Mercados, mercaderes y mercachifles

Si a los mercados les dan a elegir, prefieren los ministros con los pantalones caídos

 

Los mercados hablan. Los mercados reaccionan. Los mercados desconfían.

¿Quiénes son estos mercados, que parecen tener vida propia y posibilidad de tomar decisiones trascendentes? ¿Qué cara tienen? ¿Se parecen a Aranguren, a Nicky Caputo o a Paul Singer? La verdad es que ni cara tienen. Su seña particular visible, su santo, es el Dios de la guita y los intereses que esa guita sea capaz de generar. Tal vez se parezcan a Macri, y viceversa. El Presidente parece haberlos frecuentado:” Yo no manejo los mercados –dijo en estos días—; los mercados son gente que toma decisiones acerca de si va a confiar o no va a confiar en los argentinos”. ¿Cómo son ellos? A lo mejor son parecidos a fantasmas, a seres paranormales, a enanos de jardín.

Aquí en la Argentina, incluidas las elecciones del domingo, nunca nadie votó al Partido del Mercado, pero vaya excomúnica, tenemos que bancarnos sus veredictos diarios, decididos a miles de kilómetros. Tal vez lo único que les falta a los mercados para que nadie dude de su poder sea instalar a un Presidente. ¡Ah! …Me acaban de avisar que estoy terriblemente atrasado de noticias. Puede ser: es que hasta no hace tanto el mercado nuestro de cada día, al que íbamos a abastecernos de los sagrados alimentos, era el mercadito de la esquina, el de la otra cuadra, el del barrio, el del tano Dante o el de la gorda Chiche. Antes fueron rastros, zocos, baratillos, plazas, ferias, así como ahora están los chinos. Esos que tanto molestan a Trump.

Los mercados opinan. Los mercados deciden. Los mercados presionan. Desde Wall Street y Washington; desde el tesoro de Suiza o alguna guarida fiscal; desde la City porteña o una cueva en Recoleta, los mercados ratificaron su rechazo a una probable vuelta al poder del kirchnerismo (nótese el deliberado reemplazo del término peronismo). Según el Presidente, el motivo es que el kirchnerismo siempre vivió a espaldas del mercado. Algo que no parece tan malo: mejor de espaldas que de rodillas.

Los mercados se ponen duros con la Argentina se leía en un diario en estos días, aunque bien podría haber sido cualquier titular de 40 o 50 años atrás. Los mercados no son santos de la devoción de Francisco. No hace tanto el Papa abogó por terminar con “la tiranía de los mercados”. En nuestro país los mercados se cargaron a no pocos ministros de Economía. A uno, que había tenido la ocurrencia de hablarles con el corazón, lo liquidó respondiéndole con el bolsillo. A otro le aceptó el incómodo peaje de las relaciones carnales. La lista de difuntos y deudos ministeriales es muy extensa: cada dos por tres (seis) los mercados desechan a alguno y consagran a un nuevo favorito, pero si les dan a elegir los prefieren con los pantalones caídos.

En el marco de una economía disciplinada por la globalización, los mercados –un equipo integrado por mercaderes, mercantilistas y mercachifles— son cada vez más los dueños del mundo. Adoradores del dólar (en especial, el de precio más alto) no les pareció suficiente con apretarnos con el que cotiza día a día y por eso inventaron el dólar futuro. Eso que tanto futuro nos quita. A juzgar por el resultado de las elecciones, el país que Macri presume haber insertado en el mundo ya no cree tanto en la palabra santa del mercado. En ese sentido, los mercados integran el plantel de grandes perdedores de las PASO. ¿Contra quiénes fue que derraparon? Cayeron frente a la pobreza creciente y el hambre que pasan muchos; las privaciones que cada vez son mayores, las dificultades para llegar a mitad de mes, la dificultad para pagar las tarifas y, muy especialmente, por el temible síndrome de la heladera vacía. A los mercados les cuesta entender que los hiper y supermercados no tengan precio y que el mercado que más se mueva sea el del trueque.

Turritos, los mercados. La mañana que amanecen adulones nos palmean, pero si como el Presidente la otra noche tuvieron insomnio, son capaces de decirnos y hacernos cualquier cosa. ¿Qué harán ahora?  ¿ Nos permitirán regresar a la lona o nos sepultarán aún más abajo?

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