Los ventrílocuos del oscurantismo

La sociedad argentina está lista para descriminalizar el aborto

 

Si en el Congreso se discutiera racionalmente el proyecto presentado esta semana por séptima vez, el debate debería concluir con la despenalización del aborto. Hay que decirlo con toda claridad: no existen argumentos racionales para fundamentar la criminalización de la interrupción del embarazo.

La sociedad argentina está lista. Según encuestas, un 80 por ciento de la población desea que el tema se discuta, un 60 por ciento está a favor de la despenalización, y un 65 por ciento de los que están a favor son menores de 40 años [i]. A estas generaciones, que crecieron en democracia, no se les pasa por alto el componente fuertemente antidemocrático de la ley aún vigente, asociada a países con tradiciones autoritarias, desprecio por la mujer y ciudadanías frágiles. Existe una relación directa entre el reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos y el desarrollo democrático. En más de tres cuartas partes del mundo está aceptado el aborto por voluntad de la mujer. Desde 1954, decenas de países han ido liberalizando sus leyes respecto al aborto.

Y es que está comprobado que las leyes que lo criminalizan resultaron un tremendo fracaso legislativo: no disminuyen el número de abortos y sólo producen desigualdad, injusticia y sufrimiento humano. Son leyes que cayeron en desuso porque, implícitamente, la sociedad en sus prácticas legitima el aborto como último recurso para embarazos no deseados; y todo el mundo sabe que se trata de una ley a la que ninguna autoridad se esfuerza por hacer cumplir, y hay consenso social en que está bien que así sea, que no sería razonable que se persiga sistemáticamente a quienes tienen que interrumpir un embarazo.

Mientras reina la hipocresía legal, en Argentina tenemos de tres a cinco veces más abortos que en países que lo despenalizaron. La despenalización permitiría contar con estadísticas precisas y diseñar políticas más eficaces para prevenir embarazos no deseados; y como efecto inmediato bajaría la tasa de mortalidad materna, que en nuestro país es altísima. Lo dijeron públicamente los ex ministros de Salud, Ginés González García y Daniel Gollán y el actual, Adolfo Rubinstein: “En los países que lo legalizaron, los abortos no aumentaron y bajó la mortalidad materna” [ii].

No estamos hablando de abstracciones. Basta ver la nota de Mariana Carbajal publicada la semana pasada [iii], acerca de la muerte de María Campos, oriunda de la localidad rural de Villa Matoque, al norte de Santiago del Estero, madre de un hijo y cinco hijas, una de ellas de dos años. Campos tuvo que realizar un viaje de 300 kilómetros en ambulancia para llegar al hospital de la capital provincial y no pudieron salvarle la vida: llegó con una “infección generalizada” tras haber intentado abortar con una sonda. ¿Qué racionalidad puede haber en que un Estado permita que estas cosas ocurran en el siglo XXI? ¿Qué racionalidad puede haber en que un Estado fomente la muerte de mujeres sin recursos?

Estos son datos concretos, que consideran la realidad local. En cambio, el argumento irracional y contrafáctico de los y las antiabortistas parece responder al mandato de una especie de multinacional reaccionaria que fabricó un argumento y lo reparte por el mundo. Pretenden que el debate en todas partes gire alrededor de lo que ellos denominan “derecho a la vida”. ¿La vida de quién?  De un embrión.

La idea de que un embrión (una vida potencial) sería equivalente a un sujeto con derechos de importancia mayor a los de la mujer embarazada, no tiene asidero. La ciencia no avala esa creencia, y ni siquiera la tradición cristiana la ha avalado siempre. (Hasta el siglo XIX, la posición dominante de la Iglesia era que la vida no comenzaba en el momento de la concepción, sino de acuerdo con la doctrina aristotélica tomista del hilemorfismo, desde el momento de la “animación”, es decir desde que el feto adquiere “forma sustancial’, “movimiento” o “alma racional” por oposición a la vegetativa y a la animal. El decreto de Graciano (C 1140) sentó la doctrina de que el aborto “antes de que el alma esté en el cuerpo” no constituye homicidio, si bien siempre fue reprobado como pecado contra la castidad y el matrimonio reproductivo. La posición extrema de la Iglesia contra todo tipo de aborto es reciente, surgió de la mano del Papa Pío IX en 1869, y llega hasta hoy.)

El jefe de la bancada oficialista en Diputados, Nicolás Massot, que se pronunció en contra, afirmó sin embargo que hay que “zanjar el tema con la ciencia” y no poner las creencias por delante [iv]. La postura de la ciencia ya fue explicada por el ministro Lino Barañao, y coindice con la de otros científicos como Alberto Kornblihtt. Barañao escribió: “Se ha afirmado que toda la información correspondiente a un individuo se encuentra presente en un óvulo fecundado. Esto no es cierto (…)  Basado en esta evidencia científica, el Comité de Ética del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva propuso, en oportunidad de la modificación del Código Civil, una redacción del artículo 19 que decía que si bien la vida humana comienza con la concepción, las características propias de una persona se adquieren a lo largo de la gestación. A pesar de que esta modificación no fue aceptada, pone en claro que para los especialistas, durante las primeras etapas de la gestación, un embrión no es equiparable a un ser humano” [v].

