UNIVERSO FANTÁSTICO EN COLORES

Liliana Bodoc transformó adivinanzas en cuentos y después en cinco obritas de teatro.

 

La construcción de un texto siempre atraviesa diversas vicisitudes, además de la escritura y las sucesivas –necesarias— reescrituras. Están las que emanan de alguna ignota tradición oral y, menos, provienen de las adivinanzas que pueblan la cultura popular y comparten con fábulas, apólogos, mitos y leyendas la condición de transmisores morales, estéticos y hasta históricos. Es el caso particular del libro de cuentos Sucedió en colores (2004) que recopiló un puñado de adivinanzas en verso contadas por su padre en la infancia y luego transformadas en breves narraciones al inicio de su corta aunque tan fértil como dúctil carrera literaria Liliana Bodoc (Santa Fe, 1958-Mendoza, 2018).

 

 

Llega ahora la última escala de aquellos acertijos provistos por algún saber ancestral que les otorgó ritmo y rima, hechos después prosa, para finalmente recalar en otra modalidad de la socialización: el teatro. Soporte que agrega y quita, no más que la narrativa literaria a la transmisión oral, recupera mucho de esta con el aditamento de la eventual presencia física de los personajes, la generación de climas dramáticos, en fin, la magia de la representación. Por ese “aquí y ahora” insustituible del acto dramático, las cinco historias originales en su remozada versión pasan a denominarse El Teatro Sucede en Colores, en tanto los relatos ocurrirán “cada vez que se represente la obra y nunca una función será igual a otra”. Tal el espíritu de la flamante edición según el prólogo del hijo de la autora, Galileo Bodoc, teatrista él mismo, que propone los criterios básicos a fin de que las obritas puedan ser representadas por elencos de cualquier edad y formación, siempre que se animen. A tal fin, las ilustraciones en onda naif-dark de Mila Galarreta otorgan una atmósfera general como apertura a cada cuento dramatizado. En otro estilo de mayor accesibilidad, boceta una guía de vestuario, instrumentos escenográficos y utilería para cada oportunidad, de manera que puedan ser realizados con elementos cotidianos.

Ideal para grupete de amigues en plan de vacaciones y/o recurso laborioso destinado a truhanes de primaria al borde de la hiperkinesia, las cinco obras son presentadas como Actos; al modo del teatro tradicional. Con la peculiaridad de que cada uno desarrolla el encuentro con un color: rojo, blanco, amarillo, verde y negro. El personaje del Relator abre cada capítulo de la misma manera: acude a la librería, adquiere una témpera de determinado color, la vierte sobre una hoja de papel, aguarda a que se seque, la adhiere a la puerta de la heladera con un imán, comienza a saludarla todas las mañanas al desayuno, comenta las noticias del día, hasta que en algún momento el colorido emplasto comienza a hablarle y le relata la historia de su vida. Porque el Relator escucha a los colores ya que está imposibilitado de verlos; nunca lo anuncia pero se colige que es ciego.

 

 

Así, “la rojísima historia del color rojo” (no hay versión “colorado” para la purretada del Newman), como no podía ser de otra manera, muestra las peripecias de un Diablo tímido que está enamoradísimo de Rubilda, vendedora de la manzanas de difícil sí. El Acto Blanco, segundo de la saga, transcurre entre esquimales quienes, como habitantes de “un lugar donde las noches duran seis meses, si no quieren morir de pena, deben temer un tesoro de cuentos”. Como se debe en estas situaciones, todo es blanco: el oso polar, el lobo, la luna en su cuatro fases, la nieve, que en su conjunto construyen un auténtico mito de origen.

El Acto Amarillo es, desde ya, oriental; con emperatriz, consejeros, médicos y campesinos, todos los cuales resguardan la imperial siesta del emperador, de repente perturbada por una amenazante pesadilla que murmura: “Hay en este mundo alguien más venerable, más grandioso y más amado que tú. Y en un día muy cercano, todos mirarán su rostro mientras tú te arrastrarás derrotado bajo el peso de su esplendor”. Terrible. Hasta que se resuelve, claro. Más ecológico, el Acto Verde transcurre en el campo acechado por la plaga de langostas y sus tensiones atemperadas por el saludable deporte de escupir bien lejos carozos de aceitunas. Finalmente, como es lógico, el Acto Negro transcurre bajo la acechanza de la Muerte que se anuncia bajo la lúgubre vestidura de una abogada que hostiga a un laborioso deshollinador pesimista.

Como se aprecia, Bodoc acude a los lugares comunes, a lo esperable, a lo convencional del género con dos propósitos: ante todo, resignificarlos. Después, otorgar una atmósfera conocida al piberío, cotidianizado en ese lenguaje símil neutro que le permite (como el “había una vez”) ingresar en un universo paralelo en lo que aquello espantoso, aún siniestro, termina siendo inofensivo, hasta grato, al ubicarse un grado por debajo de las fantasías de despedazamiento propias de los espectros de la infancia.

Algo de esta clave acaso estuvo puesta en juego tanto en La Saga de los Confines (2000) como en Tiempo de Dragones (2015), obras mayores de Liliana Bodoc, que respectivamente abren y cierran su exquisita producción. Condenada por obra del marketing a la góndola “juvenil”, ambas series (la segunda inconclusa por su repentina muerte) constituyen un aporte difícil de evaluar en tiempos contemporáneos no menos que por los prejuicios envidiosos que miran de reojo una escritura estricta, de temática latinoamericana, sin atisbo de condescendencia indigenista y situada en un universo fantástico comparado con Tolkien. En forma condensada, el mismo sincretismo planea airoso en el El Teatro Sucede en Colores, quebrando el acto en principio individual de la lectura por una propuesta de pasar a la acción, de apropiación de la historia, de que los chicos tomen el asunto con las propias manos.

 

 

FICHA TÉCNICA

 

El Teatro Sucede en Colores

 

 

 

 

 

 

 

Liliana Bodoc

Ilustraciones de Mila Galarreta

Buenos Aires, 2019

110 págs.

 

 

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1 comentario
  1. Isa dice

    Liliana Bodoc: no se trasmitir mi pena por su partida.
    ¡Qué locura!, extraño sus historias que ya no leeré porque nunca las escribirá.

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