Tumba con nombre, soldado sin flor

Prohíben a los familiares llevar flores, placas y rosarios a las tumbas de los caídos en Malvinas

 

Blasa Reyes Lobos es la menor de cinco hermanos. Con sus padres emigrados de Chile después del golpe de Pinochet, la familia se instaló en el barrio San Juan de Castelar en la provincia de Buenos Aires. En 1981 murió su padre. En 1982 su hermano mayor fue convocado a la guerra de Malvinas. Juan Antonio estudiaba, trabajaba como administrativo en una fábrica textil y empezaba un noviazgo con una vecina. Blasa tenía diez años cuando lo vio por última vez. Durante más de treinta y cinco años, ella, su madre María Antonieta y sus hermanos Cecilia, María de la Caridad y Santiago buscaron a José Antonio entre los 121 cuerpos enterrados como NN en el cementerio de Darwin. En diciembre del año pasado les entregaron una ubicación exacta del lugar de entierro, la tumba D.C. 1.1., una de las 88 identificadas por Cruz Roja Internacional y el Equipo Argentino de Antropología Forense, un espacio que ella comenzó a visitar, desde entonces, con sobrevuelos virtuales a través de la web. En ese momento también le dieron una ficha con los datos del cuerpo, algo así como la última foto de José Antonio, como si de pronto pudiera verlo, ahora en las islas.

Según la ficha, José Antonio estaba cubierto de abrigo. Llevaba una camiseta, una camisa, un chaleco forrado con guata, dos chaquetas militares y arriba de todo una campera. Cuando lo supo, algo que de todo eso a Blasa le sonó familiar. José Antonio les había escrito dos cartas. Una justo un día antes del final de la guerra, una carta que llevó todo el día guardada en un bolsillo y logró darle a un compañero antes de morir al día siguiente.

«En la carta decía que la estaba pasando mal, que tenía hambre, que tenía miedo», dice Blasa a El Cohete A La Luna. «Y después, todo lo que sabemos: que mandemos comida, que mandemos ropa, e incluso nos pidió un suéter viejo que él quería mucho. Ya sabemos ahora que nada de todo eso les llegaba. Y que muchos compañeros cuentan que todo quedaba en depósitos».

 

 

Los forenses exhumaron el cuerpo de José Antonio en junio del año pasado. El informe dice que en la parte de abajo, llevaba dos pantalones de fajina, uno encima del otro, y un calzoncillo largo. En un bolsillo tenía un clavo y una hoja de afeitar. ¿Por qué una hoja de afeitar?, preguntó Blasa a uno de los compañeros de su hermano al leer el informe. Y ahí supo que siempre tenían esas cosas porque los obligaban a afeitarse.

Ella se quedó helada. O sea, dice. Con todo lo tremendo que les estaba pasando, además tenían que ¿afeitarse? José Antonio fue a Malvinas como parte del Regimiento de Infantería 3 de La Tablada, uno de los grupos denunciados por torturas a la tropa. Con el informe, Blasa también supo que ese día, su último día, el día de la rendición, después de la carta, José Antonio llevaba medias y borcegos. No tenía ninguna medalla de identificación porque no se las habían entregado. Que lo enterraron primero cerca de Puerto Argentino, y después lo trasladaron al cementerio de Darwin. Su cuerpo pasó años bajo la inscripción de la leyenda Soldado argentino solo conocido por Dios. Permaneció adentro de una bolsa negra, y adentro de otra bolsa blanca con la identificación del cementerio original. El informe no les dijo de qué murió. Cómo fue la muerte. O quién lo mató. Sólo dice heridas compatibles con la guerra. Los datos físicos concuerdan con los otorgados por su familia. Piel, ni oscura ni clara. Cabello castaño oscuro. Ojos marrones. No muy alto, de un metro setenta y pico. Pero encontraron gran cantidad de caries. ¿Esa cantidad de caries será producto del deterioro al que habían llegado los chicos en el último día de la guerra?, se pregunta su hermana. ¿Cómo estaban? ¿Qué les pasó?

Esta es una imagen de su archivo:


Mi hermano está en la fila de los parados: el tercero, de izquierda a derecha. Tiene pastos en la cabeza.

