CIUDADANÍA RESPONSABLE

Todx ciudadanx debería ser responsable por definición, pero la realidad demuestra que no siempre es el caso

 

La ciudadanía disociada

La consigna del frente amplio opositor más relevante que se está construyendo frente al actual gobierno es la de “un contrato social de ciudadanía responsable”. Dejando de lado ahora el análisis de la idea de contrato social, la propuesta de “ciudadanía responsable” suena en principio incómoda a  un oído atento al significado de las expresiones lingüísticas — a su semántica. Porque, ¿cómo imaginar una ciudadanía sin responsabilidad? Ya desde la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789), aún con su enorme diferencia numérica entre los derechos para todos (el hombre) y los derechos para pocos (el ciudadano), se afirma que “la libertad consiste en poder hacer todo aquello que no cause perjuicio a los demás”. O sea, que el goce de derechos del ciudadano va unido a la exigencia de no perjudicar a los demás. Y esta es una exigencia de responsabilidad indisociablemente asociada a la idea de libertad, la que a la vez es indisociable de la idea de ciudadano y de democracia.

Entonces: ¿por qué postular frente a la disputa eleccionaria que se avecina, esta consigna de “ciudadanía responsable”? ¿Cómo imaginar la posibilidad de una disociación entre esos dos términos? Aunque puedan darse otras interpretaciones, y de hecho el debate político consiste precisamente en eso, claro que dando argumentos con evidencias de razón y no opiniones sin fundamento, hay dos cuestiones que al reflexionar un poco sobre los hechos políticos de la actual gestión y sus consecuencias, le dan sentido a esta parte de la consigna. Ambas tienen que ver con las consecuencias de la acción y el no causar perjuicio, que nos hacen ciudadanos responsables tanto en el dar cuenta de nuestros actos como en el reclamar responsabilidad sobre los actos de los otros.

En ese sentido, esas dos cuestiones mayores que con el gobierno actual han mostrado y muestran una disociación en la práctica del significado de ciudadano, han sido los perjuicios ocasionados por aquellos ciudadanos que ejercen los actos de gobierno, los que presionan como grupos de poder, y el de los ciudadanos que los invistieran con sus votos y los apoyaran en sus políticas. Y de cara a las próximas elecciones, esa disociación se anticipa en la posibilidad ciudadana de una nueva votación mayoritaria para la actual gestión, que profundizaría los perjuicios objetivos que han alcanzado a la inmensa mayoría de la población y que el Presidente los ha anticipado al decir: “Si ganamos iremos en la misma dirección, pero lo más rápido posible”.

Este análisis de responsabilidad no atribuye perjuicios a una u otra posición de los espacios políticos por su solo nombre, sino a los actos pasados que la memoria cifra en experiencias, a los actos presentes que los hechos demuestran, y a la posibilidad de un futuro imaginable teniendo en cuenta esas realidades. Algo así como lo que en un debate reciente le planteó Eduardo Jozami al ministro Hernán Lombardi: “¿Supongamos que quiero creer en lo que decís sobre el futuro que llegará con un segundo mandato de ustedes? Tengo que apoyar mi creencia en este presente y el pasado de sus años de gobierno. Y no hay forma de imaginar un futuro mejor con lo que hicieron y están haciendo”.

 

Marcha contra el ajuste, 24 sep. 18.

 

 

El saber del ciudadano

Los miembros del gobierno no han ejercido una ciudadanía responsable por no dar debida cuenta de las consecuencias  de sus actos (el desmesurado endeudamiento, la caída del salario, la desocupación, la pobreza, la inflación, la recesión, las tarifas impagables al modo de las cargas medievales, la política represiva y punitiva, y una larga lista de perjuicios) siempre proyectando “la responsabilidad es del gobierno anterior” y repitiendo “lo peor ya pasó”. Parte de la oposición no ha ejercido una ciudadanía responsable al acompañar muchos de esos actos perjudiciales o al permitir con su silencio que se llevaran a cabo bajo la excusa del “dar gobernabilidad” o del “no aumentar la grieta”. Y el ciudadano de a pie, interpelado por su voto en las elecciones generales o en las legislativas, al habilitar a unas políticas tan dañinas, lo ha hecho al no cuestionar nada de esto, o explicarlo como una ley inexorable de la gravedad anterior, o al decir simplemente: “Igual no me importa”.

Lo común en todos esos casos es el no dar respuestas fundadas en la verdad de los hechos, la responsabilidad diferenciada de cada actor social por sus actos, y el daño y el malestar causados. Quizá el ejemplo mayor que ilustra esa irresponsabilidad común es el endeudamiento del país. Las decisiones fueron del gobierno pero acompañadas en modo activo o pasivo por parte de la oposición, y respaldado por el voto ciudadano cuando ya se había podido ver la magnitud de esa desmesura. Una irresponsabilidad que pone en serio riesgo  a las instituciones de la democracia y al futuro de la sociedad, y que se reitera en las continuas negaciones de las consecuencias de lo actuado.