En este caso la ciencia coincide con el sentido común. Percibimos sin esfuerzo que existe una gran diferencia entre aspirar un embrión y asesinar a una persona. Las leyes de hecho reflejan esa diferencia: ninguna legislación prevé condenas semejantes para un aborto que para un homicidio. Pero los repetidores de este argumento que parece salido de un think tank global oscurantista, carecen de sentido común y además niegan la historia.

La historia muestra que no hubo jamás una sociedad sin abortos, ya que se trata de un fenómeno universal que se ha practicado en todas las épocas. El aborto como conflicto ético (y su criminalización) se instala en el siglo XIX (Luker K., 1985) y se reaviva como conflicto político en los años 80 del siglo XX, tras los logros de las luchas feministas de los ’60 y ’70 (Smith, S., 2005) [vi]. Las leyes que penalizan el aborto fueron dictadas por primera vez en Inglaterra, en 1803, y en Francia, con el Código Napoleónico de 1810, que se difundió por toda Europa. En ambos países hoy se encuentra despenalizado: en Inglaterra desde 1967, hasta las 24 semanas del embarazo; y en Francia desde 1975, durante el primer trimestre. Es decir, este tipo de leyes surgieron con la lógica del siglo XIX y luego, en la segunda mitad del siglo XX, fueron reemplazadas por adaptación a los cambios culturales.

Por eso la pretensión de la actual postura antiabortista resulta ahistórica, irracional, autoritaria y —obviamente y sobre todo— sexista: consiste en obligar a una mujer a ser madre sin su consentimiento. Con eso revela toda una manera de entender el mundo y el lugar que deberían ocupar en él las mujeres: propone que los derechos de las mujeres queden en suspenso a fin de que sus cuerpos sean meros instrumentos, despojados de criterio y voluntad, para servir a la reproducción a como dé lugar. Una idea completamente anacrónica y contraria a la vida y a la democracia; y una política de Estado que ahonda la desigualdad entre hombres y mujeres.

Llama la atención que ese afán por dotar de una falsa identidad personal y jurídica a los embriones pueda llegar a asumir un aspecto morboso, como se aprecia en la campaña de Mariana Rodríguez Varela, la creadora de la cuenta El Bebito de Facebook, una irresponsable que promueve no usar ningún otro método de anticoncepción que el de aprender “tus ocho días fértiles” [vii] (no sorprende, el movimiento antiaborto se la pasa propagando mitos): “Quiero pedirte, quiero rogarte que este mensaje viaje y vuele por todo el país: este es el mes de marzo, el mes del niño por nacer, quiero pedirte que pongas al bebito en tu agenda. Colgá al niño de tu balcón”. Este tipo de apuestas buscan el efectismo y el impacto sentimental, porque es el único camino ante la falta de argumentos. El senador Esteban Bullrich declaró que “un embrión es un argentino con derechos” [viii]. Pretenden conocer incluso de antemano la nacionalidad que tendría un embrión. ¿Y si esa mujer embarazada sube a un barco y emigra a Uruguay? ¿No sería uruguayo, o uruguaya? La realidad es que un embrión no tiene una existencia autónoma, no puede llegar a término fuera del útero materno y no es una persona desde el punto de vista biológico y social. Es una vida potencial que para convertirse en persona requiere de la mujer que la porta. Hay un viso grotesco en el hecho de que otras personas pretendan acallar a las mujeres embarazadas y encarnar ellas mismas la voz del embrión. De acuerdo a las ciencias jurídicas, para que el reproche penal en materia de delitos contra la vida sea lógico, la acción debe dirigirse contra otro “ser en el mundo”. Como aquí no lo hay, proliferan ventrílocuos de embriones que no dejan decidir a la mujer con voz propia.

Ojalá las y los diputados que se manifiesten a favor de la criminalización de la interrupción del embarazo, proporcionen argumentos que vayan más allá de la vacuidad intelectual de la postura comentada. Es posible estar en contra del aborto y comprender la improcedencia de su criminalización. Este debate no puede limitarse a meras controversias doctrinarias en torno al comienzo de la vida; es una cuestión relacional. El Estado no puede hacerse eco de principios religiosos y debe cumplir con sus deberes específicos. La sociedad ha cambiado y es triste legislar contra la historia. Lo más sensato sería adecuar el marco legal a los actuales consensos sociales.

