noción). Los contextos sociales y culturales fragmentados, desiguales o problemáticos también pueden estar jugando un papel importante”.

 

 

Papel importante

Pasado en limpio lo que están sugiriendo Coyle-Schlombs, es que en el arbitraje entre la nueva y vieja tecnología —esto es el proceso de cambiar el modelo anterior de máquina herramienta por la nueva, mucho más cara pero que en contrapartida ahorra mano de obra—, entra en juego el costo de los factores, en particular el nivel de los salarios. Es por ello que en los Estados Unidos, donde los salarios son más altos que en Inglaterra, la obsolescencia es más rápida que en Inglaterra y al comparar los rendimientos de los mismos sectores en ambos países, se constata que en las empresas de punta, la productividad es la misma en ambos lados, pero la productividad media es más alta en los Estados Unidos porque la cola o fila de empresas menos modernas es más corta que en Inglaterra.

Ahí entra de nuevo la definición de economía política de Ricardo. De fondo está diciendo que son los precios de los factores los que determinan el valor de los bienes. Ricardo no pudo resolver ese problema teórico, Marx tampoco. Hubo que esperar hasta Piero Sraffa en 1960 para que se sentaran las bases de forma conceptual coherente de cómo es eso del proceso de producir mercancías por medio de mercancías. De ahí también que el producto bruto sea una buena medida de bienestar. Cuando crece sostenidamente en el tiempo expresa que la lucha política va bien encaminada. Como los neoclásicos tipo Brynjolfsson-Collis-McAfee creen, al revés, que son los precios los que determinan el costo de los factores, entonces se permiten todo tipo de subjetividades.

El PIB es un número relativamente preciso que señala cada trimestre si la economía está creciendo o disminuyendo. El PIB captura solo el valor monetario de todos los bienes finales producidos en la economía. Debido a que solo mide lo que se paga por las cosas, no cuánto subjetivamente se puede beneficiar una persona, el bienestar económico del consumidor puede no estar correlacionado con el PIB si se abraza la fe neoclásica y no hay dudas que la mide si se adapta la óptica clásica.

Toda esta reconstrucción en lo tocante a la cuestión de los debates en torno a las cuentas nacionales nos lleva a dos conclusiones. La primera: si se abraza el punto de vista de que el valor de los bienes y de los servicios está determinado en forma puramente objetiva, se debe buscar la explicación del crecimiento económico en factores objetivos. En el capitalismo esos factores objetivos son las condiciones del mercado, que dan cuenta de cuántos bienes se pueden producir y cuánto se puede ganar por ellos, puesto que los empresarios toman sus decisiones económicas de acuerdo a los criterios objetivos que les impone su posición. La innovación y el crecimiento económico no son fenómenos que se puedan explicar de manera autónoma a estas condiciones. La segunda conclusión es que al aceptar todo esto, ya deja de ser pertinente aludir al comportamiento empresarial para explicar el crecimiento económico y, como consecuencia, el desarrollo. Dependen, en cambio, de las condiciones objetivamente impuestas por la lucha de clases y las decisiones tomadas por los Estados en cuanto a la política económica. En cierto sentido, esto es lo que se hace cuando se habla de la importancia de la economía del conocimiento como algo que tiene valor por sí mismo. Sobre esa magra ilusión fue que legisló el gatomacrismo. El nuevo gobierno tiene la oportunidad de volver las cosas a su lugar.

 

 

 

 

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