Blasa es una de las familiares que se prepara para volar a Malvinas en un viaje organizado por el gobierno para el día 26 de marzo. Pero el viaje no es lo que esperaba. Sólo pueden viajar dos familiares por soldado. Así que los Reyes Lobos tienen que elegir quién lo hace. Y aunque ya imaginaban que no podían llevar una bandera de argentina, no imaginaban que no podrán llevar parte de las ofrendan que pensaban entregar ese día. María Antonieta, de 80 años y en silla de ruedas, quería que sus hijos llevaran una placa con un recuerdo de familia. También una corona de flores. Algo parecido a lo que Norma Gómez otra de las familiares de Chaco preparaba para su hermano. Norma sabía que no se podían llevar flores de verdad, pero había pensado en flores artificiales con forma de crucifijo. No se puede, le dijeron en la secretaría de Derechos Humanos. Tampoco pueden llevar fotos ni la bandera de la hinchada de un club. En el lugar habrá una ceremonia oficiada por un obispo católico. Así, las familias con otras creencias tampoco encontrarán espacios para sus rezos. No se pueden llevar rosarios. Y aunque muchos familiares dijeron que no cuando les preguntaron si querían trasladar los cuerpos al continente, ahora muchos se están llamando para revertir esa decisión.

El pueblo de los muertos en Malvinas es un territorio complejo. El gobierno programó el viaje para el 26 de marzo: dos días después de la conmemoración del golpe de Estado. Técnicamente el viaje cierra una primera etapa de trabajo con una identificación parcial de los cuerpos, un resultado que se presentó como un éxito en una gestión con enormes retrocesos en materia de derechos humanos desde hace dos años. Sin embargo, no todo está bien encaminado. El gobierno dejó la organización de la ceremonia en manos de una organización de familiares de ascendencia castrense, conocida con el nombre de Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas. La Comisión fue impulsada por los militares aún en dictadura para impedir que las madres de los soldados encuentren forman de emparentarse con las Madres de la Plaza de Mayo. Desde entonces se opuso a las identificaciones de los cuerpos de Malvinas hasta con presentaciones de amparo. Entre las razones hablaron de sacrilegio de los cuerpos o se les escuchó que todo eso terminaría en un festival de huesos. Entre las razones más profundas, sin embargo, están las causas de lesa humanidad. El desentierro y el análisis de los cuerpos podía arrojar datos sobre las razones de las muertes, consolidar las sospechas de muertos por hambre o por torturas que impulsan organizaciones como el CECIM de La Plata que pide investigar Malvinas como una extensión de los crímenes del continente. Como sea, la Comisión que había perdido peso durante la gestión de Cristina Fernández de Kirchner, hoy volvió a escalar posiciones. Como conserva desde ese período la potestad por ley de administrar el cementerio de Darwin, declarado monumento nacional, son quienes poseen las llaves para organizar las formas y contenido de la ceremonia, por lo menos eso es lo que desde el gobierno les dicen a los familiares.

 

José Antonio, María de la Caridad y Cecilia. Mar del Plata. Febrero de 1968.

 

Muchos ya conocen el cementerio de Darwin. Allí existen 230 tumbas, 121 de las cuales permanecieron sin identificar. A partir del 2010 comenzaron las gestiones de CFK para conseguir la intervención de la Cruz Roja en la demanda de la identificación. Un proceso largo y difícil que puso en juego cuestiones de soberanía, y que terminó de cerrarse durante la gestión del macrismo. En ese pueblo de tumbas hay oficiales y suboficiales de las Fuerzas Armadas, pero como dice Ernesto Alonso del CECIM, lo que sobre todo hay entre los muertos de Malvinas son colimbas: docenas de colimbas pobres y soldados desplazados desde diversas provincias, obligados a participar de la guerra. Durante 28 años, la voz oficial de todo lo que ocurría allí fue la de Héctor Omar Cisneros de la Comisión de Familiares de Caídos, hermano de uno de los muertos, Mario Cisneros, pero integrante, como se supo más tarde, del Batallón de Inteligencia 601 del Ejército. Su lugar en la Comisión ahora lo ocupa María Fernanda Araujo, hermana de un colimba, que encabezó un escrache en el aeropuerto Jorge Newbery contra Nora Cortiñas y Perez Esquivel al grito de «No son NN: no se los llevó un Falcón verde».

