Dios bendiga a Billie

La persecución política a una artista como Billie Holiday parece cosa del pasado, pero no lo es

 

  

¿Cuál es el enfrentamiento más desigual de que tengan memoria?

La tradición nos lleva de las narices a la lucha entre el pastor David y el filisteo Goliat, un guerrero que había aterrorizado al ejército hebreo durante cuarenta días. Las características de ambos no podían ser más disímiles: el adolescente semidesnudo, armado con una honda, versus el soldado profesional de gran estatura (seis codos y un palmo equivale a casi tres metros), cubierto por una armadura que pesaba 60 kilos. Pero en último término, esa lid pertenece al terreno de lo simbólico. No hace falta irse tan lejos en el tiempo, ni acudir a episodios con más de leyenda que de rigor histórico, para encontrar batallas tanto o más injustas en su planteo.

A mediados de 1947, la cantante Billie Holiday fue arrestada en su apartamento de Nueva York por posesión de narcóticos. En ese país, cuando el Estado te lleva a juicio, la carátula expresa el caso a través de la preposición versus. En esta oportunidad, la definición no podía ser más elocuente: Los Estados Unidos versus Billie Holiday, decía el expediente. «Y de hecho se sentía de esa forma», recordó la cantante en su autobiografía, Lady Sings The Blues. De un lado, el país más rico y poderoso del planeta, movilizando el peso de sus instituciones, el Poder Judicial y las fuerzas de seguridad. Del otro lado apenas una mujer, y para más datos, negra.

 

Billie Holiday.

 

Aretha Franklin te despeinaba a veinte metros cuando abría la boca, pero la voz de Billie era un ronroneo, un bronce que se despereza bajo el sol que madruga, siempre remolón. La vida fue cruel con ella desde el conteo inicial. Nacida Eleanora Fagan, se rebautizó a partir del nombre de una actriz admirada —Billie Dove— y la reescritura del apellido de su presunto padre, Clarence Halliday. Había sido el fruto del encuentro sexual entre un par de adolescentes, como contaba con sentido del humor: «Mamá y papá eran un par de críos cuando se casaron. Él tenía 18, ella 16 y yo tenía 3». En consecuencia, vivió contínuamente a los saltos. La detuvieron a los 9 años en las calles de su Philadelphia natal, fue derivada a un reformatorio, a los 11 fue eyectada del sistema educativo — la misma edad que tenía cuando un vecino intentó violarla. Poco después hizo de che piba en un prostíbulo y limpió casas como doméstica. En 1928 se mudó a Harlem, Nueva York, con su madre, que tardó nada en prostituirse y entregar a la cría a cinco dólares por polvo, razón por la cual terminaron presas ambas.

La música le abrió una puerta para salir de la miseria —comenzó a cantar de adolescente—, pero no hay éxito profesional que borre ciertas cicatrices. Su carrera estuvo jalonada por el consumo de drogas y alcohol y por parejas abusivas, que pretendían manejar su vida y mientras tanto la estafaban. Brillaba porque su talento era ostensible: esa voz que se diferenciaba de las convencionales —como la de su coetánea Ella Fitzgerald, para poner un ejemplo— porque sonaba como un instrumento más, de excepcional capacidad improvisatoria. Pero lo que la puso en la mira del poder no fue su timbre, sino la decisión de hacer algo que ninguna de sus colegas había hecho hasta entonces.

 

 

El poeta y militante Abel Meeropol, autor de «Strange Fruit».

 

En 1939 Billie cantó en el Café Society —el primer club integrado del Village, que aceptaba clientes blancos y negros— un tema llamado Strange Fruit, o sea fruta rara, extraño fruto. Fue en su origen un poema del escritor y maestro de origen judío Abel Meeropol, que firmaba con el seudónimo Lewis Allan. Originalmente se llamaba Bitter Fruit, fruta amarga, Meeropol lo había publicado en una revista del gremio docente. La inspiración provino de una foto que retrataba el linchamiento de Thomas Shipp y Abram Smith, en Marion, Indiana: esos cuerpos que pendían de sogas atadas a un árbol eran los frutos discordantes de los que hablaba Meeropol. La canción conmovió a Billie, porque la remitía a la muerte de su padre, a quien se le había negado tratamiento médico por cuestiones raciales. A pesar del miedo a sufrir represalias, decidió cantarla igual pero en condiciones que pactó con el dueño del Café Society, Barney Josephson: los camareros dejaban de prestar servicio durante el tema, que cerraba su set; cantaba en oscuridad casi total, a excepción de un seguidor enfocado en su rostro; y una vez que terminaba de sonar, no tenía lugar nada parecido a un bis.