Si como sostiene Aurelio Arteta en El saber del ciudadano: las nociones capitales de la democracia (2008), una democracia se basa en la responsabilidad de la deliberación de los ciudadanos, la representación de los gobernantes y las decisiones de quienes gobiernan, esa triple condición ha estado viciada con el gobierno actual. La deliberación fue manipulada mediáticamente por la influencia de los medios concentrados en la formación de la opinión pública. La representación política lo fue por la protección de unos pocos sectores de intereses, particularmente los grandes grupos financieros, y el incumplimiento de las promesas de campaña en una estafa electoral inocultable. Y las decisiones judiciales, así como las políticas públicas, lo fueron por la estigmatización, persecución, extorsión y represión punitiva de las disidencias o reclamos por los derechos vulnerados y los perjuicios causados.

 

Actuar responsablemente

 

Marcha contra el 2×1, 10 mayo 2017.

 

Converso con alguien a quien conozco desde hace muchos años y a quien considero una buena persona. Hablamos de su jubilación. Me cuenta que cobra poco y que él siempre creyó que uno mismo debía juntar para el momento de jubilarse. Le pregunto: ¿en las AFJP? Me contesta que no, que ahorrando por sí solo. Que él alguna vez había tenido unos plazos fijos, pero que con la ley de renta financiera Massa lo liquidó. Quedé confundido pensando qué tenía que ver con el asunto alguien que no gobernaba, y le pregunto: «¿Massa?» Dice: “Sí, arregló con Macri y me jodió”. Me suena raro que irresponsablemente se desplace al responsable y pienso que quizá haya votado a Macri y de ese modo lo exculpe. Pero, siendo un líder opositor, a Massa le cabe su propia responsabilidad. Así es como los sindicalistas salieron a cuestionarlo por la permanencia y ampliación del impuesto a las ganancias, promesa incumplida del Presidente.

Leo la nota “Cuidate mucho”, de Marta Dillon (Página/12, 26-05-19), en modo de carta dirigida a Cristina Kirchner desde el feminismo y el ser lesbiana. Y me resulta un notable ejercicio de ciudadanía responsable, desplegado con amor, reconocimiento, agradecimiento, admiración, pero a la vez crítico en el pedir cuentas por la responsabilidad del gobernante ante determinados gestos o políticas.

 

Marcha por la ley ILE, 24 junio 2018.

 

Y por eso también, aunque Alberto Fernández ha dicho que en la sociedad moderna los medios son negocios, queriendo dar apoyo a su idea de terminar con la guerra de la ley de Medios, lo cierto es que la consigna de ciudadanía responsable también se le aplica como candidato, en orden al reconocimiento del derecho a la información para una deliberación ciudadana libre y responsable. Si en el mundo de hoy, los medios concentrados de comunicación son los grandes influencers de la opinión pública, entonces, para asegurar la democracia, el Estado debe proteger la sana deliberación ciudadana para que todos podamos llegar a actuar como ciudadanos responsables.

 

Animales políticos

Se puede volver tan atrás en la historia, como a los tiempos de la democracia ateniense en contra de la aristocracia, para ver el lugar que en la misma tenía la participación ciudadana, aún con sus restricciones de clase y de género, para el funcionamiento del Estado y el control de los gobernantes. Aristóteles dijo entonces que “la ciudadanía supone una cierta comunidad”, y que tenemos necesidad de la convivencia en la vida social en la ciudad, participando en las cuestiones de  la administración de gobierno y de justicia. Por eso somos “animales políticos”. Pero para poder convivir o vivir en sociedad, necesitamos de la moral (las buenas costumbres) y de la ética (las virtudes de la acción correcta o de lo justo). Ocuparse solamente de las cosas propias o particulares, es para los griegos ser “idiota” (idiotés) y para los romanos ser “ignorante” (ignorantia). Pero ocuparse de las cuestiones colectivas o de la comunidad es ser ciudadano responsable.

Y dice John Stuart Mill sobre la responsabilidad a la vez moral y política (Consideraciones sobre el gobierno representativo, 1861): “Un gobierno debe ser juzgado por su acción sobre los hombres y su acción sobre las cosas; por lo que hace de los ciudadanos y por lo que hace con ellos; por su tendencia a beneficiar o a perjudicar a los hombres, y por la bondad o maldad de la obra que realiza para ellos y con ellos”.  Las elecciones serán la ocasión de ese juicio.

