El porteño que escribía diálogos

Las notas de Roberto Cossa en El Cohete anticiparon la derrota del peronismo

 

En serio, Tito, ¿cómo se te ocurre irte así? ¿Te vas sin ver cómo termina? Al menos hubieras esperado los seis meses que te faltaban para cumplir los 90. Dale, vení, quedate un rato más. Vamos a jugar con los lectores. A ver si adivinan cuándo escribiste esto:

“Lo curioso es que, a pesar de este plan económico antipopular, mantenga apoyo en un sector amplio de la población. Hasta hace un tiempo recurrían a ‘la pesada herencia’ o ‘se robaron todo’ para explicar sus primeros padecimientos económicos. Hoy rematan la queja con un suspiro seguido de ‘y bueno…’. Y bueno, ¿qué? Y bueno, no había más remedio… y bueno, había que ajustarse…”.

Esa primera firma “Roberto Tito Cossa” figura en El Cohete de mayo de 2018, a poco del despegue, en lo que fue la primera de tus 24 notas.

Parece joda, ¿no? Casi una espiral.

Gran parte de tus colaboraciones acompañaron el desencanto albertista, que contraponías con tus recuerdos del primer peronismo, cuando tu familia gorila, con muchos allegados de izquierda, pero gorila al fin, despotricaba contra los discursos de Perón y Evita, por la que tu tía Ema apostrofaba “ella es peor”.

Esa tía Ema es la que te llevó por primera vez al teatro, ¿no? Tenías 15 años. ¿De dónde conocías a Narciso Ibáñez Menta antes de ir a verlo en La muerte de un viajante?

Sí, ya sé, “apostrofaba” no es una palabra de uso muy popular, pero acá “el gran dramaturgo popular nacional”, como te dijo Eduardo Aliverti, sos vos. Los demás nos colgamos de tu barba para ver si ligamos alguna intelectual no muy exigente. Vos, a los 75, habías pasado por tres matrimonios oficiales, sin detallar lo que, por delicadeza, preferías callar.

Recordanos aquella primera novia en el bar La Opera:  “Allá por los años ’50, invité a tomar un café a una chica; la cité a las tres de la tarde, pedimos dos cafés y empezamos a hablar. Primero los gustos de cada uno, la vida familiar, etcétera, etcétera. A las tres de la mañana le dije si quería ser mi novia y me dijo que sí”.

Decís dos veces etcétera, para dar sensación de mucho tiempo, ¿no? A algunos se les escapan esas sutilezas.

Escribías escueto; llegaste a entregar un solo párrafo, suficiente para criticar a la izquierda que pretendía jugar al medio. Para tu regreso en 2021 compartiste cinco frases sueltas. Y Verbitsky te las aprobaba, claro; si se junaban de La Opinión. Aunque compartieron una tragedia tres lustros antes, sin conocerse. Pará que la busco.

“El 16 de junio de 1955 a las 12.40 me encontraba en el 6° piso del ministerio de Ejército, hoy Edificio Libertador. Cumplía mi servicio militar obligatorio. Una bomba cayó. Los ventanales se venían abajo. Todos corrimos hacia las escaleras. Cuando llegamos al segundo subsuelo, vimos al general Perón rodeado de tres o cuatro oficiales que le hablaban. Un momento después, Perón ya no estaba. Al rato se escuchó una trompeta. Un refugiado, con acento alemán —idioma de certezas— dijo ‘cese el fuego’.· Aliviados, cantamos el himno; pero volvieron los estallidos. Duro cinco horas. A eso de las 7 de la tarde, dijeron que los soldados podíamos irnos. Con un compañero que, como yo, vivía en Villa del Parque (una hora en ómnibus), salimos. Destrucción por todas partes e iglesias cubiertas de llamas. Hasta dónde puede el odio”.

Tenías 20 años, porque naciste en noviembre del ‘34. Verbitsky es del ‘42, no se conocían; aunque desde aquel sexto piso estabas en línea visual con la boca del subte por donde él salió para ir al colegio. Y ahora, al final de los días, otra vez juntos. ¡No me digas que no es para escribirlo! (iba a poner “consignarlo”, pero ya te cacé la onda).

Ahora, más increíble todavía es lo de tu tío: Luis, ese de origen peronista que se consolaba con que “estos (los militares) van a terminar con la inflación”.

¿Te diste cuenta de que, aunque tu vocación por “estar arriba” de las tablas nació a tus 15, no fue sino hasta después del peronismo que empezaste teatro? Cuando tenías 21, contaste.