 

El linchamiento de Thomas Shipp y Abram Smith, en Marion, Indiana, 1930.

 

 

La letra dice así:

Los árboles sureños dan una fruta extraña

Sangre en las hojas y sangre en las raíces

Cuerpos negros bailan en la brisa sureña

Fruta extraña que pende de los álamos

Escena pastoral del sur galante

Los ojos saltones y las bocas torcidas

Perfume de magnolias, dulce y fresco

Y el súbito olor a carne que se quema

He aquí una fruta para que picoteen los cuervos

Para que recoja lluvia

Para que el viento seque

Para que el sol pudra

Para que el árbol deje caer

He aquí una cosecha extraña y amarga. *

Las canciones populares de la época no hablaban de cosas como esas. Y mucho menos las entonadas por mujeres, que debían limitarse a hablar de amor y seducción desde su lugar social pasivo por definición. (En la película de Lee Daniels Estados Unidos versus Billie Holiday, disponible desde esta semana en Amazon Prime, se la oye cantar un tema de una incorrección política hoy escalofriante, Ain’t Nobody’s Business: «Prefiero que mi hombre me pegue / a que se las tome y me deje… / Juro que no llamaré a un policía / si mi papi me faja / no es asunto de nadie lo que hago».) Esas cosas podían ser cantadas sin espantar a nadie. Pero si entonabas algo como Strange Fruit, te exponías a la suerte que tocó a Billie Holiday: la persecución política, que te armasen causas para acallarte —las adicciones de la cantante no eran lo que preocupaba al poder, precisamente—, que te impidiesen ganarte la vida —le quitaron el carnet que la habilitaba a cantar en locales donde se servía alcohol— y que te difamasen en los medios, como ocurrió cuando ventilaron la relación de Billie con la célebre actriz (blanca, para más inri) Tallulah Bankhead.

 

 

Billie en compañía de su girlfriend, la actriz Tallulah Bankhead.

 

 

Ya sé que todo esto pasó allá lejos y hace tiempo: en Estados Unidos, a mediados del siglo pasado. Pero no digan que no les suena conocido.

 

 

 

 

 

 

 

The New Black

Billie Holiday no fue la única en recibir ese tipo de tratamiento de parte del establishment. Su historia se repitió pocos años más tarde con Muhammad Ali, a quien por negarse a combatir en Vietnam le quitaron el título de campeón del mundo, la licencia para boxear y lo llevaron a juicio, trámite que pudo haber culminado con su condena a prisión. Pero, con apoyo político y popular, Ali dio vuelta la marea y reclamó la gloria que le correspondía. En cambio Billie, prácticamente sin respaldo —estaba más sola que vegano en asado familiar— murió de cirrosis a los 44 años.

 

 

La Billie de los últimos tiempos: 44 que parecían 70.

 

 

Todo lo que había en su cuenta bancaria eran 70 centavos de dólar. El titular del Federal Bureau of Narcotics, Harry Anslinger, que la había acosado durante 20 años —o sea, desde que empezó a cantar Strange Fruit— y llegó al extremo de plantarle droga para arrestarla, no la perdonó ni en su lecho de muerte. Le mandó a la cana para que requisara su habitación del Metropolitan Hospital, hizo que la esposaran a la cama y le puso vigilancia policial. Una impiedad que tristemente suena familiar —¿se acuerdan de Héctor Timerman?— pero que no suele ser absuelta por el juicio de la Historia. En la escena final de la película, Billie (la impresionante Andra Day) le escupe a Anslinger: «Sus nietos van a seguir escuchando Strange Fruit«. Dudo de que la Billie real se haya dado ese gusto, pero lo improbable de la frase no borra su verdad histórica. Hoy Anslinger es una nota al pie en libros que recrean las vergüenzas del racismo, mientras que Billie Holiday sigue deslumbrándonos.

 

Billie, que cantaba como si tocase la trompeta, con Louis Armstrong.