 

 

 

 

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1 comentario
  1. Luis Juan dice

    Estimado Juan Carlos:
    Una digresión. En la revista anfibia, Tiziana Terranova, en un interesante artículo titulado “El algoritmo capitalista”, refería:
    “…Contrariamente a algunas variantes del marxismo que tienden a identificar completamente a la tecnología con el “trabajo muerto”, el “capital fijo” o la “racionalidad instrumental” y, por tanto, con el control y los dispositivos de captura, parece importante recordar que, para Marx, la evolución de la maquinaria indica también un nivel de desarrollo de los poderes productivos que son liberados pero nunca completamente contenidos por la economía capitalista. Lo que interesaba a Marx (y lo que hace a su trabajo relevante todavía para aquellos que luchan por un modo de existencia postcapitalista) es la manera en que la tendencia del capital a invertir en tecnología para automatizar y, por tanto, para reducir los costos del trabajo al mínimo, potencialmente libera un “excedente” de tiempo y energía (trabajo) o un exceso de capacidad productiva en relación con el trabajo fundamental, importante y necesario de reproducción (una economía global, por ejemplo, debería primero que nada producir suficiente riqueza para que todos los miembros de la población planetaria fuesen adecuadamente alimentados, vestidos, curados y alojados).”
    “Sin embargo, lo que caracteriza a la economía capitalista es que este excedente de tiempo y energía no es simplemente liberado, sino que es reabsorbido constantemente en el ciclo de producción de valor de cambio, lo que conduce a la creciente acumulación de riqueza por parte de unos pocos (el capitalista colectivo) a expensas de muchos (las multitudes). La automatización, desde el punto de vista del capital, debe siempre, por lo tanto, ser compensada con nuevos modos de controlar (o sea, de absorber y agotar) el tiempo y la energía así liberados. Debe producir pobreza y estrés donde debería existir riqueza y ocio. Debe hacer del trabajo directo la medida del valor aun cuando es evidente que la ciencia, la tecnología y la cooperación social constituyen la fuente de la riqueza producida. Esto conduce así inevitablemente a la destrucción periódica y generalizada de la riqueza acumulada, en las formas de agotamiento psíquico, catástrofe ambiental y destrucción física de la riqueza por medio de la guerra. Crea hambre donde debería haber saciedad, coloca bancos de alimentos a la vera de la opulencia de los súper ricos. Es por esto que la noción de un modo de existencia postcapitalista debe hacerse creíble, es decir, debe llegar a ser lo que Maurizio Lazzarato describe como un resistente foco de subjetivación autónomo. Un nuevo orden postcapitalista basado en el común (un commonismo) puede apuntar no solo a una mejor distribución de la riqueza comparada con aquella insostenible que hoy existe, sino también a la recuperación del “tiempo disponible”, esto es, tiempo y energía libres de trabajo para ser utilizados en desarrollar y profundizar la noción misma de lo que es “necesario”. “
    “La historia del capitalismo ha mostrado que la automatización en sí no ha reducido la cantidad ni la intensidad del trabajo exigido por gerentes y capitalistas. Por el contrario, en la medida en que la tecnología es para el capital solo un medio de producción, cuando el capital ha podido implementar otros medios, no ha innovado. Por ejemplo, las tecnologías industriales de automatización en la fábrica no parecen haber experimentado recientemente ningún avance importante. La mayor parte del trabajo industrial actual continúa siendo sustancialmente manual, automatizada únicamente por estar enlazada a la velocidad de las redes electrónicas de prototipado, marketing y distribución; y no deviene económicamente sostenible sino por medios políticos, es decir, explotando diferencias geopolíticas y económicas (arbitraje) a escala global y controlando los flujos migratorios a través de nuevas tecnologías en las fronteras. En la mayor parte de las industrias de hoy se verifica una explotación intensificada, que genera un modo de producción y consumo empobrecido, nocivo tanto para el cuerpo, la subjetividad y las relaciones sociales como para el ambiente.”
    “Como Marx afirma, el tiempo disponible liberado por la automatización debería permitir un cambio en la esencia misma de lo “humano”, de manera que la nueva subjetividad pueda volver a desarrollar el trabajo necesario de modo tal que redefina lo que es preciso y lo que es necesario. No se trata simplemente de abogar por un “retorno” a tiempos más simples, sino al contrario, se trata de reconocer que producir alimentos y alimentar poblaciones, construir refugio y vivienda, enseñar e investigar, cuidar de los niños, los enfermos y los ancianos requiere de la movilización de la invención y la cooperación sociales. Así, se pasa de un proceso de producción por los muchos (sumidos en el empobrecimiento y el estrés) para los pocos, a uno en el que los muchos redefinen el significado de lo que es necesario y valioso, al tiempo que inventan nuevas maneras de alcanzarlo. En cierto sentido esto corresponde a la noción de “commonfare”, elaborada recientemente por Andrea Fumagalli y Carlo Vercellone, que implica, en palabras de este último, “la socialización de la inversión y del dinero y la pregunta por las formas de administración y organización que permiten una auténtica reapropiación democrática de las instituciones del Estado de bienestar […] y la reestructuración ecológica de nuestros sistemas de producción”.”
    “Debemos preguntar entonces no solo cómo funciona la automatización algorítmica hoy (principalmente en términos de control y monetización, alimentando la deuda económica) sino también qué clase de tiempo y energía esa automatización subsume y cómo podría funcionar una vez adoptada por agrupaciones sociales y políticas diversas y autónomas no subsumidas por, o sometidas a, el ímpetu capitalista de acumulación y explotación.”
    http://revistaanfibia.com/ensayo/el-algoritmo-capitalista/

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