BORGES DESCARGADO

Matías Alinovi fantasea con los manuscritos ocultos del escritor en una breve novela

 

Toda similitud con situaciones y personajes reales de ninguna manera debe considerarse una casualidad, por el contrario. A la inversa de la remanida advertencia, la flamante nouvelle de Matías Alinovi (Buenos Aires, 1972) remite al difunto “Único Escritor” sepultado en Suiza, eterno por muchas razones, entre otras por no haber obtenido el Premio Nobel, sí dirigido la “Biblioteca Central”, habitado un departamento cercano a Plaza San Martín junto a su señora madre y a una empleada doméstica a quien le obsequió una heladera, una mesa y otros enseres que, tras su muerte, la viuda recuperó por la fuerza, acusándola de robo. Trance aplastado por la historia bajo el mármol del legado a la posteridad de una voluminosa obra de poesía, cuento y ensayo, jamás una novela.

Por si fueran necesarias otras denotaciones, el susodicho en su madurez tomó por esposa a la “dama Ko” (sutil inversión nominal), de origen oriental, férrea heredera, custodia del legado moral y material del occiso. Batalladora mujer de esporádicos, aristocráticos modales, también llamada “la viuda Ching”; duplicación a veces extracorpórea, proclive a la violencia no menos que al retruécano canyengue y soez. Desde lo lejos aparece la figura del Presidente Alberto Carlos, a quien se atribuye la  inminencia de la creación del “Museo del Único Escritor”. Esto enciende las alarmas de las duplicadas señoras, ante la posibilidad de que allí se incorporen los manuscritos “apócrifos, los robados, los de difícil adjudicación, los problemáticos”, capaces de menoscabar en forma irreverente la divina pluma y, claro, los cuantiosos derechos de autor de su legítima heredera.

 

 

El autor, Matías Alinovi.

 

Ocasión nodal para la trama de Museo de las viudas, a la que concurre el millonario legatario de un imperio cosmético, Temis Lostaló, a la sazón autor de una versión propia de El Principito, como “el Pierre Ménard más tentativo de Saint-Exupéry”, autoedición en treinta y siete idiomas, “libro de cabecera de Carolina de Mónaco, de Demi Lovato y de Cristiano Ronaldo”. Le escoltan Norberto Mande, poseedor de “siete nacionalidades y ninguna de ella era la del país donde había nacido”, cuya tan resentida como fundada vanidad se basa en haber pertenecido “al círculo áulico de elegidos que fueron los ojos del Único Escritor cuando la ceguera finalmente lo alcanzó”, haciéndose merecedor del reclasificado cargo de Director Supremo de la Biblioteca Central en el preciso momento en que “estaba a punto de “embarcarse en un crucero alrededor del mundo donde daría clases de literatura a los viajeros”. Honor al que renunció cuando asumió el Presidente Alberto Carlos. De la partida forma parte asimismo Raúl Badaro, autor de la exitosa biografía canónica del ilustre escritor, hombre desaliñado de “barba candado ennegrecida por alguna tintura violácea”, con el beneficio para la ocasión de que “su modo escolástico de ser lo potenciaba para reconocer autoridades”.

Completada así “la nueva confederación argentina”, reunida en la confitería La Biela frente al cementerio de La Recoleta y tapadas con un mantel las estatuas del Único Escritor junto al Único Traidor para no perturbar a las viudas  (y ahuyentar turistas brasileños), comienza la conspiración: “El universo era un niño inconstante que repetía el propósito de la enmienda”. Es imperioso reparar el presunto hurto que con su nieto, la empleada doméstica del escritor habían perpetrado, llevándose al “castillo de Burzaco” (o Turdera, lo mismo da) las cajas de manuscritos guardadas en la baulera del edificio de plaza San Martín. En la construcción del suburbio bonaerense profundo, que “no contaba con almenas sino con multitud de vidrios aguzados”, guardan el tesoro el paraguayo Abel Medina y Juan Sábado, que al nacer iba a bautizarse Juan Domingo hasta que el literato formuló la impugnación con la sugerencia de atrasar un día. Mate, tortas fritas y el solaz eventual de pasar la bordeadora “por el jardín de los caminos que iban para acá y para allá”, ocupa a los varones populares y nacionales.

 

 

El Único Escritor en versión plástica, tal como se lo ve en el bar La Biela.

 

 

En este punto se desencadena la desopilante trama de Museo de las viudas llevada con precisión protoborgeana, sin escamotear desde el principio el aggiornado reconocimiento al inspirador de la narrativa. Lo formula para que no quepan dudas en la primera página como clave de lectura al reproducir una cuarteta del poema “El tango” (en El Otro, el mismo – 1964): Una mitología de puñales / lentamente se anula en el olvido / una canción de gesta se ha perdido / entre sórdidas noticias policiales). Alinovi genera su propia gesta mitológica, donde las imposturas suceden a los puñales y las sórdidas escenas sanguinarias dan lugar a la pugna social entre las clases. Se dialectizan los bandos; el de las viudas y sus secuaces, autojustificados por un principio general: si, como ellos, “los países centrales eran ricos, lo eran menos por el robo que por el usufructo que habían sabido sacar de él”.Para la breve muchachada de Burzaco (o Turdera) prima otro legado, el de “Adoración Linares, una misionera dura que había trabajado como mucama en casa del Único Escritor durante cuarenta años. Para sus empleadores, sin embargo, nunca había sido Adoración ni mucama, sino Atty, el ama de llaves”.

Resta al lector el regocijo de zambullirse en la prosa exhaustiva de Matías Alinovi, un experto en la recreación de los clásicos, visitante pertinaz de historias linderas a lo fantástico que demuele para recrear desde esos escombros una realidad actualizada. Museo de las viudas refulge a partir de su brevedad con luces propias, merced a una escritura de  inusual cuidado en la que se reconoce la fuente al mismo tiempo que devela acciones desarticuladas de aquel origen.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Museo de las viudas

Matías Alinovi

 

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2022

12 páginas

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