Una eternidad de ocho segundos

Causa Traficante. Episodio 12. El veredicto.

 

A diferencia de las anteriores audiencias, el cuarto en el que se encuentra Marcelo D’Alessio está bien iluminado. Su ropa es de un azul espectral. Aunque la cámara está alta y lejos se distinguen sus rasgos y su pelo algo crecido, como así también el piso de madera (levantado en un sector por la humedad de cimientos), y la ya protagónica mancha de la pared. D’Alessio está sentado, solo, en la silla central de un banco de tres cuerpos. Los espacios vacíos, a su derecha y a su izquierda, tienen un peso más que simbólico. Detrás de los bancos se puede ver una puerta cerrada. ¿En qué momento vendrán a buscarlo?

Claro que no es una audiencia más. Es la última. El día del veredicto. Los otros imputados, que también esperan (y ya imaginan) la sentencia, tampoco son los mismos que en marzo de este año, en el comienzo del juicio.

Luego de la intervención del fiscal Luciani (que refirió al sólido alegato de las cuatro acusaciones, dijo mantenerse incólume y calificó de falaz el concepto de sesgo de confirmación esgrimido semanas atrás por el abogado defensor del fiscal Bidone), y de las breves intervenciones de las defensas (que ratificaron sus anteriores alegatos), el tribunal invita a los imputados a hacer su última declaración. D’Alessio quiere hablar, pero su voz no se escucha. “Personal de servicio, por favor, si pueden desmutear al señor D’Alessio”, pide alguien. El trámite va a llevar unos minutos.

 

 

 

Un ayudamemoria

Antes de iniciar su declaración, D’Alessio pide permiso para usar un ayudamemoria. “Para no divagar y no salirme de eje”, dice, en un ejercicio autocrítico. El tribunal lo autoriza y D’Alessio deja a mano el ayudamemoria, al que, en principio, respeta atentamente, con un tono reflexivo y tranquilo.

“Mi mejor amigo murió el año pasado. De los restantes 50 amigos y 500 conocidos, de los cuales todos me adulaban, quedaron tan pocos que los puedo contar hasta por orden alfabético”. Así comienza su declaración, y luego anticipa que dividirá su testimonio en dos capítulos. “La condena mediática parece superar el principio de inocencia. Ustedes me conocieron por los medios antes que conocerme acá sentado. Tal vez como un agente anti K, un operador judicial, un espía de potencias imperialistas, como se ha publicado. Más me dolió la canallada de quienes salieron corriendo en estado de pánico a usar los medios para decir que era un loquito, un fabulador, y hasta llegaron a sostener que dialogaba sobre narcotráfico o la homologación de tal o cual protocolo o calibre de proyectiles sónicos con un nietito”, dice, dándole peso a cada oración. Sabe a quién le habla y sabe que sus palabras llegarán a la dueña de ese teléfono adjudicado a un nieto. “Si es que existe esa trillada grieta, pues evidentemente me dejaron ¡bien en el medio!”, concluye, remarcando con insistencia las últimas cuatro palabras. Precisamente, el período 2016-2019 fue su etapa dorada, cuando supo visitar asiduamente los medios televisivos, los foros de FOPEA, los ministerios y el Congreso de la Nación.

“Hace mucho que estudio la matriz del narcotráfico y el terrorismo. Capacité en forma gratuita a ministros, diputados, diputadas, ministras, senadores, funcionarios de la AFI, periodistas. Creé el índice Big Mac de la cocaína, que actualmente usa las Naciones Unidas”, agrega, como si quisiera dar a entender que si él es un loquito, tal vez no es el único. O si todos son loquitos, su locura pueda permanecer apaciguada. Para que un elefante pase desapercibido en la peatonal Florida hay que llenar la peatonal de elefantes. “Fui torturado por el Estado Nacional. Aislado las 24 horas del día. Después de un año lo mejor que pude pedir es que me seden, porque era eso o la horca. Lo ideal era que me suicide”, completa, sobre su estadía en el penal, en lo que parece ser el cierre del primer capítulo de su declaración.

Y da inicio al capítulo dos. Progresivamente, su tono de voz ha perdido la parsimonia y se ha vuelto áspero. El ayudamemoria ya no cumple su función: ha quedado en el escritorio, olvidado. D’Alessio habla a cámara; la verba es su don, su toque mágico, y él lo sabe. Retoma la cuestión de las capturas de pantalla del WhatsApp de Garcés y niega haberse reunido con Traficante en un bar. Los detalles que ya han perdido todo efecto. Y vuelve a su relación con Traficante: “Gabriel supo en todo momento que yo no lo extorsioné. (…) Estaba en pánico pensando que había hablado con una persona que estaba prófuga. Gabriel vio en mí una solución (…). Él estaba recontra caliente conmigo por una nota que salió en Clarín de la que yo no tengo nada que ver. Y quien hizo las bromas sobre su apellido, que le pudo haber generado pudor, fue Jorge Lanata —y a Jorge Lanata no lo conozco—, quien dijo que parecía un casting de nombres, un traficante de apellido Traficante”.