 

Uno querría decir: Mirá las cosas que pasaban hace 80 ó 60 años, y a continuación permitirse el alivio. Pero basta con hacer clic en una página de noticias internacionales para entender que siguen pasando; con disimulo, mejor arropadas por el sistema, pero tan brutales como siempre. Lee Daniels subraya al final del film que la Ley Anti-linchamiento Emmett Till (así llamada en honor al adolescente negro a quien una turba asesinó y mutiló en 1955, por sospechar que había ofendido a una mujer blanca) fue rechazada por el Senado en febrero de 2020. ¡Hace poco más de un año! La reciente condena al policía que mató a George Floyd después de asfixiarlo durante nueve minutos podría leerse como un buen signo, pero la realidad se encargó de negarlo.

Al día siguiente de la condena, un policía mató a Andrew Brown Jr. en Carolina del Norte de un tiro en la nuca. El hecho pinta tan impresentable que un juez bloqueó las imágenes que quedaron grabadas, para no alentar un motín como el que detonó la paliza a Rodney King en 1991. Pero lo de Brown Jr. no fue el único caso de violencia policial que tuvo lugar durante el juicio. El 29 de marzo Adam Toledo, de 13 años, fue baleado por un cana en Chicago y murió. Daunte Wright, de 20 años, fue fusilado el 11 de abril en Minnesota. El 19 de abril, varios agentes redujeron a Mario Arenales González, de 26 años, y lo mataron igual que a George Floyd, cortando su flujo de aire. Ma’Khia Bryant, de 16 años, murió de un balazo policial el 20 de abril en Ohio. Quien quiera encontrar en este hilo una constante en el perfil de las víctimas, puede.

 

 

Billie con su maravilloso socio Lester Young: él le decía «Lady Day» y ella le decía «Prez», por «Presidente».

 

Muchos incurrimos en el error de considerar estos temas desde nuestra zona de confort. Asumimos que la Historia puso las cosas en su lugar y que ya es vox populi que el racismo es malo. Nos convencemos de que todo el mundo entendió que las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres. Damos por sentado que quedó claro que linchar a un negro, un latino o un árabe sería un crimen. En consecuencia, nos sentimos parte de la masa bienpensante y subestimamos a los que siguen haciendo esas cosas como marginales, parte de una minoría impresentable, la escoria de la sociedad. Pero la evidencia dice lo contrario de lo que deseamos ver.

Crímenes como los que acabo de glosar no fueron obra de asesinos solitarios ni de una jauría humana. Los llevaron a cabo servidores públicos, a quienes les pagamos sueldos con nuestros impuestos cada mes: en general policías, a los que aquí deberíamos sumar a gendarmes como los que mataron al Rafa Nahuel. Y persecuciones como la padecida por Billie entre 1939 y 1959 —año de su muerte— las pusieron en práctica entre nosotros jueces, fiscales, funcionarios y agentes de la Inteligencia oficial hasta ayer nomás. (Habría que sumarles a los mercenarios del «periodismo independiente», claro. Pero estos no fueron ni son empleados estatales — puesto menor. Forman parte de ejércitos privados, como lo son G4S, Erinys y Triple Canopy.)

 

 

Cuando contemplamos esas imágenes de morochos ahorcados, descuartizados, carbonizados, la cabeza entra en modo autodefensa y al hacerlo nos perjudica sin querer. Porque nos decimos: La gente convivió durante décadas con estas cosas que para nosotros ya no son tolerables, que consideramos un horror, que hemos dejado atrás. ¿Cómo es posible que naturalizasen tales salvajadas? Y así las alejamos lo más que podemos, desterrándolas al placard de los tiempos primitivos y oscuros. Pero las inseguridades que están por detrás de tanta violencia siguen vigentes, porque son inherentes a la condición humana. Y además vivimos en un tiempo en el cual los poderosos atizan las razones que nos separan y dividen, a toda hora y por todos los medios, en pos de rédito político que sólo aspira a ganancia personal.

La época de la cultura mainstream de discurso liberal (en el viejo sentido, que apuntaba a ampliar libertades y derechos civiles) está quedando atrás. Ahora el mainstream se muestra cada vez más bárbaro, defiende el derecho del más fuerte de usar ese poder a su antojo. El espectáculo que en España brindó Rocío Monasterio, de la organización fascista Vox, durante un debate televisivo de la semana pasada, estableció el baremo a partir del cual las derechas medirán de aquí en más sus presentaciones mediáticas. Se trata de denigrar al adversario y pintarlo como débil ante el público, de ignorar los cuestionamientos como si no los hubiesen oído y de machacar las consignas propias, sin arredrarse nunca. Ya no es cuestión de confrontación de ideas: es el duelo entre los guapos y los pusilánimes, donde desfachatez mata argumentación. En la política contemporánea, ser desagradable sin pestañear ni perder la sonrisa is the new black.