«Nos están poniendo demasiadas restricciones para el viaje», dice Blasa. «Desde la Secretaría de Derechos Humanos nos dicen que las restricciones para hacer el viaje las ponen los británicos. Que ellos hicieron todos los acuerdos en las islas con la Comisión de Familiares de Caídos. Y quedaron en que no llevamos flores. No llevamos placas. Y no llevar nada. Y entonces, esto para nosotros es tristísimo».

Cuando terminó la guerra, su madre fue a buscar a José Antonio al Regimiento de La Tablada, unos días más tarde, cuando lo hacían todos los familiares. No le había llegado ninguna notificación de la muerte. Esperó ahí mientras veía que otros llegaban y se iban. En algún momento preguntó. Iba sola. Le hablaron de un monte y un nombre en inglés. Y ahí se enteró de que su hijo había muerto.

A los pocos días llegó la carta de José Antonio.

En 1991, le ofrecieron hacer el primer viaje a la islas con la Cruz Roja. Estaba convencida de que iba a encontrar la tumba. A verlo. La citaron en la Casa Rosada para los preparativos en la Casa Rosada y le dijeron que el cuerpo no estaba identificado. «Mi mamá se quedó helada», dice Blasa. ¿Cómo sin identificar?, preguntó. «Y sí señora –le dijeron–, lo habrá agarrado alguna esquirla».

«Mi vieja viajó con dos hermanas. No sabía cuál era la tumba. Ahí, dividían a la gente por sectores. Les daban un color a los del Belgrano, otro a los que estaban identificados y otro a los que no estaban identificados y no tenían dónde dejar las flores que llevaban en la mano».

Después, María Antonieta volvió en 2009 y después no viajó más. Nunca se les había ocurrido pensar en la posibilidad del análisis genético. El ritmo de la casa de barrio era complicado. María Antonieta se la pasaba trabajando para mandar al resto de los hijos a la escuela y criarlos. También impulsaron un juicio en Chile porque su esposo, José Antonio Reyes Carbonell, era un famoso músico cubano, que murió en un accidente que nunca quedó muy claro. «Imaginate cuando recibimos la noticia de mi hermano, en ese contexto fue como que explotó una bomba». En 2010, un integrante de una de las organizaciones de soldados se acercó a su casa para sugerir la idea de vía genética. El 5 de diciembre pasado, termino ese período con el informe de los forenses: páginas con muchos detalles sobre hora, extracción de la muestra, nombre de quienes intervinieron. Durante estos años, el nombre de su familia apareció entre los documentos desclasificados de las islas. Ellos eran parte de quienes los militares iban llamando para hacer un seguimiento de cerca. No es que hacían nada, pero también controlaban que no hagan nada.

Blasa es una de las personas que estaba convencida de dejar a su hermano en el suelo de Malvinas, como la mayor parte, dice. «La mayoría dijo lo mismo porque ellos murieron allá y dieron la vida por la Patria pero en estas condiciones, que tenés dos horas para verlo, cuando no sabés si vas a volver a viajar, sino podés llorar, si tenés que estar cuidándote de lo que vas a llevar o no vas a llevar, no queda otra que pensar en la alternativa de repatriarlo. Que no es repatriarlo porque ese es nuestro territorio. Sería, cambiarlo de lugar».

Algo de todo esto, Blasa puso en una carta que varios familiares acaban de escribir la secretario de Derechos Humanos, Claudio Avruj. Allí le dicen que saque del medio a la mentada Comisión de familiares. Que por favor, ofrezcan contención para familias que no tiene dinero ni para tramitar el pasaporte. Que tan cerca de la fecha de viaje muchas de las familias ni siquiera fueron convocadas.

1 comentario
  1. Cristina dice

    Malvinas-
    Mucho leí en mi vida sobre la mentalidad del colonizado pero cuando se vive bajo el gobierno de ellos y que además de esa característica fundamental en su personalidad e ideología, presentan más fallas aún, es inadmisible. Es como si quisiera tirarnos y tirar a nuestro país por la cloaca.
    Cristina

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