Si le dedicaste dos décadas al periodismo… también fue por esa época; cubriste todo el periodo de la Resistencia peronista. Debió ser en el primer año de la década del ‘70 cuando trabajaste con El Perro en el diario de (Jacobo) Timerman, laburo que te llevó a conocer a Mugica, Ramondetti, Devoto… Ese cristianismo revolucionario te parecía mejor que “la izquierda carente de ternura, sectaria, dura, moralista, de comunistas que odiaban al vecino”, según veías.

Tu nota en El Cohete sobre el último gobierno de Perón la vi levantada por algún medio pero aquello fue tan breve que es preferible hablar de la dictadura, porque ahí hiciste mucho.

A partir del ‘76 optaste por la indemnización en El Cronista Comercial, cuando era un diario de izquierda, y te avocaste al teatro. Entonces pudiste escribir dos tercios de las obras de toda tu vida. La Nona subió a escena en el ‘77. ¿Así que llegó a ser la obra más estrenada de la Argentina en todos los tiempos, además de las puestas en otros países? ¡Pero, aparte, fuiste de los que más pila le puso al Teatro Abierto! No desarrollé mucho esa historia porque hay libros y documentales, amén de que nuestro público tiene clara esa experiencia; me pareció mejor darle aire a las nuevas puestas en el Teatro del Pueblo.

Vos también atendiste al presente, como aquella vez que cerraste una nota aclarando que no eras investigador del Conicet, ni tenías antecedentes académicos y escribías “de oído”; cuando te referiste al idioma inclusivo del feminismo, que “suena a lenguaje exótico, a muchos jóvenes les sirve para afirmar su identidad, como en algún tiempo fue el pelo largo”.

Después echaste una sombra de duda sobre la pretendida efectividad de proferir que “en el peronismo se garcha”, en boca de la candidata a la provincia de Buenos Aires, mientras “los trabajadores son los que se van yendo” del peronismo.

Esa preocupación tuya por la deriva cultural tenía un horizonte menos evidente: el de la deriva política hacia la derecha. Por eso reparabas en lo que Evo Morales llamaba los “calladitos”, que no hablan de política porque la desprecian y engordan el padrón. Sospechabas que si se rasca la piel de un calladito, asoma un brote fascista.

Durante el proceso electoral del ‘21 le aconsejabas al Presidente que comunicara por Cadena Nacional, con cifras, el descalabro macrista, la fuga de capitales y sus responsables.

Más allá de las elecciones, siempre atendías al teatro, sobre todo en tanto movimiento independiente.

Al año siguiente no cejaste en insistir con que “este peronismo lleva las de perder. El peronismo dócil no es peronismo. Debe volver a ser la herramienta para terminar con la pobreza y mejorar la vida del trabajador”.

Advertiste que el peronismo iba perdiendo la batalla cultural y que “la tibieza y docilidad de Alberto Fernández agravaron la derrota cultural”.

Para el último año, vivías con preocupación la posibilidad de que la derecha asumiera el gobierno. Evaluabas que “el peronismo había perdido cierto ímpetu en el final del gobierno de Cristina, pero el de Alberto terminó por debilitarlo”, y concluías que ese mandato derivó en el peor escenario de la vida democrática: la opción entre Patricia Bullrich, Javier Milei y Sergio Massa.

Vos que eras un tipo tranquilo, salvo que te toparas con algún repetidor de “con los militares estábamos mejor”, saltaste a cruzar –una vez más– que no hubo dos demonios sino hombres y mujeres que entregaron su vida para recuperar la verdadera democracia, contra criminales que implantaron el horror iniciado en los años ‘50.

Después de la restauración derechista por vía electoral, te avocaste otra vez al arte, cuando señalaste que suprimir la Ley de Teatro “sería un golpe mortal” a lo independiente.

En tus últimas notas, ya este año, destacabas que, aunque cada vez hay más pobres nadie habla de pueblo sino de “gente”.

Coincidías en que el acercamiento de Javier Milei al judaísmo podía derivar en un sentimiento antisemita, cuando todo terminara saliendo mal, a la par del genocidio israelí en Gaza.

Me recordaba a lo que dijiste hace dos décadas en la Comisión Bonaerense por la Memoria, cuando recibiste el legajo que el aparato de inteligencia policial te había hecho. Todo tu discurso fue una sola frase: “Si lo primero que los fascistas atacan es la cultura, entonces ¿por qué la democracia invierte tan poco en ella?”.

Conocedor tanto de la enorme fuerza de la pregunta como de la palabra verosímil, nos dejaste una pieza de colección en el juego de diálogos entre financistas, militares, políticos y ladrones de gallinas que titulaste Basura.

Por algo, hace quince años, cuando en el programa de Radio Nacional Decime quién sos vos tuviste que definirte, contestaste: “Un porteño que escribe diálogos”.

Ojalá estemos a la altura cuando debamos rendir cuentas de lo que hicimos con tu legado.

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