 

 

 

 

Si Billie Holiday volviese a abrir los ojos sentiría que avanzamos poco y nada desde el ’59, y cantaría nuevamente God Bless The Child —que escribió con Arthur Herzog Jr. en 1939, el mismo año en que interpretó Strange Fruit por primera vez— de modo de hacerla sonar más desoladora que nunca. Es una canción que le inspiró una disputa con su madre, que había hecho dinero gracias a la fama de Billie —abrió y sostuvo un restaurant que se llamaba, nada inocentemente, Mom Holiday’s, con plata que su hija le prestó— pero aun así, en un momento angustiante de la carrera de Billie, se negó a devolverle un solo centavo. God Bless The Child habla en un tono casi humorístico de dilemas humanos que arrastramos desde los albores de la Historia, y casi con resignación sugiere que no hay salida que no sea individual:

Aquellos que tienen conseguirán

Aquellos que no tienen perderán

Así dice la Biblia y todavía es noticia.

Mamá puede tener, Papá puede tener

Pero que Dios bendiga al niño que se las arregla solo. **

El tema es que todos sabemos cómo le fue a la pobre Billie, por jugársela sola.

 

 

 

 

 

 

 

Voy a seguir escuchándote

Dentro de no muchas décadas, habrá quienes hagan retrospectiva de estos tiempos y los consideren repugnantes, como nos repugnan a nosotros los tiempos del Ku Klux Klan, la caza de brujas macartista —pura persecución política y ejercicio censor— y nuestra represión dictatorial. Hablo de nietos o bisnietos que contemplarán lo que hoy vivimos y se preguntarán: ¿Cómo es posible que abuelos y bisabuelos hayan naturalizado lo indefendible como parte de su paisaje cotidiano?

La flecha de la Historia no avanza nunca en trayectoria lineal, ni a velocidad constante. Aquellos que están en el poder tratan de conservar su primacía, y al hacerlo pisan el freno ante todo tipo de evolución. (Salvo de aquella que les ayude a cimentar su posición, por supuesto.) Pero en general el discurso social es progresivo, recoge el deseo humano de estar siempre un poco mejor. La nuestra es esa rara era en la cual el discurso imperante, por pura desproporción de poder a la hora de producir contenidos, es regresivo: añora elementos del pasado y quiere borrar conquistas a las que se arribó después de mucha brega y mediante consenso, por considerarlas necesarias. Las guerras mundiales trajeron aparejados cambios sociales y políticos en la dirección de un Estado benefactor, de los hoy abominan los poderosos. Quieren volver atrás, a una estructura social anacrónica, pero eso sí: con los beneficios de la tecnología actual. Una suerte de tecno-aristocracia, desde la cual niegan entidad a todo factor ordenador que no pase por la fuerza y el dinero. Por eso la campaña constante contra principios que dábamos por consolidados: la equidad entre razas, géneros, credos y extracciones sociales, la demanda por una justicia al servicio del pueblo, los servicios esenciales como derechos antes que obligaciones contractuales. Ni el lenguaje inclusivo toleran, en tanto desconocen nuestra reivindicación de la libertad de hablar como se nos cante el culo.

 

 

Billie con Mister, una de las pocas criaturas que le dio amor incondicional.

 

 

Si no queremos que en el futuro se nos mire como hoy miramos a las sociedades que consintieron a un McCarthy, a un Videla, a un Trump, sería recomendable blanquear lo que hasta hoy es sólo intuición y animarnos a verbalizar lo que no queremos que, dentro de no mucho, nos llene de vergüenza. No seamos parte de la generación que no defendió con la fuerza necesaria al único sistema político que encarnaba la posibilidad de fair play, de reglas comunes a todos. No seamos parte de la generación que no bancó a las democracias a la hora de poner coto a los poderosos, e impedir que siguiesen haciendo lo que se les antojaba con la misma, descarada impunidad del señor feudal. No seamos parte de la generación que no sólo fue incapaz de ampliar derechos, sino que terminó perdiendo muchos de los que dábamos por sentados.