Sobre el final, D’Alessio agradece a su familia y a su abogado. Remite a dos o tres postales con sus hijos que muestran, como pocas veces a lo largo del juicio, su costado más humano y cotidiano. “Sueño volver a jugar al ping pong por las noches con mi hijo, o las canciones de Queen o de Stevie Wonder que le cantaba a mi hija —yo desafino bastante—, para que se quedara dormidita, y las charlas interminables con mi esposa”.

 

 

La cuota del ego

“¿Se me escucha bien? Señores jueces, quiero ser breve y a la vez quiero aprovechar este momento con todo lo que significa, mis últimas palabras antes de que ustedes tomen una decisión, que va a afectar mi vida en un sentido determinante”. Juan Ignacio Bidone habla con emoción y dolor. Ha permanecido toda la audiencia con la mirada baja y taciturno. Al borde del llanto, agradece a la familia, a sus hijos, a su madre y a sus abogados defensores. Luego, le habla directamente a los jueces:

–Como hombres de Derecho, no tomen a la ligera la decisión que están a punto de tomar. Más allá de ser fiscal, soy un hombre de familia que ha tenido que sufrir el escarnio público y mediático por el lapso de tres años. Jamás pensé que, quien en otros tiempos yo pudiera considerar como un colega, el doctor Luciani, podría estar ahora acusándome de la peor manera y de un modo desproporcionado. Mi pasión siempre fue investigar (…). Conozco que hay una cuota desmedida de ego en esto: seguir investigando cuando en la formalidad ya no debía hacerlo. Pero mi único fin siempre fue investigar. Nunca quise participar en un delito de extorsión ni recibir dinero indebido de nadie.

 

 

Bidone. Boceto: Federico Geller.

 

 

 

Bidone habla pausado y lento. Ha perdido la fluidez de las audiencias anteriores, posiblemente por la tensión del momento, por algún sedante, o por la combinación de ambos. Sin embargo, su discurso es más firme y sintético que nunca.

“Al señor Traficante, D’Alessio le ofreció borrar sus llamadas y evitar un escrache mediático. Un borrado de llamadas imposible de lograr. Y los artículos periodísticos —el mayor temor de Traficante—, fueron publicados. Pero el señor (Daniel) Santoro fue sobreseído al no probarse que su colaboración haya sido dolosa, que haya sabido que colaboraba con la maniobra. En mi caso, ¿cuál es la certeza de que yo sabía lo que hacía D’Alessio con Traficante?”. En un ejercicio ucrónico, Bidone se pregunta y pregunta: “¿Qué hubiera pasado si D’Alessio no hubiera contado con mis listado de llamadas? D’Alessio hubiera continuado con la maniobra”.

Bidone dice algo cierto. A Santoro lo sobreseyeron de esta causa. El juez Luis Rodríguez terminó obligado a volver atrás con el procesamiento luego de la decisión de la Cámara Federal. Pero ese capítulo todavía no terminó. Traficante sacó fuerzas del resultado del juicio, y apeló la decisión del juzgado. Y la Cámara tendrá la ocasión de revisarlo. Sobre el cierre, y tal vez remitiendo al ego al que ya había hecho referencia, Bidone admite sus errores: “No debí dejar que D’Alessio se infiltrara en mis funciones, pero esto está muy lejos del dolo de extorsión”.

A su turno, Hugo Rolando Barreiro agradece a los miembros de tribunal por el respeto. “No me puedo arrepentir de algo que no hice. A Marcelo D’Alessio le digo: ‘Quedate tranquilo que todo pasa. Todo pasa y todo llega’”. Después, Claudio Álvarez pide justicia. “No pido perdón porque no tengo nada que ver. A mí me echaron (de la AFI) como un perro después de esto. Me sometí a interrogatorios, a la máquina de la verdad, y acá estoy”.

El tribunal dicta sentencia. A Marcelo D’Alessio, cuatro años de prisión por considerarlo autor del delito de extorsión en grado de tentativa. A Juan Ignacio Bidone, tres años y ocho meses de prisión e inhabilitación por considerarlo partícipe necesario del mismo delito y por abuso de autoridad. A Barreiro, dos años, por considerarlo partícipe secundario del delito de extorsión en grado de tentativa. A Claudio Álvarez, dos años.

“Con esto, el juicio ha finalizado, tengan todos buenas tardes”, sentencia el juez. La transmisión permanece ocho segundos más. El tiempo en el que un atleta corre los cien metros en un juego olímpico, o la duración de la independencia de la República de Cataluña. En los rostros de los presentes, los ocho segundos tienen el peso de la eternidad.

 

 

 

 

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