Con ello habrán ganado una batalla el movimiento de mujeres y nuestra lucha, que inundan las calles y todos los ámbitos de la vida cotidiana, pero también triunfaría una cultura más justa y democrática. Los perdedores sin duda no serían quienes representan el futuro, sino un pasado autoritario. Habrá perdido el oscurantismo y entonces habremos ganado un mundo más luminoso. Como dijo Nietzsche: «El elemento esencial en el negro arte del oscurantismo no es que quiera oscurecer la comprensión individual, sino que quiere ensombrecer nuestra imagen del mundo y nuestra idea de la existencia».

 

Florencia Abbate

Escritora e Investigadora Adjunta de CONICET

Su publicación más reciente es el libro de cuentos Felices hasta que amanezca (Emecé, 2017).

 

[i]https://www.clarin.com/politica/encuesta-aborto-mitad-gente-favor-despenalizacion_0_SJECVc__f.html

https://www.clarin.com/sociedad/aborto-despenalizacion-congreso-debate_0_ByHv_wFP7x.html

[ii]https://www.infobae.com/salud/2018/02/26/daremos-al-congreso-las-evidencias-cientificas-para-que-se-tome-la-mejor-decision-en-el-debate-sobre-el-aborto-legal/

[iii]https://www.pagina12.com.ar/99225-la-consecuencia-de-criminalizar-el-aborto

[iv]https://www.cronista.com/economiapolitica/Nicolas-Massot-sobre-el-debate-del-aborto-Hay-que-sacar-a-la-muerte-del-medio-20180302-0053.html

[v] https://www.lanacion.com.ar/2112665-un-embrion-no-es-equiparable-a-un-ser-humano

[vi]Lucker Kristin, Abortion and the Politics of Motherhood, London: University of. California Press, 1985.

Smith Sharon, Women and Socialism: Essays on Women’s Liberation, Chicago: Haymarket Books, 2005.

[vii] https://www.infobae.com/sociedad/2018/02/27/quien-es-y-que-piensa-la-mujer-de-los-bebitos-la-activista-en-contra-del-aborto-que-le-llevo-un-munequito-a-mauricio-macri/

[viii] https://radiomitre.cienradios.com/esteban-bullrich-aborto-embrion-argentino-derechos/

3 Comentarios
  1. Eduardo Marchetti dice

    A raíz de los derechos de los embriones por los que tanto lucha Esteban Bullrich contra viento y marea, me pregunto qué ocurre con los cientos de embriones que se utilizan para fertilidad asistida, y que en algunos casos son desechados. 1) Puede tratarse de una privación ilegítima de la libertad masiva, o 2) Un asesinato masivo, y eventualmente, femicidios indiscriminados.

  2. Marta Lacour dice

    Para algunos, el embrión tiene “derecho” a la vida. Para los mismos, dejará de tenerlo cuando, convertido en niño, robe un celular o un paquete de galletitas o, simplemente, circule “de forma sospechosa”…
    Curiosa noción del derecho a la vida…no?

  3. Ricardo Alberto Comeglio dice

    El ejercicio mental más práctico para saber cuándo es persona o sujeto de derechos el ser humano, es matar a la madre embarazada y ver cuál es la posibilidad de sobrevida del feto. Si el feto puede mantenerse con vida lo suficiente como para transformarse en persona luego de un razonable procedimiento de ayuda artificial médica, entonces estamos en presencia de una persona.
    En cambio si ese feto, aún con asistencia artificial médica, no puede sobrevivir a la muerte de su madre, esa dependencia intrínseca e inmanente determina que aún no es una persona.
    Esto lo debe determinar la ciencia, pero para el común de la gente es sabio deducir cuándo se es persona haciendo este ejercicio mental.
    ¿Quieren defender la vida? Bueno, primero hay que ver cuál es la vida defendible. Si ni siquiera con la mayor de las ayudas científicas el feto puede sobrevivir a la muerte de la madre, entonces no es persona aún.
    Es fuerte esta teoría porque impacta en cualquier persona que no puede ser ayudada por la ciencia para sobrevivir a cualquier situación que la vida le depare, pero hay una diferencia sustancial, esta persona ya pudo vivir por sí misma antes de su afección, mal o daño, en cambio el feto jamás pudo hacerlo por sí solo sin la asistencia de su madre. La independencia de vida es un factor atendible en la discusión, sino estamos hablando de eventos semánticos y espejismos intelectuales.
    Nadie tiene vida hasta que vive y vivir se demuestra cuando se puede hacerlo de manera independiente a otro humano, señalando al factor independencia no en tanto interrelación social, sino a condiciones inmanentes de supervivencia de los sistemas orgánicos por sí mismos y no como dependientes de otros órganos también humanos extraños a los propios.
    Sino analicen por qué decimos “vida vegetativa” o “vida asistida” cuando se utilizan aparatos para que los órganos vitales de un ser humano puedan seguir funcionando. ¿Por qué no se le dice a ese estado simplemente “vida” y nada más? Porque no lo es.

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