Al Indio le gusta decir que, en la vida, pasado cierto margen, sólo se trata de soportar la presión. Billie Holiday padeció presión desde que estaba en el vientre de su adolescente madre y toleró mucha más desde que salió al mundo. Pero en lugar de pulverizarse, como habría ocurrido con tantos de nosotros, la utilizó para convertirse en un diamante. Le faltaron herramientas para discernir que lo que intentaba hacer —nada del otro mundo: cantar, pasarla bien, vivir— también era política, una lucha política en estado puro, y en consecuencia no encontró aliados que pusiesen marco a su busca individual y le diesen el sostén de una comunidad de objetivos. Pero, como pudo, intuyó que Strange Fruit era más importante que ella misma. Y por eso se negó a dejar de cantarla, aun al precio de complicar aún más su retorcida vida.

 

Billie, según José Muñoz.

 

 

La película de Lee Daniels se deja ver (y oír, claro) y es útil para quien quiera pescar el ABC de la historia de Billie de un modo menos demandante que el que representa un libro. Pero si quieren acercarse a esta mujer a través de otra obra de arte, lean la Billie Holiday que concibieron dos argentinos, José Muñoz y Carlos Sampayo, los creadores de Alack Sinner. El simple hecho de abrir esa edición es en sí mismo un placer orgásmico. Y ni les digo la contemplación del arte de Muñoz, que parece haber entrenado su vida entera dibujando en blanco y negro para llegar a sentirse en condiciones de pintar a Billie Holiday.

En el prólogo de ese libro, Francis Marmande dice que Billie conoció a Francoise Sagan —la autora de Bonjour Tristesse— en París, durante 1958. Y que durante su conversación, Billie le dijo: «De todos modos, darling, voy a morir muy pronto en Nueva York, entre dos policías». El establishment de su país natal la asesinó con cuentagotas durante 20 años y eso no se borra con nada, nadie merece semejante tratamiento: una crueldad como esa constituye un crimen de Estado. Pero aún echándole encima ese poder descomunal, hay algo que nunca le pudieron quitar. Hasta en sus últimas grabaciones, cuando se notaba que su voz ya no era la misma, siguió transmitiendo aquello a que nos tenía acostumbrados: el suyo fue y será siempre el sonido de alguien que disfruta de lo que hace, y de la manera más profunda, en tiempo real. Eso es lo que escuchamos todavía hoy, cuando la escuchamos: el placer genuino que sólo experimenta la persona que aprendió a sobrellevar las presiones del mundo con elegancia.

 

Desde esa sabiduría externa al tiempo cantaba cosas como I’ll Be Seeing You, convencida de lo que hablaba: «Voy a seguir viéndote / En todos los lugares familiares / Que este corazón mío abraza / El día entero / En el pequeño café / El parque al otro lado / La calesita / Los castaños / El pozo de los deseos… / Y cuando la noche se renueve / Voy a estar mirando la luna / Pero te voy a estar viendo a vos» ***.

Los hombres grises como Harry Anslinger devienen cenizas que los perros mean con gusto. En cambio la gente como Billie Holiday, por más que pase el tiempo, nos regala la posibilidad de disfrutar de su belleza eternamente. Y cada vez que los leemos, los vemos o los escuchamos, entendemos cuán maravillosa puede llegar a ser esta vida de mierda.

 

 

 

 

 

* Southern trees bear a strange fruit
Blood on the leaves and blood at the root
Black bodies swingin’ in the Southern breeze
Strange fruit hangin’ from the poplar trees

Pastoral scene of the gallant South
The bulgin’ eyes and the twisted mouth
Scent of magnolias sweet and fresh
Then the sudden smell of burnin’ flesh

Here is a fruit for the crows to pluck
For the rain to gather
For the wind to suck
For the sun to rot
For the tree to drop
Here is a strange and bitter crop.

 

** Them that’s got shall get
Them that’s not shall lose
So the Bible said and it still is news

Mama may have, Papa may have
But God bless the child that’s got his own.

 

*** I’ll be seeing you
In all the old familiar places
That this heart of mine embraces
All day through

In that small cafe
The park across the way
The children’s carosel
The chestnut trees
The wishin’ well.

…………………………

And when the night is new
I’ll be looking at the moon
But I’ll be seeing you.

 

 

 

 

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