No sé de qué se trata… ¡Me opongo!

Cuando la oposición no es sino chicana, se transforma en una caricatura

 

De una “oposición” se espera, pues, que se oponga. Pero no a todo, por supuesto. No es “no sé de qué se trata, pero me opongo” porque eso no suma nada. Se trata de oponerse a lo que está mal, o a lo que se podría/debería haber hecho mejor. Pero cuando la oposición no es sino chicana, se transforma en una caricatura.

Algunos hemos sido muy rigurosos en la etapa de aislamiento. Se supone que los que saben nos dicen que respetarlo es lo mejor para nuestra salud, y así lo hicimos. No se trataba de obediencia, por supuesto, sino de sabernos y sentirnos cuidados, en cierta manera. Y, por eso, me da mucha rabia la foto del cumpleaños de Fabiola en plena etapa de “cuidado”. Eso de hacer lo que ellos dicen, pero no lo que ellos hacen, ya fue una recomendación del Jesús de Mateo refiriéndose a los fariseos de su tiempo.

 

Una ostentación de torpeza por parte del gobierno.

 

 

Ahora bien, ¿qué autoridad tiene la oposición para hablar sobre esto? Después de que se cansaron de decir que era una simple gripe, después de que tomaron hidrocloroquina en las cámaras o la recomendaban en Diputados, después de que se pasearon por el mundo sin barbijos, ¿qué autoridad tienen para oponerse a eso? ¿Qué autoridad tienen Mauricio Macri, Patricia Bullrich, Horacio Rodríguez Larreta y demás para hablar?

 

 

Bullrich arengando contra el aislamiento.

 

 

Es verdad que es interesante: estos engendros de la necropolítica andaban sin barbijo y lo celebraban porque decían que no era una verdadera pandemia, que aislarse era comunismo, lo que después dijeron de la vacuna (sic). Los otros, desde el gobierno, decían que era peligrosa, pero ostentaron su torpeza. Unos fueron coherentes entre el decir y el hacer, los otros no; es bueno reconocerlo. Pero el tema es, fundamentalmente, partir del planteo de si el decir es bueno o no; después viene la coherencia. Es decir: ¿era bueno cuidarse, aislarse, evitar contagiarse? Sin duda lo era. Y lo es. En ese sentido, entonces, actuar coherentemente con lo contrario es, por lo menos, torpe. Y si se pretende que otros lo hagan, es perverso. En segundo lugar (¡no el primero!) viene actuar coherentemente o no con lo que se dice que es bueno. No hacerlo es, por lo menos, una tontería. Más aún, que no lo hagan quienes debieran “dar el ejemplo” es por lo menos estúpido.

Es decir, en un caso, es torpe lo que hicieron, pero no lo que dijeron, que era sensato; en otro, es torpe tanto lo hecho como lo dicho. No está mal tenerlo en cuenta, por lo menos, porque estos, encima, hablan. Siguen hablando como si nada hubiera pasado, como si nada hubieran hecho, como si nada hubieran dicho.

 

 

 

 

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